17/8/17

AVISO PARA NAVEGANTES


HUELGA EN EL PRAT

El Gobierno se escuda en la alerta antiterrorista para arrollar el derecho de huelga


La Guardia Civil trabaja en los escáner del aeropuerto de Barcelona, en la segunda jornada de huelga legal de los vigilantes jurados de Eulen

El ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, tras presidir este lunes la comisión de seguimiento de la huelga de los vigilantes jurados del aeropuerto de El Prat. EFE/Toni Albir
El ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, tras presidir este lunes la comisión de seguimiento de la huelga de los vigilantes jurados del aeropuerto de El Prat. EFE / Toni Albir

El Gobierno planea escudarse en el terrorismo para arrollar el derecho de huelga de los vigilantes jurados de Barcelona-El Prat, que abordan este martes su segunda jornada de protesta legal, con el cumplimiento de los servicios mínimos fijados por el Ejecutivo y con un tráfico de viajeros normalizado.

El ministro de Fomento, Iñigo de la Serna, recordó en RNE que España se encuentra en el Nivel 4 de Alerta Antiterrorista, y aseguró que la Guardia Civil ha sido desplazada a El Prat para garantizar la seguridad nacional y como "refuerzo". Al mismo tiempo, explicó que el Ejecutivo aprobará un laudo arbitral obligatorio en este conflicto laboral.

Sin declarar el estado de alarma



Al recurrir a la alerta antiterrorista, el Gobierno se blinda por haber desplegado la Guardia Civil en los escáners del aeropuerto de El Prat. En la terminal, los agentes de este cuerpo militar suplen de hecho las funciones de los vigilantes jurados.

En España sólo se pueden sustituir a trabajadores en huelga por medio de la declaración del estado de alarma, que debe ser aprobada por el Congreso de los Diputados. Así ocurrió con la huelga de los controladores aéreos de 2010, que fue convocada de manera ilegal a diferencia de los vigilantes del Grupo Eulen.

La garantía del cumplimiento de los servicios esenciales está en manos de la Secretaría de Estado de Seguridad, que dirige José Antonio Nieto, tras la reorganización del Ministerio del Interior en pleno verano.

Agentes de la Guardia Civil en los controles de acceso de los pasajeros de El Prat. EFE

La huelga se ha convocado en pleno puente de agosto, con salidas de más de 90.000 pasajeros diarios desde el aeropuerto de El Prat. En su segunda jornada, todas las informaciones recabadas en Barcelona confirman que los aviones despegan en el horario previsto.

AENA ha pedido a los pasajeros que no lleguen con demasiada antelación a los mostradores de embarque porque los tiempos de espera oscilan entre los 10 y 20 minutos. En el primer día de huelga, las colas se formaron de madrugada, por los pasajeros temerosos de quedarse en tierra.

La protesta fue precedida por un conflicto de tres semanas, donde los vigilantes se limitaron a cumplir horario y 40 de ellos estaban de baja laboral, de tal manera que las colas se extendían por la terminal. Nadie recurrió dichas bajas médicas.


Arrollar su derecho de huelga

El comité de huelga de los vigilantes del aeropuerto se reunirá esta tarde del martes para decidir si denuncian al Gobierno por arrollar su derecho de huelga.

El despliegue de la Guardia Civil en los escáners del aeropuerto es totalmente ilegal”, denuncia Juan Carlos Giménez, asesor sindical de los huelguistas, quien recuerda que la protesta se debe a las “pésimas” condiciones laborales de los vigilantes, obligados a hacer excesivasas horas extra porque su sueldo es de 900 euros al mes.

Juan Carlos Giménez

El Consejo de Ministros se reunirá este miércoles por la tarde porque pretende imponer el laudo arbitral forzoso en este conflicto laboral con una huelga convocada de manera legal.

El arbitraje forzoso -todo arbitraje es obligatorio- figura en el ley de huelga de 1977, que es preconstitucional. La norma establece que se debe tener en cuenta “la duración o las consecuencias de la huelga, las posiciones de las partes y el perjuicio grave de la economía nacional”.

Ministro y parte

Fátima Báñez 

El arbitraje debe ser propuesto al Gobierno por el Ministro de Trabajo. Pero la ministra de Empleo, Fátima Báñez, se encuentra desaparecida y no ha hecho declaración alguna sobre la huelga de los vigilantes jurados.

El ministro Iñigo de la Serna lleva el impulso en el Gobierno. De él depende AENA (Aeropuertos Nacionales de Navegación Aérea), epicentro y es parte del conflicto laboral. La empresa es de capital público en su mayoría, 51%, ya que fue privatizada en su 49% en el año 2015.

AENA subcontrató el servicio de vigilancia a Eulen en 2016, que arrebató el contrato a Prosegur al presentar una rebaja del 2%.


Ambas empresas han rechazado que la oferta fuera temeraria, pero se adjudicó a pesar de que el número de viajeros había crecido en Barcelona un 12% en sólo un año.

La Guardia Civil dejó de realizar en el año 2010 el control de seguridad de los pasajeros en los aeropuertos, así como de la supervisión de las tarjetas de embarque y la revisión de los equipajes de mano.

PSOE, UGT y CCOO: se vulnera el derecho de huelga


Tanto el PSOE como UGT y CCOO han criticado al Gobierno por vulnerar el derecho de huelga y recurrir a la Guardia Civil en este conflicto laboral.

Para el secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, se trata de “una forma de esquirolaje" que atenta contra el derecho a huelga de los trabajadores de Eulen. Critica además que el Gobierno y AENA -que subcontrata el servicio de seguridad- sólo han actuado “de manera autoritaria” cuando la situación es insostenible.

Daniel Barragán, secretario de acción sindical de CCOO de Construcción y Servicios, denuncia en Nueva Tribuna la “vulneración gravísima” del derecho de huelga y reclama una solución para los trabajadores de los servicios aeroportuarios que sufren “turnos interminables, ninguna compensación por tener que cumplir con requisitos muy exigentes de formación, total flexibilidad de turnos y horarios...”

Colas en el aeropuerto del Prat

Por su parte, el secretario de seguridad de UGT, Sergio Picallo, considera en la Ser que el Gobierno está violando "completamente" el derecho de huelga de los trabajadores de seguridad del aeropuerto de El Prat. Este sindicato, es contrario al laudo arbitral que pretende imponer el Gobierno, porque sería “ilegal” ya que los trabajadores no están poniendo en peligro la seguridad y cumplen con los servicios mínimos.“

Aquí no hay siglas, la huelga no ha sido convocada por los sindicatos”, explica Juan Carlos Giménez, el asesor sindicales de los vigilantes jurados de Eulen que lidera este conflicto. “Agradecemos estas declaraciones, aunque no hemos tenido llamadas de apoyo. Nadie nos ha llamado: ni Podemos, ni PSOE, ni sindicatos”, denuncia.

Hay especialistas que defienden que los vigilantes están obligados a regresar al trabajo desde el momento en que el Gobierno declare el laudo arbitral obligatorio este miércoles. Otros consideran que se debe esperar a la designación del árbitro.

Laudo de obligado cumplimiento

FUENTE: publico.es 
Barcelona - Julia Pérez
15/08/2017

Tan aberrante como que la Guardia Civil esté actuando en el aeropuerto del Prat sin haberse declarado un estado de emergencia, o que vaya a hacerse efectivo un laudo franquista, es el hecho de que el gobierno de turno haya fijado los servicios mínimos en el... ¡¡¡90%!!! 

Un abuso más y una forma de reventar la huelga. "Joder al trabajador", parece ser la máxima.

EL RETRINCADO NACIONAL


Xenófobo, despreciativo y amenazante. 
Una "joyita", vaya.
Citizen Plof

16/8/17

LAND OF LINCOLN

Lo que se ha roto con Trump


¿Nazis en EEUU? La violencia en Charlottesville no es sino la consecuencia del caldo de cultivo que el presidente estadounidense se ha encargado de alimentar

<p>El Malagón de hoy: Trumpismo</p>

En el día más importante, Donald J. Trump se olvidó de tuitear.

En realidad no. Pero lo hizo tarde y mal. Tarde porque el hombre que levantaba el dedo acusador antes de que, en las calles europeas, las autoridades determinaran la autoría de un atentado, ayer apareció en la red social que tanto le gusta a regañadientes, casi por pura obligación. Mal porque el agitador especialista en enumerar enemigos, señalar culpables, ya sean personas físicas, jurídicas o metafóricas, desde Obama hasta Washington en general, fue incapaz de pasar de un vergonzoso “en todas partes” a la hora de condenar una violencia que solo estaba en un lado. Que siempre ha estado, casi desde la fundación de este país, y a la que ni siquiera fue capaz de llamar por su nombre: desde supremacistas blancos nostálgicos de la segregación racial a ultraderechistas de diploma y altavoz mediático pasando por neonazis y fascistas sin camisa negra, pero de pistola al cinto.

En el día más importante, el presidente de EE.UU. se olvidó de hablar.

Donald Trump

En realidad, tampoco. Pero también lo hizo tarde y mal. Tan tarde y tan mal que su discurso lo acabó dando otra persona, el gobernador de Virginia, el demócrata Terry McAuliffe. Suyas fueron las palabras más importantes, las más contundentes, las más necesarias.

“Tengo un mensaje para todos los supremacistas blancos y los nazis que han venido hoy a Charlottesville. Nuestro mensaje es simple y simple: váyanse. No son queridos (…) Qué vergüenza. Pretendéis ser patriotas, pero sois todo menos patriotas. (…) Habéis venido aquí hoy a hacerle daño a la gente. Lo habéis conseguido. Pero mi mensaje es claro. Somos más fuertes que vosotros. Nos habéis hecho más fuertes, no tendréis éxito. No hay lugar para vosotros aquí, no hay lugar para vosotros en América. (…)”.

Antes, Trump no solo había evitado condenarlos, sino que en un tuit que pretendía conciliador, el presidente volvió a las andadas rematándolo con su conocido lema. América Primero. Otra vez. Una (no)declaración que fue muy bien recibida en los propios medios de la ultraderecha americana: “no nos ha atacado (…) Dios lo bendiga”


No fue suficiente y Trump se negó incluso a contestar a la pregunta directa de un reportero. "¿Qué les diría a los supremacistas blancos que durante todo el día de ayer lanzaron cánticos en su apoyo?". Trump huyó como el que sabe que acaba de cometer una fechoría y confía que no le pillen.

No fue una sorpresa. De todos es sabido la querencia de la ultraderecha estadounidense por Trump. Desde el primer minuto y reafirmada ayer. Un amor nunca rechazado de forma contundente por el ahora presidente pues no se rechaza lo que es propio de uno. Si bien la mayoría de los votantes de Trump no son racistas ni supremacistas ni nazis, es seguro que todos los racistas, supremacistas y nazis de América abrazaron la causa del América Primero y acudieron a votar en masa por el hoy inquilino de la Casa Blanca.

aben que es suya. Saben que está habitada por miembros de su misma especie y que susurran a la oreja del presidente. Comenzando por el célebre Steve Bannon y acabando por el inefable Steve Miller, ideólogo privilegiado de los neonazis. Pasando por Sebastian Gorka. El pasado miércoles, el propio Gorka dejó claras las prioridades y los aliados de esta administración, al asegurar literalmente que los supremacistas blancos “no son un problema” y no deberían ser objeto de escarnio ni de crítica.


 Dr. Sebastian Gorka

Para vergüenza de propios y extraños. Unos propios que ayer, a duras penas, también tarde pedían contundencia y explicaciones. Sirva un muestrario. El senador Cory Gardner (R-Colorado), instó al presidente a “llamar al mal por su nombre”, mientras que el senador Marco Rubio (R-Florida) y Orrin Hatch (R-Utah) también hicieron declaraciones igualmente duras. Contunde fue, como era de esperar, John McCain (R-Arizona): “Los supremacistas blancos no son patriotas, son traidores. Debemos unirnos contra el odio y el racismo”.

Acabo de regresar a EE.UU. después de un mes de vacaciones en España durante el cual me cansé de recibir la misma pregunta.

― ¿Qué ha cambiado en la América de Trump?


Mi respuesta siempre era la misma: Trump no ha cambiado nada y lo ha cambiado TODO.

Nada, porque tras ocho meses de gobierno los logros del presidente son, no exiguos, sino inexistentes. Ni tan siquiera ha conseguido tumbar el tan vilipendiado Obamacare. Pero sí ha conseguido que EEUU vuelva a ser un país que causa rechazo en el mundo, tras los ocho años de Barack Obama.

TODO porque se nota, se palpa en el ambiente. En miradas y en gestos. En zonas donde tu color de piel y tu acento te delata como no bienvenido. En ataques racistas en los lugares más insospechados, como la cola de un supermercado. En las cacerías de indocumentados emprendidas sotto voce por la Migra. En la guerra abierta entre las llamadas ciudades santuario y un presidente que amenaza al que no colabore con la razzia.


En comentarios que nadie haría antes en voz alta y que ahora se sueltan como si nada. En la supuestamente inocente pregunta de una compañera de departamento (de inferior categoría en el escalafón profesional) a otra, mexicana, muy por encima en dicho escalafón.

―Oye, ¿tú entraste como ilegal a este país?

Una campaña dominada por la retórica netamente fascista que empleó el candidato ganador no nos iba a salir gratis. La única diferencia es que lo de ayer en Charlottesville fue televisado para todo el país. Y ya hay una primera mártir.


Todo eso es lo que ha cambiado. Todo eso es lo que ha roto Trump. Que aquellos cuyas parafernalias e ideologías netamente racistas se mantenían, si no ocultos, sí en un disimulado segundo plano, se hayan visto legitimados para emerger a la superficie y responder a un llamado crepuscular e imposible al mismo tiempo: el célebre Make America Great Again tatuado en las gorras rojas de Trump.

Algunos dirán que, en EE.UU., el aviso llegó el 17 de junio de 2015, cuando Dylann Roof entró en la Iglesia Metodista Episcopal Africana Emanuel, en Charleston, Carolina del Sur, y mató a nueve personas hiriendo de gravedad a otra. Roof, supremacista blanco de bandera confederada en la habitación, confesaría a la policía que su intención era desatar una “guerra racial”.

Las antorchas han vuelto a marchar en agosto de 2017 en EE.UU., pero éste no es solo un problema americano. Echen una ojeada a su alrededor. A Francia. A Inglaterra o al silencioso bloque oriental de la UE. A Rusia. Solo era cuestión de tiempo. Nadie puede decir que no estábamos avisados, simplemente preferimos hacer caso omiso de las señales.


Los últimos dirán que lo ocurrido ayer en Charlottesville, Virginia, es consecuencia directa de la elección como presidente de Donald J. Trump el pasado noviembre.

Otros dirán que podemos remontarnos incluso más atrás, al 19 de abril de 1995 en el edificio Alfred P. Murrah, en Oklahoma City, donde un ultraderechista, Timothy McVeigh, asesinó a 168 personas tras hacer explotar un camión aparcado frente al complejo.

Todos tienen algo de razón. Y todos, también, están en parte, equivocados. Porque las explicaciones a problemas complejos nunca son simples.

 
En realidad, contamos con un grave problema de apreciación. Después de llevar años llamando nazis y fascistas ―incluso terroristas―, a todos aquellos con los que no estamos de acuerdo, cuando aparecen los verdaderos nazis y fascistas, a algunos les cuesta reconocerlos. No digamos ya, llamarlos por su nombre, aunque todos lo lleven escrito en la solapa. Es el primer estadio de la banalización.

Pocos llamaron terrorista al responsable del atentado de Oklahoma City. Nadie (o casi nadie) llamó terrorista a Roof. Ambos lo eran. La principal amenaza terrorista a la que hace frente EE.UU. es y ha sido siempre de naturaleza interna. Diseminados por todo el país, las agencias de seguridad (FBI y ATF fundamentalmente) mantienen más o menos vigilados a casi un millar de “grupos de odio”. Un bonito eufemismo para referirse a grupos organizados y armados hasta los dientes alimentados por un combustible tan demoledor como gratuito: el odio. A todo, pero fundamentalmente a lo que no sea blanco, cristiano, occidental. En este orden.

Normalmente nadie los llama terroristas (ayer lo hizo Marco Rubio, también Rob Portman, senador R-Ohio), denominación acotada en EE.UU. a todo lo derivado del 11S.


Pero es cierto que algo cambió en 2015. Tras la matanza perpetrada por Roof muchos americanos cayeron en la cuenta de que la Guerra de Secesión (1861-1865), lejos de haber caído en el olvido, todavía seguía muy presente en ciertas zonas del país. En realidad, no la guerra sino la memoria de la misma. A ver si ahora se explican lo nuestro, cuya herida mal cerrada aún no ha cumplido los 80 años.

Grosso modo podemos exponer una premisa. Si bien el Norte de Lincoln ganó aquella cruenta contienda consiguiendo mantener al país unido, el Sur (la Confederación secesionista) acabó por ganar todo los demás, comenzando precisamente por la memoria del conflicto. De nuevo, resumiendo mucho, está el plano real y plano simbólico.

Plano real: ¡albricias y zapatetas! El Norte ha ganado. Los esclavos son libres tras la Declaración de Emancipación de Lincoln (en realidad solo afectaba a los estados del Sur rebelde) se ha borrado el pecado original, todos somos iguales ante la ley. Esto, si alguna vez fue cierto, que no, solo lo fue durante el periodo de la Reconstrucción (1865-1877) que siguió a la contienda. Y a punta de bayoneta. Tan pronto como las casacas azules abandonaron territorio gris, las cosas volvieron a su particular curso “natural”. Recuerden: Jim Crow, el complejo entramado legal que apuntalaba la segregación racial bajo el mantra de “separados pero iguales” (falso) comienza en 1876 y se extiende un siglo, hasta 1965 (!), justo en pleno auge de los Derechos Civiles.


Plano simbólico. Ya en los primeros años tras la contienda, vencedores y perdedores son conscientes de una cosa: lo importante es el recuerdo. Así, en el Sur surge el mito de The Lost Cause (La Causa Perdida) y sus variantes, la causa honorable. Ese Sur mítico trazado de plantaciones y poblado por caballeros y damas de modales exquisitos donde el sistema de la esclavitud era uno en el que amos y esclavos convivían en un bello idilio: queriéndose y respetándose los unos a los otros, pero cada uno en su lugar.

Nota: revisen Lo que el viento se llevó (1939).

Sobra decir lo enfermizo de la versión, pero no por ello, esta dejó de triunfar. Sobre todo en unos estados que mascaban una derrota con amargo sabor a humillación (un saludo a la Alemania post IGM).


Fue solo después de la matanza de 2015 cuando los americanos repararon en una cosa: la parafernalia confederada que todavía está presente en muchos estados del Sur, banderas (una enseña de odio reconvertida en icono pop) y monumentos por delante. Tras una corta ceremonia televisada en directo a todo el país por medio de las principales cadenas de noticias, la bandera confederada que había ondeado durante 54 años en el Capitolio de Carolina del Sur fue finalmente arriada el 10 de julio. La enseña había sido colocada en lo alto de la cúpula del Capitolio en 1961 coincidiendo con el centenario de la Guerra Civil, curiosamente en plena ebullición de las luchas por los Derechos Civiles que pondrían fin a la segregación. La ceremonia tuvo un componente simbólico extra: Carolina del Sur fue el primero de los once territorios que declararían su separación de la Unión, el 20 de diciembre de 1860, para conformar, los Estados Confederados de América.

De la misma forma, la marcha de Charlottesville, organizada por organizaciones supremacistas bajo el lema de “Unite the Right”, tenía su componente simbólico. No solo se trataba de protestar por la inminente retirada de la estatua del General Robert E. Lee (principal figura militar de la Confederación, no es lo mismo “recordar” que “honrar”), sino que Virginia, estado natal de Lee (el cementerio de Arlington es la antigua plantación del general rebelde) era el que al comienzo de la Guerra Civil contaba con un mayor número de esclavos.

Tras mostrar imágenes de esvásticas, tipos disfrazados del KKK y paramilitares armados hasta los dientes deseosos de usar unas armas, por lo demás, legales alguien me dijo que “la violencia está en ambas partes” situándolo en un simple problema de “libertad de expresión”. Curiosamente, fue lo mismo que después diría el presidente.

 

Es la equidistancia, esa que nunca es inocente y siempre es cómplice. Así, frente a los unos, se colocan los otros. O directamente se equiparan; como ayer mismo hacía, en España, el otrora diario independiente de la mañana, a quien, tras el atropello en el que resultó muerta una persona (entre los heridos hay cinco en estado crítico), aún le costó un par de horas hacer la distinción “entre grupos radicales (la cursiva es mía) en Virginia”. Como a Trump.

Se trata al fin y al cabo de una batalla en la que la primera víctima ha sido el propio lenguaje al aceptar (y naturalizar) conceptos tan falaces ―y fascistas―, como “posverdad” o “hechos alternativos”, en lugar de hablar directamente y sin tapujos de mentiras. Cuando hemos elevado a la categoría de virtud política razonamientos del tipo de “al menos cumple lo que prometió”. Cuando hablamos de alt-right en lugar de ultranacionalistas, supremacistas raciales, nazis o fascistas.

Cuando incluso debatimos si llamar racista a un racista es demasiado porque no hace falta insultar y, por eso, recuperamos del olvido palabras como bigot o bigotry (qué suavidad, qué elegancia, siempre al detalle) para calificar discursos y posiciones que, en otro tiempo y lugar, llamaríamos simplemente racistas y racismo. Cuando a freaks conspiranoicos como Infowars o directamente filonazis como Breitbart han sido aceptados por el público en general y los medios de comunicación tradicionales como fuentes y agentes de información legítimos.


Por eso, como bien señala el historiador estadounidense Timothy Snyder en su reciente panfleto, Sobre la tiranía (que debería de ser de lectura obligatoria en los colegios de todo el mundo), este clima de posverdad en el que Trump ha situado a EE.UU. ―mucho me temo que seguido de manera más sutil en otras latitudes―, es la antesala del fascismo. Solo falta un grupo paramilitar con beneplácito oficial. De momento, ayer por las calles de Charlottesville, vimos algo de lo descrito por Snyder: “Cuando los hombres armados que siempre han afirmado estar en contra del sistema empiezan a llevar uniformes y a desfilar portando antorchas y retratos de un líder (ayer sólo hubo cánticos de adhesión), el final está cerca”.

No hay todavía paramilitares “oficiales”. Pero está el NRA que, en su anunció más reciente, si no llamaba directamente a la insurrección violenta contra todo lo que huela a “liberal”, se le parecía bastante. Otra señal a la que nadie hizo caso.

Lo de ayer solo fue otro aviso. Uno más, quizá el más sonoro y trágico hasta la fecha para todos aquellos que repetimos, queriendo tranquilizar(nos), ese seguro conformista: “Oh, no será candidato, no le dejarán”. “Oh, no ganará las elecciones, no lo permitirán”. “Oh, Washington acabará por domar a la fiera”. “Oh, existen contrapesos, las instituciones son fuertes”. Siento darles una exclusiva. Esto mismo era lo que muchos repetían en la Europa de los años 30. Oh, están las instituciones. Existen contrapesos. El resto es historia.


Entre las muchas imágenes que se vieron ayer, destacaba una fotografía. Banderas confederadas, saludos nazis y tipos disfrazados del KKK detrás de una valla de seguridad. De espaldas a ellos, un oficial de policía negro protegiendo sus derechos.

FUENTE: ctxt.es
Diego E. Barros
Chicago - 13/08/2017




No olviden esto:

Concentración nazi en el Madison Square Garden de Nueva York en 1939

TÉ DE OPIO






JOAN BAEZ - A HARD RAIN'S A-GONNA FALL (VÍDEO)


15/8/17

LOS BUITRES Y EL PODER


SALARIOS Y BENEFICIOS EMPRESARIALES

Los salarios siguen perdiendo poder adquisitivo, mientras aumentan los beneficios empresariales

Esta negativa evolución se explica por la cerrazón de las organizaciones empresariales a permitir que los trabajadores participen de la prosperidad de las empresas

 

Los salarios pactados en convenio han perdido un punto de poder de compra en los siete primeros meses del año, mientras que los beneficios empresariales ya superan su nivel previo a la crisis. Esta negativa evolución se explica por la cerrazón de las organizaciones empresariales a permitir que los trabajadores participen de la prosperidad de las empresas, por la reforma laboral diseñada para devaluar los salarios, por un modelo de crecimiento que prioriza la amortización de la deuda de las empresas a la rebaja del desempleo, y por la falta de un presupuesto público que impulse el crecimiento económico.

Los salarios pactados en convenio han crecido un 1,33% hasta julio, mientras que los precios de consumo aumentaron un 2,3% acumulado entre enero y julio, resultando una pérdida de un punto en su poder adquisitivo durante los primeros siete meses del año. Los salarios pierden, además, participación en la renta generada en las empresas en 2017: mientras que la productividad por hora creció un 1,3% en el primer trimestre del año, el salario medio por hora se recortó un -0,3%. Como se observa en el gráfico, el salario medio por hora aumenta menos que la productividad nominal desde 2012. En 2014 y 2015, con el inicio de la recuperación, esta tendencia parecía que había empezado a revertirse, pero en 2016 vuelve y en el primer trimestre de 2017 se hunde la participación de la población asalariada en la renta.

Sin título1

La baja inflación estructural, que muestra el mantenimiento de la inflación subyacente en torno al 1%, es un motivo de preocupación, pues se basa en la desaceleración de la demanda interna, lo que significa menos empleo y una reducción más lenta del elevado paro. El crecimiento económico se mantiene en el 3% gracias al aumento de la demanda externa, pero las mejoras en el sector exterior se filtran poco al resto de la sociedad debido a que las exportaciones están muy concentradas en pocas empresas, que pagan pocos impuestos, son menos intensivas en trabajo e importan gran parte de sus factores productivos, lo que no genera empleo en España.

El aumento anual de los precios se mantiene en julio en el 1,5%. No obstante, consumos tan relevantes para las familias como gas, electricidad y agua (5,7%), aceite (6,1%), carne de ave (3,2%), pescado (3,5%) o carburantes y combustibles (3,7%) registran crecimientos muy superiores, lastrando el poder adquisitivo de la población.



Los precios  registraron en julio un descenso mensual del -0,7% respecto a junio, marcado por el efecto bajista de las rebajas de verano y el descenso de vestido y calzado, solo compensado parcialmente por el incremento de los precios del grupo de ocio y cultura, por la subida de los paquetes turísticos en la temporada vacacional. El Índice de Precios de Consumo Armonizado (IPCA) sube en julio una décima en España hasta el 1,7% anual, y aumenta una décima su diferencia con el de la Eurozona, que se mantiene en el 1,3% anual. El IPCA subyacente (sin energía y alimentos frescos) se situaba en junio en el 1,3% interanual en España, tras subir tres décimas, mientras que en la Eurozona el IPCA subyacente subía dos décimas hasta el 1,2%, lejos todavía del objetivo del 2% del Banco Central Europeo. 

La baja inflación y el moderado crecimiento económico europeo justifican mantener la política monetaria expansiva del BCE y aplicar una política presupuestaria expansiva en el conjunto de la UE que abandone las políticas de austeridad e impulse el crecimiento y el empleo, para reducir los 16,2 millones de personas desempleadas de la Eurozona, de los que más de la cuarta parte reside en España. Fortalecer la negociación colectiva para que los trabajadores y trabajadoras participen de los beneficios de las empresas y acabar con la precariedad en el empleo, exige reequilibrar la capacidad de negociación entre las partes, derogando las dos últimas reformas laborales
El crecimiento económico en España se situó en el 3,1% interanual en el segundo trimestre según el dato adelantado, con una previsión de crecimiento algo menor en el conjunto del año.

Mientras, los ingresos y los beneficios empresariales continúan creciendo gracias a que las empresas no trasladan a precios toda la caída del precio del petróleo y de las materias primas, al recorte de sus costes de financiación, la bajada del impuesto de sociedades y la devaluación de los salarios provocada por la crisis y la reforma laboral. Es necesario que el crecimiento y los mayores beneficios se repartan ahora en forma más justa, a través de más puestos de trabajo, de empleo más estable, y de salarios que recuperen y ganen poder de compra. La creación de empleo y el aumento del poder adquisitivo de salarios y pensiones son los dos factores que más hacen por consolidar el crecimiento y su sostenibilidad, gracias a la rebaja de la desigualdad que generan.

Los datos provisionales de 2016 indicaban que 9,8 millones de trabajadores y trabajadoras que habían dispuesto de un convenio colectivo, ganaron poder adquisitivo, gracias a una subida media (1,02%) superior a la inflación media (-0,2%). Sin embargo, en 2017, con datos hasta julio, los convenios colectivos cubren a 5,1 millones de trabajadores y trabajadoras, con una subida salarial pactada del 1,33%, un punto por debajo de la subida media del IPC entre enero y julio. Solo un 25% de esta población asalariado cuenta con clausula de garantía salarial en su convenio colectivo.


Impulsar los salarios de los trabajadores públicos y privados y la mejora de la protección social, que eviten la pobreza laboral, permitan una vida digna y contribuyan a garantizar la sostenibilidad y suficiencia de las pensiones.

FUENTE: nuevatribuna.es  
11/08/2017



El empleo creado es temporal, en precarias condiciones laborales y con unos salarios miserables. Una mierda, vaya.