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25/8/17

NOS VEMOS EN LA PRÓXIMA MATANZA


Nos vemos en la próxima matanza. Nos veremos cuando la sangre derramada vuelva a ponernos fácil ser solidarios. Toda la atención suscitada estos días, toda la cercanía se diluirá, se disolverá y nos volveremos a encontrar abrazados en la próxima matanza, convencidos de que la libertad de expresión debe ser defendida como el primero de nuestros derechos. Pero hasta ahora, ¿dónde estaban todos? Me ha impresionado la frase profética del director de Charlie Hebdo: “No tengo miedo de las represalias. No tengo hijos, no tengo mujer, no tengo coche, no tengo deudas. Puede que suene algo pomposo, pero prefiero morir de pie que vivir de rodillas”.

Parece la declaración de un monje guerrero, de un voluntario, de alguien que sabe que cualquiera de sus decisiones puede recaer sobre los que tiene alrededor. Charb, Stéphane Charbonnier, hacía viñetas, era director de una revista de ensayo satírico. Sin embargo, sus palabras parecen las de un soldado que va al combate, las de un médico en misión sanitaria por lugares contagiosos.

El chantaje y el miedo son los instrumentos con los que se está destruyendo la libertad de expresión. Y, ¡ojo!, se está destruyendo. No creo en las actitudes románticas de quienes dicen: “Como su mensaje ha llegado a todas partes, han ganado los periodistas”. No, no y no. La vida era más preciosa que la afirmación del derecho por la vía del sacrificio. Sin embargo, el riesgo se había subestimado.


La escolta de Charbonnier no era una verdadera escolta, más bien una tutela (un chófer y un hombre armado) y, cuando la redacción cambió de sede, perdió la protección de la entrada, sustituida por la conocida Vgr (Vigilancia genérica radiocontrolada), muy poco eficaz en casos semejantes: una patrulla, esporádicamente, pasa y observa. Le ocurrió lo mismo a Salman Rushdie, a quien repetían frases que conozco demasiado bien: “Lleva flores a la tumba de Jomeini; sin él no serías lo famoso que eres”. Cuando se recibe una amenaza, es difícil provocar verdadera solidaridad, más bien surge la sospecha de haber encontrado un camino fácil para darse a conocer.

 La libertad de expresión no es solo un derecho adquirido para ejercer en los periódicos o ante un tribunal; es un hecho, un principio que trasciende todos los textos legales y que encarna la característica sustancial que convierte el mundo occidental, con todas las contradicciones y progresivas limitaciones, en un mundo libre. El mundo hacia el que caminan millones de seres humanos*

Es innegable que escribir puede resultar peligroso, pero cuando un escritor consigue ganar dinero, cuando sus libros —películas, cómics, periódicos— se convierten en un éxito, entonces parece como si fuera menos digno de tutela, como si su seguridad pudiera desatenderse, como si fuera él mismo quien tuviera que encargarse de ella porque, en el fondo, se la estaba buscando. También Wolinski y sus compañeros recibieron acusaciones similares. En realidad y, a pesar de que Francia respondió —bastante mejor que otros gobiernos europeos en casos semejantes— ante las primeras amenazas y el primer ataque contra Charlie Hebdo, diciendo que si alguien se sentía ofendido por las viñetas podía acudir a los tribunales, el ataque ha recaído en los propios franceses y lo ha hecho, no a través de una querella o una reclamación por daños, sino a través del único tribunal que conocen y utilizan ese puñado de exaltados: el del fusil.


A media voz, se escuchaban críticas contra las viñetas, se acusaba a la revista de forzar la máquina para enderezar los números rojos: un humor áspero, sin medias tintas, vulgar, fragua más rápido, llama más la atención. Pero también es cierto que incluso "la blasfemia" se convierte en un derecho cuando se plantean determinadas cuestiones de principios, porque reafirmarlo se convierte precisamente en una cuestión de principios irrenunciables. Conviene recordar que los mismos periódicos que consideraban indecorosas las blasfemias de Charlie han publicado todo tipo de fotos de cotilleo y han violado intimidades sin ningún pudor, cosa que la redacción de Charlie no hizo jamás.

Hoy Europa se ha olvidado del derecho a la libertad de expresión. Que lo haya olvidado no quiere decir que lo haya eliminado sino que lo ha descuidado, que ha dejado que se defienda con su propia inercia, hasta que ha llegado alguien que lo ha enterrado en una montaña de proyectiles. 

Más allá del terrorismo islámico, la cuestión se refleja también en los asuntos de la mafia: los gobiernos titubean, los tribunales juzgan los mecanismos de amenaza como delitos secundarios, reconociéndolos solo si hay sangre por medio.

Periodistas asesinados

Me pregunto: ¿Sabéis cuántos periodistas murieron el año pasado? Mataron a 66 y detuvieron a 178.

En Turquía, 23 periodistas están en la cárcel solo por escribir en un diario crítico con el gobierno. Me pregunto: ¿cómo es posible olvidar inmediatamente que en México se ha matado por un tuit, que en Arabia se castiga con miles de latigazos (los primeros cincuenta dados hace unos pocos días) a Raif Badawi, “culpable” de haber abierto un foro online de debate sobre el islam y la democracia; que en Italia decenas de personas viven bajo protección, que en Dinamarca ya intentaron matar al viñetista Kurt Westergaard por haber dibujado una caricatura del profeta Mahoma? ¿Ya hemos olvidado el asesinato del director de cine Theo Van Gogh en Holanda? Mataron a María del Rosario Fuentes Rubio en México por sus campañas en Twitter y a decenas de estudiantes por participar en una manifestación. ¿Bastaba con que todo esto no hubiera ocurrido en París o Berlín para ignorarlo? 

Claro, todos somos Charlie Hebdo, y es una solidaridad emotiva instintiva, la pulsión que Kant describía como la facultad inmediata para percibir, incluso antes que con la razón, lo que es justo y lo que es erróneo. Como si la capacidad de discernimiento estuviese inscrita en nuestro interior. Pero esta adhesión se desencadena siempre cuando ya se ha derramado sangre.
 

Charlie Hebdo no era un periódico capaz de llegar a millones de personas, estaba en crisis, siempre al borde del cierre. No estamos hablando de un ataque a la CNN ni al mayor diario de Francia. Quizá encontremos la explicación en la estrategia: es más fácil atacar a un periódico pequeño que a una gran estructura, con un fuerte aparato de vigilancia. Pero ese no es el único motivo, hay más: independientemente de lo grande que se sea, cuando un mensaje consigue prender entre un aluvión de artículos y material impresos, duele más, molesta más, es como un clavo. No da más miedo el más grande sino quien consigue innovar la expresión, hacer que cale, medir las contradicciones y superar su propia partitura. 

Por otra parte, cada estrategia militar de defensa sabe identificar qué lugares pueden ser atacados y, como hemos visto, han dejado de ser los parlamentos, los ministerios y los cuarteles. Atacar un cuartel es un acto de guerra que reduce el conflicto a una cuestión entre diferentes uniformes. Golpear a políticos significaría “atenuar” el propio mensaje militar: dado que en la política europea ya no existe un personaje símbolo que encarne la historia y los valores europeos, podría parecer un ataque parcial. En cambio, golpear a artistas, golpear a intelectuales, a bloggers, significa para el terrorismo islámico, para el de los narcos y para el de regímenes tiránicos, golpear el pensamiento. Busca intimidar a cualquiera, crear una identificación inmediata entre la opinión pública y la persona atacada, hacer punible la reflexión y la difusión de las ideas.

No es un ataque contra una figura o unas instituciones sino contra el último territorio que convierte a Occidente en un lugar distinto: la libertad de expresión. Pero si no hacemos nada, el silencio volverá pronto.

 

Pido al Parlamento Europeo, pido a Matteo Renzi, a Angela Markel, a François Hollande, a David Cameron y a los demás jefes de Estado y de Gobierno que organicen un Consejo Europeo dedicado a todos los que pagan y han pagado con su vida el precio de la libertad de expresión, a aquellos que viven con escolta, que han recibido amenazas, atentados, chantajes, violencias de cualquier tipo.

Que Europa se reúna y escuche a quien se arriesga en nombre de la cultura, del arte, de la información, que comprenda que en estas libertades descansan sus -nuestros- pilares.

Si la movilización de hombres y conciencias que hoy está agitando el mundo occidental se apaga pronto, se resuelve con unos pocos días de indignación y en un puñado de minutos de silencio, entonces sí, tendremos que decir: nos vemos en la próxima matanza.


FUENTE: ctxt.es
©Roberto Saviano - 11/04/2015 
Traducción de Mónica Andrade y Elisa Mora




(*) Si los gobiernos los dejan, claro está. 

2/9/16

MARIANO NOS DEJA EN RIDÍCULO

La verdad es que Felipe VI, por primera vez en su vida quitando las novias, tiene un problema. Nadie le afea que haya propuesto a la más entusiasta cheerleader de los corruptos (“Luis, sé fuerte”) la formación de gobierno. Pero muchos lo pensamos y la Historia lo recordará, creo yo. No habrá paz para los malvados. Qué buen título y qué mal chiste. Un rey empeñado en perpetuar su fama de incorrupto, incólume, inane y otros montones de ‘in’ le encarga al presidente de un partido político imputado por una metástasis de corrupciones que se adueñe del futuro de la patria. Se cavila poco sobre esto, pero guarda desternillantes paradojas.

Felipe VI de Borbón

La mujer del César no solo debe ser honrada, sino parecerlo, aconseja un sabio y algo machista dicho. Y yo creo que en eso ha reparado poco nuestro espigado y preparadísimo rey: encargar la formación de gobierno al líder de una banda de delincuentes no estará bien visto en algunos pueblos de la futura España.

Estos tiempos borrascosos nos han aventado la evidencia de que la monarquía no es solo un adorno y un negociete. Tiene la potestad de encargar la formación de gobierno a quien dicte su capricho. Y ahora ha degradado su imagen y su memoria otorgándole ese honor a Mariano Rajoy y a lo que representa. Supongo que todos estamos de acuerdo en que no se trata solo de sospechas. Bajo las alfombras que ha ido pisando Rajoy durante toda su carrera política hay tanta basura y tantos hilillos de plastilina que hiede Moncloa.

Palacio de la Moncloa, residencia oficial del presidente de gobierno

Joaquín Sabina y otros más o menos fehacientes intelectuales acaban de firmar un manifiesto proponiendo un pacto transversal con el PSOE como falo, y Podemos y Ciudadanos como testículos. La sola imagen provoca dolor de huevos. Podemos es la antítesis de Ciudadanos tanto como la tesis del futuro PSOE. Es tan complicado de decir que ni yo me entiendo.

El caso es que, gracias al hediondo (alfómbricamente hablando) Mariano Rajoy, nuestros más izquierdistas intelectuales están dispuestos a aceptar a Albert Rivera como intermitente derecho del motor de España. Un político tan de derechas que propone que los obreros, a través de sus impuestos, se paguen a sí mismos un complemento salarial que permita al empresario ofrecer sueldos de miseria. Es pelín esperpéntico, mis queridos intelectuales. Salvando distancias poliédricas, es como sugerirle a Azaña un gobierno de salvación con Primo de Rivera.

José Antonio Primo de Rivera y Manuel Azaña

Aquí de lo que se trata es de incorporar a la idea de gobierno (no al gobierno, si no quieren) a las fuerzas nacionalistas o independentistas, y eso es algo que incomprensiblemente da mucho miedo. El PP y ciertos sectores del PSOE han alimentado el mito de que es más pernicioso dialogar con los rompedores de España que con franquistas como Jaime Mayor Oreja, Manuel Fraga Iribarne, Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa y tal.

Con la incorporación de Ciudadanos a su gran pacto, nuestros más o menos fehacientes intelectuales cierran la puerta al diálogo con vascos, catalanes, gallegos y esos españoles que quieren refundar, de una u otra manera, este griterío de jirones al que llamamos España.


De la Monarquía a la intelectualidad, la gran victoria de Rajoy es habernos dejado a todos en ridículo. Es perverso y eficaz, siguiendo una larga tradición de nuestra derecha. "Nosotros somos quien somos, basta de historia y de cuentos". Gabriel Celaya se refería a lo que nunca nos atrevimos a ser. Mariano Rajoy, sin haber leído a Celaya, es quien mejor lo ha entendido.

FUENTE: publico.es
Rosa y espinas
Aníbal Malvar
31/08/2016

13/8/16

NOS QUEDA LA POESÍA


No he sido capaz de recordar el nombre de un intelectual español de prestigio claro que esté vivo o que no sea muy mayor.

Me refiero a un intelectual influyente, cuya obra sea respetada dentro y fuera de España, dentro y fuera de la Academia y por los medios de comunicación y cuya producción intelectual esté más allá de cualquier duda acerca de su calidad. Tuvimos esa clase de intelectuales, pero la gloria nos duró poco.

Supongo que tiene que ver con nuestra historia. En la modernidad, España pasó de ser un país pobre e inculto, de dueños y campesinos en el siglo XIX, a encarar una lucha titánica por la cultura durante la República; lucha que, como sabemos, se perdió. Y la derrota de la inteligencia supuso exactamente eso. Aun así, hubo durante el franquismo intelectuales renombrados que crearon y pensaron, pero lo que entonces no había era país que les encumbrara a la categoría de grandes conformadores de la opinión pública.

Proclamación de la II República Española (14/04/1931)

La España postfranquista es un país al que se le notan las costuras de la dictadura, y la transición y la democracia no han dejado de ser sino remiendos de aquel traje. Hace mucho que no hay aquí una universidad de gran prestigio, ni un sistema de educación público del que sentirnos verdaderamente orgullosos. La escuela y la universidad han sido de mayor o menor calidad pero nunca han dejado de estar acosadas por una oligarquía que jamás ha creído en lo público ni en la cultura y que desde el minuto uno ha ido mermando su capacidad y su potencial. Cuando llegó el neoliberalismo para acabar con todo, todo era más bien poco. Los intelectuales españoles con una gran obra, con años de estudio y de cátedra, respetados a derecha e izquierda, esos ya no existen. Lo que existen son opinadores, cuya opinión no es el producto del estudio, ni de la reflexión, ni de un sosegado debate público, tampoco de una obra importante. La opinión es ahora, como todo, un producto de consumo rápido, barato, prescindible pero obligatoriamente excitante en el momento en que es proferida. Ahora llamamos intelectual a un articulista que opina de todo y que aparece en la televisión, o a un escritor que pasa de la obra literaria (buena o mala) a la opinión gracias al apoyo de cualquiera de los grupos empresariales dedicados a la conformación de la opinión pública y que se gana así un buen salario, seguramente mucho mayor que el que ganaría con cualquiera de sus libros. Por lo demás, lo que aquí llamamos ensayo es, muy a menudo, un libro lleno de frases hechas, de opiniones sin contrastar, y sobre todo, liviano. Vivimos en un país con un bajísimo índice de lectura en el que, por el contrario, se publican más libros que en muchos otros. El libro es aquí un producto de consumo más del que su calidad importa nada. Alguien dijo que la caducidad de los libros es la misma que la de un yogur y sí, por ahí andamos. Y no es el neoliberalismo, o no sólo. Basta pasearse por las librerías de Francia, Alemania, Gran Bretaña o Italia para comprobar la diferencia.


No hay grandes intelectuales que sean reconocidos porque no hay universidades de calidad que fomenten el estudio o la investigación social, porque no existe una verdadera crítica literaria, porque la cultura es un producto de consumo más, y porque la vida política en este país es un charco de fango. Y el paralelismo entre la élite intelectual y la élite política me parece evidente. Una gran parte de la clase política está formada por personajes mediocres cuyos intereses van desde quienes viven la política como la posibilidad de mantener un buen puesto de trabajo, a los corruptos, que a su vez se dividen entre los delincuentes mafiosos y los que se conforman con las legales puertas giratorias. Los partidos políticos se han convertido en agencias de colocación que parece premiar a los peores, a los que mejor se mueven en la conspiración permanente, en la fontanería ciega, en el engaño, el pactismo, la falta de principios, y desde luego, la mediocridad intelectual.

Políticos españoles que más inquina provocan entre la población

Entre la élite intelectual ocurre a menudo lo mismo, que los más favorecidos son los vendedores de ideas baratas que sólo buscan el aplauso del público más amplio posible. Cuando Sánchez Cuenca afirma que los intelectuales españoles sienten que no tienen que rendir cuentas a nadie, que todo, absolutamente todo se puede decir desde la más completa impunidad tiene razón, y eso está relacionado con una vida política en la que la corrupción, la mediocridad o la bajeza moral no pasan factura y, en definitiva, con una base social que solo aspira al triunfo, entendido este en términos monetarios, tal y como impone la razón neoliberal que nos gobierna.


La crisis absoluta de legitimidad y de ética que impera en la política atañe por supuesto a los llamados intelectuales que se han convertido en el trasunto de esos políticos; personajes que nadan en el mundo de la cultura entendida esta en términos absolutamente utilitarios en el que lo que importa es publicar más, ganar más, participar en más debates políticos o de cualquier tipo…En un mundo sin seguridades en el que no se reconoce al pensamiento o a la cultura ningún valor, en un mundo en el que hace cada vez más frío, mucho frío, mucho más de lo que nadie que no haya estado a la intemperie pueda imaginar… ¿por qué iban los intelectuales a ser muy diferentes? ¿Quién quiere ser el faro intelectual de una generación precaria y sin futuro pudiendo ser rico? Cuando el 15-M impugnó la legitimidad de la política actual, cuando impugnó el marco, impugnó también la mediocridad de la vida social y cultural en la que se nos obliga a movernos.


El 15-M dijo cosas verdaderas en un alarde de creatividad, originalidad y verdad. Pero de la misma manera que el 15-M se diluyó, en parte, en políticos o en partidos que poco a poco puede que se vean obligados a convertirse en aquello de lo que abominaban, lo mismo pasa con las ideas. Se venden slogans, ideas simples, ideas que cabalgan sobre mentiras que nadie comprueba, que nadie impugna, que pasan por verdades. Si todo el mundo sabe que los políticos no dicen ninguna verdad porque con la verdad no se ganan elecciones, la mayoría de los intelectuales orgánicos se limitan, por lo mismo, a opinar sin poner en cuestión nada de lo importante. La verdad, la búsqueda de la misma, ha desaparecido del horizonte y los conformadores de la opinión participan del juego de la simulación. Lo que importa es ceñirse a unas reglas que se aceptan sin impugnación alguna. No es sólo la austeridad o la política económica, el capitalismo o la moderación salarial. Toda palabra dicha ha de estar dentro del marco de referencia impuesto, o se considerará inmediatamente escandalosa y, por tanto, inmediatamente reprochable. Quienes pretendan hablar desde fuera de ese marco serán inmediatamente confinados fuera del sistema y, desde ahí, excluidos de cualquier ventaja personal. No medrarán en los partidos, no medrarán en los medios, no venderán nada.


El capitalismo no es sólo un sistema económico, sino también una razón y como tal ocupa y coloniza los espacios culturales en los que antes se podía expresar el pensamiento. Los espacios para expresar un pensamiento original o crítico son cada vez más reducidos; eso se deja para los márgenes. Aquí, un verdadero intelectual, un estudioso de pensamiento original y valioso, uno que no escriba columnas en los periódicos, uno que no venda su pensamiento opinando de todo, de lo que sabe y de lo que no; uno o una cuyos libros no puedan venderse por miles, no gozará de ningún reconocimiento social ni mediático, mucho menos popular. El profesor o profesora cuyas clases se llenan de gente ávida de escucharle, no existe aquí.

Creo que los únicos intelectuales verdaderos que quedan son los y las poetas, artífices de un arte que no es fácil convertir en un producto de masas, que hay que tejer con el pensamiento y el alma lentamente y que es, por su propia esencia, incorruptible. La única palabra de verdad que nos queda es la poesía. O eso creo.


FUENTE: espacio-publico.com
Beatriz Gimeno
29/07/2016

A este ciudadano le ha encantado el presente artículo, y aunque sea ajeno, desearía rematarlo con un genial trabajo de uno de mis poetas preferidos, el canario Agustín Millares Sall:

YO POETA DECLARO


Yo poeta declaro que escribir poesía
es decir el estado verdadero del hombre
es cantar la verdad es llamar por su nombre
al demonio que ejerce la maldad noche y día.

El poeta es el grito que libera la tierra
la primera montaña que divisa la aurora
la campana que toca la canción de la hora
el primer corazón que lastima la guerra.

Colocado en vanguardia sin que nunca desate
su unidad con los pueblos su visión del conjunto
el poeta es el hombre que primero está a punto
para hacerse con bríos a la mar del combate.

El poeta es el pueblo que a morir se resiste
en la súbita noche donde todo se olvida.
Donde no hay libertad no hay poeta con vida.
Ningún pájaro vuela donde el aire no existe.

Yo poeta declaro que la cólera es una
cuando hay algo que atenta contra el sol que nos guía.
Languidece el poeta si la tierra se enfría
cuando no hay corazón ni justicia ninguna.

Yo poeta declaro que en el duro camino
del tiempo en el poeta se halla siempre un hermano.
Yo poeta declaro que el poeta es humano
aunque a veces nos haga presentir lo divino.


Agustín Millares Sall
(1917-1989)

29/12/10

CLARO QUE NO HABÍA PARO

A raíz del altísimo indice de paro que, desgraciadamente, sufre este país, un cierto señor, con muchas más canas que yo y que compartía almuerzo con otros tres señores en una  mesa muy cercana a la mía, intentaba convencerlos de que esta democracia no funcionaba en absoluto, aduciendo para ello, entre otras sandeces, que en tiempos de Franco no había paro.

Claro que no había paro; que carajo de paro iba a haber: los intelectuales en el exilio, los políticos en prisión, los obreros buscándose la vida en Alemania... y para los que quedaban en el "patrio suelo", un jornal deleznable repartido entre cuatro familias. No te jode. Claro que no había paro...


¡Había hambre y miseria!

Ciudadano Plof