7/5/18

EL PAN (LA FÁBRICA) - RAFAEL AMOR

 

A la calle
a buscarlo al torbellino,
a la infame carrera sin sentido,
a poner el pie al que viene al lado.
A vender hasta la madre, a ser vendido.
A besar el pie del amo
a oxidarse en las fábricas, 
como una máquina más en el olvido.
O tragar siglos de sellos y de tinta,
ser un expediente más en la oficina.
Vamos, que el pan no nuestro de cada día
todo lo justifica.
Nada de versos, ni de pájaros,
no se permite, ni un sueño, ni poesía.
Los poetas están llenos de pájaros,
por eso, sueltan alas cuando abren la boca.
 

No se permite ni un sueño ni poesía. 
Compañera, 
si pudiéramos pararnos a oír crecer los árboles 
o intuir el aleteo de las mariposas. 
Asombrarnos con los pequeños milagros de la vida, 
compañera. 
Es que pasamos de largo casi siempre. 
Si pudiéramos amarnos sin violencia, lentamente, 
abrirnos al sol de un nuevo hijo 
sin pensar si nos alcanza el bolsillo, 
cuando nos debería bastar la vida para hacer la vida. 
Si pudiéramos estar poro a poro 
y con todos los sentidos, latiendo en cada estambre, 
en cada pétalo, en cada explosión vital que nos rodea, 
aun en la más mínima. Vivir desde cada célula,
 intensamente, pero en paz. 
Oler a rocío por las noches y a sol en las mañanas.
  Despertar sin que el martillo de los días 
intente clavarnos un número en la espalda.
 ¡Si pudiéramos vivir, romper las cadenas! 
 

Se pobló la aurora con excavadoras 
de dientes feroces y asesinos. 
La locura diaria de la maquinaria, 
astilló el espejo manso de los grillos. 
Condenaron a muerte la luz y el verde. 
Proscribieron los pájaros, las flores. 
Y en una mañana, gris e intoxicada, 
se suicidaron de sombra los colores. 
Se tragó la fábrica los sueños y la vida, 
se tragó las mentes y los brazos. 
Bajo un sol violeta, 
una madre aquieta un niño de humo en el regazo. 
Negreando azoteas, altas chimeneas, 
lamen con su roja llamarada
 la paz proletaria, lenta y rutinaria, 
densa como el hollín en las veredas. 


 Con paso doliente, 
marchan lentamente los hombres 
hacia la boca del monstruo que indolente, 
especula con el pan, 
con los ojos de los hijos que esperan y preguntan, 
con la orfandad que ahondan los indiferentes. 
Numera las espaldas, aplasta dignidades,
 lubrica con sus sangres sus miles de engranajes,
chupa sus fuerzas lentamente, 
 luego los vomita, vencidos, alienados 
Y esa tos
 y un sueldo miserable es todo lo que da.


Y en la ronda crepuscular de los domingos, 
más allá del naipe manoseado, 
más allá del vino adulterado,
 con los ojos fijos en el techo 
hay más de una puteada de dientes apretados. 
Por eso, ten cuidado, vigila tus costados, 
afila tus garras asesinas 
que entre tus cimientos puede estar creciendo 
una flor valiente y clandestina. 
No vaya a ser que un día, 
violenta y subversiva,
vuelva a poner en las ventanas 
los pájaros, un grillo, el aire azul, el brillo, 
la vida nueva y liberada.

Rafael Amor
  

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