No he sido capaz de recordar el nombre de un intelectual español de prestigio claro que esté vivo o que no sea muy mayor.
Me refiero a un intelectual influyente, cuya obra sea respetada
dentro y fuera de España, dentro y fuera de la Academia y por los medios
de comunicación y cuya producción intelectual esté más allá de
cualquier duda acerca de su calidad. Tuvimos esa clase de intelectuales,
pero la gloria nos duró poco.
Supongo que tiene que ver con nuestra historia. En la modernidad,
España pasó de ser un país pobre e inculto, de dueños y campesinos en el
siglo XIX, a encarar una lucha titánica por la cultura durante la
República; lucha que, como sabemos, se perdió. Y la derrota de la
inteligencia supuso exactamente eso. Aun así, hubo durante el franquismo
intelectuales renombrados que crearon y pensaron, pero lo que entonces
no había era país que les encumbrara a la categoría de grandes
conformadores de la opinión pública.
Proclamación de la II República Española (14/04/1931)
La España postfranquista es un país al que se le notan las costuras
de la dictadura, y la transición y la democracia no han dejado de ser
sino remiendos de aquel traje. Hace mucho que no hay aquí una
universidad de gran prestigio, ni un sistema de educación público del
que sentirnos verdaderamente orgullosos. La escuela y la universidad han
sido de mayor o menor calidad pero nunca han dejado de estar acosadas
por una oligarquía que jamás ha creído en lo público ni en la cultura y
que desde el minuto uno ha ido mermando su capacidad y su potencial.
Cuando llegó el neoliberalismo para acabar con todo, todo era más bien
poco. Los intelectuales españoles con una gran obra, con años de estudio
y de cátedra, respetados a derecha e izquierda, esos ya no existen. Lo
que existen son opinadores, cuya opinión no es el producto del estudio,
ni de la reflexión, ni de un sosegado debate público, tampoco de una
obra importante. La opinión es ahora, como todo, un producto de consumo
rápido, barato, prescindible pero obligatoriamente excitante en el
momento en que es proferida. Ahora llamamos intelectual a un articulista
que opina de todo y que aparece en la televisión, o a un escritor que
pasa de la obra literaria (buena o mala) a la opinión gracias al apoyo
de cualquiera de los grupos empresariales dedicados a la conformación de
la opinión pública y que se gana así un buen salario, seguramente mucho
mayor que el que ganaría con cualquiera de sus libros. Por lo demás, lo
que aquí llamamos ensayo es, muy a menudo, un libro lleno de frases
hechas, de opiniones sin contrastar, y sobre todo, liviano. Vivimos en
un país con un bajísimo índice de lectura en el que, por el contrario,
se publican más libros que en muchos otros. El libro es aquí un producto
de consumo más del que su calidad importa nada. Alguien dijo que la
caducidad de los libros es la misma que la de un yogur y sí, por ahí
andamos. Y no es el neoliberalismo, o no sólo. Basta pasearse por las
librerías de Francia, Alemania, Gran Bretaña o Italia para comprobar la
diferencia.

No hay grandes intelectuales que sean reconocidos porque no hay
universidades de calidad que fomenten el estudio o la investigación
social, porque no existe una verdadera crítica literaria, porque la
cultura es un producto de consumo más, y porque la vida política en este
país es un charco de fango. Y el paralelismo entre la élite intelectual
y la élite política me parece evidente. Una gran parte de la clase
política está formada por personajes mediocres
cuyos intereses van desde quienes viven la política como la posibilidad
de mantener un buen puesto de trabajo, a los corruptos, que a su vez
se dividen entre los delincuentes mafiosos y los que se conforman con
las legales puertas giratorias. Los partidos políticos se han convertido
en agencias de colocación que parece premiar a los peores, a los que
mejor se mueven en la conspiración permanente, en la fontanería ciega,
en el engaño, el pactismo, la falta de principios, y desde luego, la
mediocridad intelectual.

Políticos españoles que más inquina provocan entre la población
Entre la élite intelectual ocurre a menudo lo mismo, que los más
favorecidos son los vendedores de ideas baratas que sólo buscan el
aplauso del público más amplio posible. Cuando Sánchez Cuenca afirma que
los intelectuales españoles sienten que no tienen que rendir cuentas a
nadie, que todo, absolutamente todo se puede decir desde la más completa
impunidad tiene razón, y eso está relacionado con una vida política en
la que la corrupción, la mediocridad o la bajeza moral no pasan factura
y, en definitiva, con una base social que solo aspira al triunfo,
entendido este en términos monetarios, tal y como impone la razón
neoliberal que nos gobierna.

La crisis absoluta de legitimidad y de ética que impera en la
política atañe por supuesto a los llamados intelectuales que se han
convertido en el trasunto de esos políticos; personajes que nadan en el
mundo de la cultura entendida esta en términos absolutamente utilitarios
en el que lo que importa es publicar más, ganar más, participar en más
debates políticos o de cualquier tipo…En un mundo sin seguridades en el
que no se reconoce al pensamiento o a la cultura ningún valor, en un
mundo en el que hace cada vez más frío, mucho frío, mucho más de lo que
nadie que no haya estado a la intemperie pueda imaginar… ¿por qué iban
los intelectuales a ser muy diferentes? ¿Quién quiere ser el faro
intelectual de una generación precaria y sin futuro pudiendo ser rico?
Cuando el 15-M impugnó la legitimidad de la política actual, cuando
impugnó el marco, impugnó también la mediocridad de la vida social y
cultural en la que se nos obliga a movernos.

El 15-M dijo cosas verdaderas en un alarde de creatividad,
originalidad y verdad. Pero de la misma manera que el 15-M se diluyó,
en parte, en políticos o en partidos que poco a poco puede que se vean
obligados a convertirse en aquello de lo que abominaban, lo mismo pasa
con las ideas. Se venden slogans, ideas simples, ideas que cabalgan
sobre mentiras que nadie comprueba, que nadie impugna, que pasan por
verdades. Si todo el mundo sabe que los políticos no dicen ninguna
verdad porque con la verdad no se ganan elecciones, la mayoría de los
intelectuales orgánicos se limitan, por lo mismo, a opinar sin poner en
cuestión nada de lo importante. La verdad, la búsqueda de la misma, ha
desaparecido del horizonte y los conformadores de la opinión participan
del juego de la simulación. Lo que importa es ceñirse a unas reglas que
se aceptan sin impugnación alguna. No es sólo la austeridad o la
política económica, el capitalismo o la moderación salarial. Toda
palabra dicha ha de estar dentro del marco de referencia impuesto, o se
considerará inmediatamente escandalosa y, por tanto, inmediatamente
reprochable. Quienes pretendan hablar desde fuera de ese marco serán
inmediatamente confinados fuera del sistema y, desde ahí, excluidos de
cualquier ventaja personal. No medrarán en los partidos, no medrarán en
los medios, no venderán nada.

El capitalismo no es sólo un sistema económico, sino también una
razón y como tal ocupa y coloniza los espacios culturales en los que
antes se podía expresar el pensamiento. Los espacios para expresar un
pensamiento original o crítico son cada vez más reducidos; eso se deja
para los márgenes. Aquí, un verdadero intelectual, un estudioso de
pensamiento original y valioso, uno que no escriba columnas en los
periódicos, uno que no venda su pensamiento opinando de todo, de lo que
sabe y de lo que no; uno o una cuyos libros no puedan venderse por
miles, no gozará de ningún reconocimiento social ni mediático, mucho
menos popular. El profesor o profesora cuyas clases se llenan de gente
ávida de escucharle, no existe aquí.
Creo que los únicos intelectuales verdaderos que quedan son los y las poetas,
artífices de un arte que no es fácil convertir en un producto de masas,
que hay que tejer con el pensamiento y el alma lentamente y que es, por
su propia esencia, incorruptible. La única palabra de verdad que nos
queda es la poesía. O eso creo.
FUENTE: espacio-publico.com
Beatriz Gimeno
29/07/2016
A este ciudadano le ha encantado el presente artículo, y aunque sea ajeno, desearía rematarlo con un genial trabajo de uno de mis poetas preferidos, el canario Agustín Millares Sall:
YO
POETA DECLARO
Yo poeta declaro que escribir poesía
es decir el estado verdadero del
hombre
es cantar la verdad es llamar por su
nombre
al demonio que ejerce la maldad noche
y día.
El poeta es el grito que libera la
tierra
la primera montaña que divisa la
aurora
la campana que toca la canción de la
hora
el primer corazón que lastima la
guerra.
Colocado en vanguardia sin que nunca
desate
su unidad con los pueblos su visión
del conjunto
el poeta es el hombre que primero está
a punto
para hacerse con bríos a la mar del
combate.
El poeta es el pueblo que a morir se
resiste
en la súbita noche donde todo se
olvida.
Donde no hay libertad no hay poeta con
vida.
Ningún pájaro vuela donde el aire no
existe.
Yo poeta declaro que la cólera es una
cuando hay algo que atenta contra el
sol que nos guía.
Languidece el poeta si la tierra se
enfría
cuando no hay corazón ni justicia
ninguna.
Yo poeta declaro que en el duro
camino
del tiempo en el poeta se halla
siempre un hermano.
Yo poeta declaro que el poeta es
humano
aunque a veces nos haga presentir lo
divino.
Agustín Millares Sall
(1917-1989)