Citizen Plof
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28/1/19
25/1/19
GOLPE DE ESTADO EN VENEZUELA
Trump elige presidente en Venezuela
REUTERS/Carlos Garcia Rawlins
Lo sucedido en Venezuela sólo tiene un nombre: "Golpe de Estado". Quienes lo defienden, ni siquiera entran a considerar si es un golpe justificado o no, sencillamente lo niegan. Esa manipulación de los hechos, esa calurosa bienvenida que le dan a la injerencia en su política interior de países como EEUU o Brasil -que hicieron público su pacto para ello a principios de año-, hacen saltar las alarmas sobre si la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente es la mejor salida para el aparente callejón sin salida de Venezuela.
Un golpe de Estado, por definición, es una “actuación violenta y rápida, generalmente por fuerzas militares o rebeldes, por la que un grupo determinado se apodera o intenta apoderarse de los resortes del gobierno de un Estado, desplazando a las autoridades existentes“. A falta de que el ejército se pronuncie -la cúpula militar ya se sabe que mayoritariamente apoya a Maduro-, eso es lo que ha sucedido en Venezuela, tal y como prueban los enfrentamientos que ya se producen en las calles.
Negar la miseria que vive el país, con hiperinflación y un PIB en constante caída libre sin que, además, Nicolás Maduro haya sabido poner soluciones encima de la mesa, sería absurdo. Venezuela no está bien y, como vengo sosteniendo desde hace años, Maduro nunca ha sido un digno sucesor de Hugo Chávez -que tuvo sus sombras y sus luces-. Dicho esto, el año pasado se celebraron unas elecciones. ¿Qué pasó entonces?
Sencillo: el grupo opositor más importante, bajo el paraguas de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), optó por no participar en las elecciones del 20 de mayo. Hoy, ni siquiera existe la MUD. Es cierto que hubo diversas trabas técnicas para la presentación de candidatos, incluso arbitrariedad, pero que Maduro no tuviera competencia en las urnas no fue responsabilidad suya, sino una estrategia de la oposición. Una oposición, por otro lado, que es tan indigna del pueblo venezolano como Maduro lo es en términos de sucesor de Chávez.
La apuesta de la oposición de no acudir al sufragio hizo que con un 67% de los votos (aunque sólo con un 32% del total de electores), Maduro se asegurara un segundo mandato por seis años, controlando 20 de las 24 gobernaciones y 310 de las 335 alcaldías.
La oposición venezolana, no sólo ha estado fragmentada, sino desunida. Ha tenido que ser la injerencia de Trump y Bolsonaro, con el respaldo del Grupo de Lima (Argentina, Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Chile, Guatemala, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú y Santa Lucía ), cuyo bloqueo al país no ha beneficiado en absoluto al pueblo venezolano, la que ha consolidado a los detractores de Maduro con un pegamento que nada tiene que ver con los Derechos Humanos, sino con oscuros intereses económicos y geoestratégicos.
Desde hace una semana, Guaidó viene autoproclamándose presidente. No ha sido elegido por el pueblo en ninguna elección (transparente o no), no cuenta con el respaldo de la soberanía popular y, sin embargo, asegura: “hay alguien usurpando el poder, hay alguien que rompió la cadena de mando y ustedes lo saben”. Esa afirmación, que bien se podría aplicar a él, la dirige contra el actual presidente Nicolás Maduro.
Guaidó ha sido elegido por Trump, no por Venezuela. EEUU ha promovido el golpe de Estado, como ya hiciera Bush en 2002 (con el apoyo de Aznar, como ahora de Casado) y fracasara. Esa no puede ser la solución al país y a su agotamiento de alternativas socio-económicas para garantizar el bienestar de su ciudadanía. Abre la puerta a las injerencias extranjeras e imperialistas de EEUU que, si algo han demostrado allá dónde han metido la cabeza, es que nunca benefician a sus pueblos. Esa, definitivamente, no es la solución.
FUENTE: publico.es
Posos de Anarquía
David Bollero
24/01/2019
¿Qué tendrá Venezuela, qué tendrá que tanto interesa al gobierno estadounidense?
¿Serán sus frondosas selvas, sus islas paradisiacas, sus tepuyes majestuososos, su riquezas culturales o puede que acaso sea la "Faja del Orinoco*"?
* Es la mayor reserva petrolífera del mundo

Juan Guaidó, con una copia de la Constitución venezolana.
Lo sucedido en Venezuela sólo tiene un nombre: "Golpe de Estado". Quienes lo defienden, ni siquiera entran a considerar si es un golpe justificado o no, sencillamente lo niegan. Esa manipulación de los hechos, esa calurosa bienvenida que le dan a la injerencia en su política interior de países como EEUU o Brasil -que hicieron público su pacto para ello a principios de año-, hacen saltar las alarmas sobre si la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente es la mejor salida para el aparente callejón sin salida de Venezuela.
Un golpe de Estado, por definición, es una “actuación violenta y rápida, generalmente por fuerzas militares o rebeldes, por la que un grupo determinado se apodera o intenta apoderarse de los resortes del gobierno de un Estado, desplazando a las autoridades existentes“. A falta de que el ejército se pronuncie -la cúpula militar ya se sabe que mayoritariamente apoya a Maduro-, eso es lo que ha sucedido en Venezuela, tal y como prueban los enfrentamientos que ya se producen en las calles.
Negar la miseria que vive el país, con hiperinflación y un PIB en constante caída libre sin que, además, Nicolás Maduro haya sabido poner soluciones encima de la mesa, sería absurdo. Venezuela no está bien y, como vengo sosteniendo desde hace años, Maduro nunca ha sido un digno sucesor de Hugo Chávez -que tuvo sus sombras y sus luces-. Dicho esto, el año pasado se celebraron unas elecciones. ¿Qué pasó entonces?
Sencillo: el grupo opositor más importante, bajo el paraguas de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), optó por no participar en las elecciones del 20 de mayo. Hoy, ni siquiera existe la MUD. Es cierto que hubo diversas trabas técnicas para la presentación de candidatos, incluso arbitrariedad, pero que Maduro no tuviera competencia en las urnas no fue responsabilidad suya, sino una estrategia de la oposición. Una oposición, por otro lado, que es tan indigna del pueblo venezolano como Maduro lo es en términos de sucesor de Chávez.
Chávez y Maduro
La apuesta de la oposición de no acudir al sufragio hizo que con un 67% de los votos (aunque sólo con un 32% del total de electores), Maduro se asegurara un segundo mandato por seis años, controlando 20 de las 24 gobernaciones y 310 de las 335 alcaldías.
La oposición venezolana, no sólo ha estado fragmentada, sino desunida. Ha tenido que ser la injerencia de Trump y Bolsonaro, con el respaldo del Grupo de Lima (Argentina, Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Chile, Guatemala, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú y Santa Lucía ), cuyo bloqueo al país no ha beneficiado en absoluto al pueblo venezolano, la que ha consolidado a los detractores de Maduro con un pegamento que nada tiene que ver con los Derechos Humanos, sino con oscuros intereses económicos y geoestratégicos.
Trump, presidente de EE.UU - Bolsonaro, presidente de Brasil
Desde hace una semana, Guaidó viene autoproclamándose presidente. No ha sido elegido por el pueblo en ninguna elección (transparente o no), no cuenta con el respaldo de la soberanía popular y, sin embargo, asegura: “hay alguien usurpando el poder, hay alguien que rompió la cadena de mando y ustedes lo saben”. Esa afirmación, que bien se podría aplicar a él, la dirige contra el actual presidente Nicolás Maduro.
Guaidó ha sido elegido por Trump, no por Venezuela. EEUU ha promovido el golpe de Estado, como ya hiciera Bush en 2002 (con el apoyo de Aznar, como ahora de Casado) y fracasara. Esa no puede ser la solución al país y a su agotamiento de alternativas socio-económicas para garantizar el bienestar de su ciudadanía. Abre la puerta a las injerencias extranjeras e imperialistas de EEUU que, si algo han demostrado allá dónde han metido la cabeza, es que nunca benefician a sus pueblos. Esa, definitivamente, no es la solución.
FUENTE: publico.es
Posos de Anarquía
David Bollero
24/01/2019
¿Qué tendrá Venezuela, qué tendrá que tanto interesa al gobierno estadounidense?
¿Serán sus frondosas selvas, sus islas paradisiacas, sus tepuyes majestuososos, su riquezas culturales o puede que acaso sea la "Faja del Orinoco*"?
* Es la mayor reserva petrolífera del mundo
12/11/18
MINORÍA PELIGROSA
La única minoría peligrosa son los ricos (y sus siervos)
El avance del neofascismo y de las formaciones políticas autoritarias, el éxito de Trump, Bolsonaro o Salvini son consecuencia de la inseguridad y frustración que han originado los partidos del extremo centro neoliberales que han impuesto un largo período de políticas austeritarias para la mayoría social en el plano estatal siguiendo el dictado del FMI y una globalización económica internacional que ha conculcado los derechos y los intereses de los pueblos.
La Unión Europea y el Estado español no han sido una excepción, bien al contrario, son paradigmáticas en la disminución del gasto social, del sector público de la economía y de los derechos de la ciudadanía. Tras la crisis de 2007/2008 los ganadores en todo el mundo son los mismos que las provocaron, la oligarquía financiera y las multinacionales.
Paradójicamente un representante del capital más parasitario como es Trump, logra erigirse en adalid contra el establishment con un discurso xenófobo y supremacista. Los nuevos zares de la extrema derecha en Francia, Italia, Polonia, Hungría y en nuestro país han desviado la rabia de un importante sector del pueblo contra extranjeros y minorías étnicas, contra emigrantes y mujeres.
Tanto en América como en Europa la extrema derecha asegura, de esa manera, los intereses de la oligarquía haciendo culpable de las desgracias a sectores sociales muy frágiles que difícilmente pueden defenderse y aún menos ser causantes de la situación.
Una jugada maestra para seguir aplicando políticas que aumentan la desigualdad social, el odio al diferente y la división en los pueblos. Los causantes de la crisis de una década de duración y los ganadores de la globalización pueden estar tranquilos, los políticos a su servicio, al igual que el ladrón de la fábula popular distrae a los viandantes gritando “al ladrón, al ladrón” señalando al desarrapado que pasaba por allí.
Desde hace varios años, vivimos una situación que se ha denominado como “crisis”. A veces, de tanto escuchar una palabra, la acabamos repitiendo y asumiendo sin pensar bien qué significa. “Crisis” tiene un significado concreto. Ha significado que millones de personas vivan condenadas al paro. Millones de personas que cada vez tienen que trabajar más por menos dinero.
Crisis son los alquileres cada vez más elevados, los servicios públicos más colapsados con aulas con más alumnos, médicos con consultas cada vez más saturadas, un transporte público cada vez más caro y menos eficiente.
Crisis son las pensiones de miseria para los que han tenido una vida de esfuerzo o las mujeres que cada vez sufren más para sostener la economía de su gente y las personas migrantes perseguidas simplemente por el hecho de ser pobres. Esa es, en lo concreto, la crisis para el 80% de la población. Somos los miembros de la clase trabajadora quienes sufrimos la crisis.
Sin embargo, hay una minoría privilegiada a la que no le ha ido mal. Una minoría parásita que, amparada por unas reglas del juego que siempre les favorecen, ha seguido haciendo negocios y ganando dinero a espuertas a costa del trabajo ajeno. Una minoría acaparadora que esquilma los recursos de todos para lucrarse y vivir en la opulencia más escandalosa. Sí, a los banqueros, a los ejecutivos, a las grandes empresas, les ha ido muy bien.
Se han aprovechado de la situación para saquear los servicios públicos, para bajar los salarios, para especular con la vivienda. Imponen un régimen de terror en los centros de trabajo: a quién protesta y se organiza, lo echan a la calle. Y tienen de su parte al conjunto de poderes del Estado, que lejos de ejercer un rol redistributivo, se dedican a legislar para proteger los intereses de los bancos.
El caso del poder judicial, con el Tribunal Supremo a la cabeza, no es sino una muestra más de que el Estado sigue siendo el consejo de administración de los ricos. Encima, ahora quieren enfrentarnos entre nosotros, en nuestros barrios y ciudades, en los lugares que queremos tanto: quieren dividirnos cuando son ellos los que nos hacen la vida difícil a todos.
Pero no podemos permitir que esta situación se normalice. La sociedad crea riqueza; pero somos los trabajadores y las trabajadoras quienes generamos esa riqueza. Muchas veces ni se nos paga un salario, como en el caso de las mujeres. Pero sin todo ese esfuerzo de los y las de abajo, la sociedad colapsaría.
Hacernos preguntas nos obliga a cambiar las cosas: ¿Es justo que las grandes empresas y sus ejecutivos se estén embolsando millones mientras más del 50% de la gente tiene ingresos que van de los 0 a los 1200 euros? ¿Es justo que siga habiendo millones de pisos vacíos y sigan subiendo los alquileres y desahuciando familias? Es evidente que no lo es y no basta con lamentarse. Hay que actuar. Y es que vivimos tiempos turbulentos.
El capitalismo en crisis ha desatado la emergencia de fuerzas reaccionarias que tratan de restaurar el orden. Un orden que nos ofrece dos opciones a la gente de abajo: o mantenernos en nuestro su sitio calladas mientras nos empobrecen o enfrentarnos entre nosotras para pelearnos por los restos de la miseria.
Y es que el discurso xenófobo y racista es el propio de quienes se han rendido y no quieren enfrentarse a los poderosos y prefieren enfrentarse a su vecino o vecina, a quien pueda ser más vulnerable. Los movimientos sociales y sus necesarias reivindicaciones de fiscalidad a quienes más tienen, de impedir la especulación con los alquileres, de dar derechos a los trabajadoras y autónomos son demandas valientes porque solo la valentía puede cambiar las cosas.
Pero no son tiempos para quedarse atrapadas en el shock, en la impotencia. Debemos combatir y señalar a los verdaderos responsables de esta situación de crisis, precariedad e inseguridad en la que se encuentra la clase trabajadora.
No debemos hacer ninguna concesión ante los discursos contra las personas migrantes, las mujeres, las LGTBI, ni tampoco contra los perseguidos por sus ideas políticas. Van contra nosotras y contra nuestras vecinas. Buscan mantener empobrecidas y divididas nuestras comunidades. Y lo hacen para mantener sus privilegios, seguir engordando sus beneficios.
Es preciso denunciar este estado de cosas, pero no basta con denunciar, es urgente construir las alternativas. Necesitamos representantes políticos que las defiendan, pero no basta con presentarse a las elecciones confiando todo a la representación, es necesario que la sociedad se organice y tome en sus manos la solución a los problemas.
Las clases subalternas, las gentes de abajo, deberán defenderse y pasar a la ofensiva activamente. Afortunadamente, en nuestros pueblos y barrios, en los centros docentes y en los de trabajo hay muchas personas que luchan cotidianamente contra la presión que impone este sistema.
Son la gente que trabaja en el movimiento feminista, en el movimiento de vivienda, en los sindicatos, en los movimientos vecinales y antirracistas. Esos son los mejores anticuerpos frente al auge de la xenofobia y el fascismo. Construir comunidades organizadas, contrapoderes reales que hagan frente a los que tienen todavía el poder (se presenten o no a las elecciones).
Es el momento de recuperar la convicción de que podemos transformar las cosas. Lo que implica que las clases subalternas se organicen para ello. Lo que supone identificar problemas, víctimas y culpables. Pero también se necesario disponer de un proyecto de sociedad y construir un programa que ofrezca alternativas reales de transformación. Alternativas radicales y de ruptura con este estado de cosas, aunque eso suponga una colisión frontal con el establishment: los poderes económicos y las instituciones de la gobernanza neoliberal.
Por eso Anticapitalistas ha decidido poner su granito de arena en una labor que afecta quienes quieren una sociedad justa y democrática para señalar, desde los barrios, aulas y empresas, a la única minoría peligrosa para el bienestar social: los ricos y los políticos a su servicio. También para presentar propuestas concretas frente a la escandalosa desigualdad vigente en la sociedad, lo que supone ir a la raíz de la misma y situar en el horizonte político la expropiación del poder económico para ponerlo al servicio de la mayoría repartiendo la riqueza.
No podemos dejarle el espacio en nuestros barrios a la extrema derecha ni confiar en que las superficiales y banales políticas “progresistas”, incapaces de plantar cara al poder, vayan a resolver nuestros problemas. No hay otra forma de resolver los problemas que una peligrosa y depredadora minoría ha generado que construyendo una fuerza social capaz de expropiar a los poderosos.
Es hora de decir: basta de discursos vacíos y de medias tintas; basta de permitir que el saqueo sin respuesta. Son necesarias nuevas ideas y propuestas capaces de alumbrar campañas y acciones con el objetivo hacer frente a los privilegiados y su poder económico, político, judicial y comunicativo.
Lo contrario es dejar el terreno libre para que el natural malestar que genera la desigualdad extrema lo ocupe el racismo, el machismo y el odio.
FUENTE: publico.es
Otras miradas
El avance del neofascismo y de las formaciones políticas autoritarias, el éxito de Trump, Bolsonaro o Salvini son consecuencia de la inseguridad y frustración que han originado los partidos del extremo centro neoliberales que han impuesto un largo período de políticas austeritarias para la mayoría social en el plano estatal siguiendo el dictado del FMI y una globalización económica internacional que ha conculcado los derechos y los intereses de los pueblos.
La Unión Europea y el Estado español no han sido una excepción, bien al contrario, son paradigmáticas en la disminución del gasto social, del sector público de la economía y de los derechos de la ciudadanía. Tras la crisis de 2007/2008 los ganadores en todo el mundo son los mismos que las provocaron, la oligarquía financiera y las multinacionales.
Trump - Bolsonaro - Salvini
Paradójicamente un representante del capital más parasitario como es Trump, logra erigirse en adalid contra el establishment con un discurso xenófobo y supremacista. Los nuevos zares de la extrema derecha en Francia, Italia, Polonia, Hungría y en nuestro país han desviado la rabia de un importante sector del pueblo contra extranjeros y minorías étnicas, contra emigrantes y mujeres.
Tanto en América como en Europa la extrema derecha asegura, de esa manera, los intereses de la oligarquía haciendo culpable de las desgracias a sectores sociales muy frágiles que difícilmente pueden defenderse y aún menos ser causantes de la situación.
Una jugada maestra para seguir aplicando políticas que aumentan la desigualdad social, el odio al diferente y la división en los pueblos. Los causantes de la crisis de una década de duración y los ganadores de la globalización pueden estar tranquilos, los políticos a su servicio, al igual que el ladrón de la fábula popular distrae a los viandantes gritando “al ladrón, al ladrón” señalando al desarrapado que pasaba por allí.
Desde hace varios años, vivimos una situación que se ha denominado como “crisis”. A veces, de tanto escuchar una palabra, la acabamos repitiendo y asumiendo sin pensar bien qué significa. “Crisis” tiene un significado concreto. Ha significado que millones de personas vivan condenadas al paro. Millones de personas que cada vez tienen que trabajar más por menos dinero.
Crisis son los alquileres cada vez más elevados, los servicios públicos más colapsados con aulas con más alumnos, médicos con consultas cada vez más saturadas, un transporte público cada vez más caro y menos eficiente.
Crisis son las pensiones de miseria para los que han tenido una vida de esfuerzo o las mujeres que cada vez sufren más para sostener la economía de su gente y las personas migrantes perseguidas simplemente por el hecho de ser pobres. Esa es, en lo concreto, la crisis para el 80% de la población. Somos los miembros de la clase trabajadora quienes sufrimos la crisis.
El "electroencefalograma" plano de la economía de los pobres
Sin embargo, hay una minoría privilegiada a la que no le ha ido mal. Una minoría parásita que, amparada por unas reglas del juego que siempre les favorecen, ha seguido haciendo negocios y ganando dinero a espuertas a costa del trabajo ajeno. Una minoría acaparadora que esquilma los recursos de todos para lucrarse y vivir en la opulencia más escandalosa. Sí, a los banqueros, a los ejecutivos, a las grandes empresas, les ha ido muy bien.
Se han aprovechado de la situación para saquear los servicios públicos, para bajar los salarios, para especular con la vivienda. Imponen un régimen de terror en los centros de trabajo: a quién protesta y se organiza, lo echan a la calle. Y tienen de su parte al conjunto de poderes del Estado, que lejos de ejercer un rol redistributivo, se dedican a legislar para proteger los intereses de los bancos.
El caso del poder judicial, con el Tribunal Supremo a la cabeza, no es sino una muestra más de que el Estado sigue siendo el consejo de administración de los ricos. Encima, ahora quieren enfrentarnos entre nosotros, en nuestros barrios y ciudades, en los lugares que queremos tanto: quieren dividirnos cuando son ellos los que nos hacen la vida difícil a todos.
Pero no podemos permitir que esta situación se normalice. La sociedad crea riqueza; pero somos los trabajadores y las trabajadoras quienes generamos esa riqueza. Muchas veces ni se nos paga un salario, como en el caso de las mujeres. Pero sin todo ese esfuerzo de los y las de abajo, la sociedad colapsaría.
Hacernos preguntas nos obliga a cambiar las cosas: ¿Es justo que las grandes empresas y sus ejecutivos se estén embolsando millones mientras más del 50% de la gente tiene ingresos que van de los 0 a los 1200 euros? ¿Es justo que siga habiendo millones de pisos vacíos y sigan subiendo los alquileres y desahuciando familias? Es evidente que no lo es y no basta con lamentarse. Hay que actuar. Y es que vivimos tiempos turbulentos.
El capitalismo en crisis ha desatado la emergencia de fuerzas reaccionarias que tratan de restaurar el orden. Un orden que nos ofrece dos opciones a la gente de abajo: o mantenernos en nuestro su sitio calladas mientras nos empobrecen o enfrentarnos entre nosotras para pelearnos por los restos de la miseria.
Y es que el discurso xenófobo y racista es el propio de quienes se han rendido y no quieren enfrentarse a los poderosos y prefieren enfrentarse a su vecino o vecina, a quien pueda ser más vulnerable. Los movimientos sociales y sus necesarias reivindicaciones de fiscalidad a quienes más tienen, de impedir la especulación con los alquileres, de dar derechos a los trabajadoras y autónomos son demandas valientes porque solo la valentía puede cambiar las cosas.
Pero no son tiempos para quedarse atrapadas en el shock, en la impotencia. Debemos combatir y señalar a los verdaderos responsables de esta situación de crisis, precariedad e inseguridad en la que se encuentra la clase trabajadora.
No debemos hacer ninguna concesión ante los discursos contra las personas migrantes, las mujeres, las LGTBI, ni tampoco contra los perseguidos por sus ideas políticas. Van contra nosotras y contra nuestras vecinas. Buscan mantener empobrecidas y divididas nuestras comunidades. Y lo hacen para mantener sus privilegios, seguir engordando sus beneficios.
Es preciso denunciar este estado de cosas, pero no basta con denunciar, es urgente construir las alternativas. Necesitamos representantes políticos que las defiendan, pero no basta con presentarse a las elecciones confiando todo a la representación, es necesario que la sociedad se organice y tome en sus manos la solución a los problemas.
Las clases subalternas, las gentes de abajo, deberán defenderse y pasar a la ofensiva activamente. Afortunadamente, en nuestros pueblos y barrios, en los centros docentes y en los de trabajo hay muchas personas que luchan cotidianamente contra la presión que impone este sistema.
Son la gente que trabaja en el movimiento feminista, en el movimiento de vivienda, en los sindicatos, en los movimientos vecinales y antirracistas. Esos son los mejores anticuerpos frente al auge de la xenofobia y el fascismo. Construir comunidades organizadas, contrapoderes reales que hagan frente a los que tienen todavía el poder (se presenten o no a las elecciones).
Es el momento de recuperar la convicción de que podemos transformar las cosas. Lo que implica que las clases subalternas se organicen para ello. Lo que supone identificar problemas, víctimas y culpables. Pero también se necesario disponer de un proyecto de sociedad y construir un programa que ofrezca alternativas reales de transformación. Alternativas radicales y de ruptura con este estado de cosas, aunque eso suponga una colisión frontal con el establishment: los poderes económicos y las instituciones de la gobernanza neoliberal.
Por eso Anticapitalistas ha decidido poner su granito de arena en una labor que afecta quienes quieren una sociedad justa y democrática para señalar, desde los barrios, aulas y empresas, a la única minoría peligrosa para el bienestar social: los ricos y los políticos a su servicio. También para presentar propuestas concretas frente a la escandalosa desigualdad vigente en la sociedad, lo que supone ir a la raíz de la misma y situar en el horizonte político la expropiación del poder económico para ponerlo al servicio de la mayoría repartiendo la riqueza.
No podemos dejarle el espacio en nuestros barrios a la extrema derecha ni confiar en que las superficiales y banales políticas “progresistas”, incapaces de plantar cara al poder, vayan a resolver nuestros problemas. No hay otra forma de resolver los problemas que una peligrosa y depredadora minoría ha generado que construyendo una fuerza social capaz de expropiar a los poderosos.
Es hora de decir: basta de discursos vacíos y de medias tintas; basta de permitir que el saqueo sin respuesta. Son necesarias nuevas ideas y propuestas capaces de alumbrar campañas y acciones con el objetivo hacer frente a los privilegiados y su poder económico, político, judicial y comunicativo.
Lo contrario es dejar el terreno libre para que el natural malestar que genera la desigualdad extrema lo ocupe el racismo, el machismo y el odio.
FUENTE: publico.es
Otras miradas
Paca Blanco, Jesús Rodríguez, María Lobo y Aziz Matrouch
Militantes de Anticapitalistas
30/10/18
MALOS TIEMPOS PARA BRASIL
Brasil llorará como llora Argentina
Bolsonaro se ha impuesto en las elecciones de Brasil como en su día lo hizo Trump en EEUU: con un discurso de odio, elitista, xenófobo, machista… Nadie se lo tomaba en serio hasta que todo se volvió demasiado serio para bromas. Y entonces, fue tarde. Malos tiempos para Brasil.
A finales de 2015, el pueblo argentino votó al neoliberal Mauricio Macri y hoy llora desconsoladamente, con las calles y portales convertidos en hogar para una ingente cantidad de personas.
Tres años le han bastado a Macri para sumir a Argentina en la miseria mientras su patrimonio y el de quienes mueven sus hilos se encuentra a buen recaudo en dólares, lejos de la depreciación del tipo de cambio o de las imposiciones del FMI, que aún tiene sangre seca ensus fauces tras las escabechina de austeridad europea.
Lloran, lloran l@s herman@s argentin@s, incluso quienes votaron al neoliberal, porque saben que los tijeretazos que se avecinan aún traerán más hambre y pobredumbre.
Brasil llorará también y sí, también ese electorado blanco que se ha dejado encandilar por los cantos de sirena de Bolsonaro, esa clase media que nunca quiso enterararse de que una democracia moderna real es un sistema solidario, en el que los estratos más bajos de la sociedad han de ser los primeros beneficiaros de la bonanza, en el que "el reparto de la riqueza es la quintaesencia del bienestar".
Bolsonaro ha inoculado en ese veneno del ‘qué hay de lo mío’ y la izquierda destruyó el antídoto con una gestión política negligente salpicada por la corrupción.
Así las cosas, el ultraderechista ha sacado partido al racismo, el machismo y la violencia como máximos valores de sus programa. Como ha sucedido en otros países, el odio y la rabia se han impuesto a la cordura y la reflexión. Nada bueno se avista en el horizonte de un Brasil que puede sumergirse en una oleada de sangre sin precedentes.
Si algo ha demostrado este país en los últimos años es su capacidad de movilización de las personas para reclamar, luchar por lo que considera justo. ¿Cómo reprimirán Bolsonaro y su gabinete militar estas manifestaciones pacíficas? ¿Los aplastará antes incluso de que puedan alzar la mano?
¿Qué será de los millones de personas pobres en Brasil, de las mujeres, l@s homosexuales, l@s negr@s? ¿Qué será de Brasil?
Bolsonaro no ha salido de la nada; lleva años y años ahí, tratando de dar el zarpazo que al fin dio con ese 55% de los votos. Parecía que no llegaría nunca, como el pueblo argentino creyó por un momento que no volvería a entregar el país a los mercados. Se equivocaron ambos y es un aviso para quienes todavía andan confiados con el avance de la ultraderecha.
No la subestimen, tampoco la teman, porque hay valores de sobra para mantener el cordón sanitario que hasta ahora no ha logrado romper, pero esos valores sufrirán fatiga de materiales si no se nutren día a día. En suma, no den nada por hecho.
FUENTE: publico.es
Posos de anarquía
David Bollero
29/10/2018
Este ciudadano está totalmente de acuerdo con que "el reparto de la riqueza es la quientaesencia del bienestar". El problema reside en los que no quieren saber nada de conjugar el verbo COMPARTIR, porque dicen que lo de llegar a ricos les ha costado "demasiados sacrificios".
Bolsonaro, nuevo presidente de Brasil, persignándose | Ricardo Moraes / Reuters
Bolsonaro se ha impuesto en las elecciones de Brasil como en su día lo hizo Trump en EEUU: con un discurso de odio, elitista, xenófobo, machista… Nadie se lo tomaba en serio hasta que todo se volvió demasiado serio para bromas. Y entonces, fue tarde. Malos tiempos para Brasil.
A finales de 2015, el pueblo argentino votó al neoliberal Mauricio Macri y hoy llora desconsoladamente, con las calles y portales convertidos en hogar para una ingente cantidad de personas.
Tres años le han bastado a Macri para sumir a Argentina en la miseria mientras su patrimonio y el de quienes mueven sus hilos se encuentra a buen recaudo en dólares, lejos de la depreciación del tipo de cambio o de las imposiciones del FMI, que aún tiene sangre seca ensus fauces tras las escabechina de austeridad europea.
Lloran, lloran l@s herman@s argentin@s, incluso quienes votaron al neoliberal, porque saben que los tijeretazos que se avecinan aún traerán más hambre y pobredumbre.
Los buitres del FMI
Brasil llorará también y sí, también ese electorado blanco que se ha dejado encandilar por los cantos de sirena de Bolsonaro, esa clase media que nunca quiso enterararse de que una democracia moderna real es un sistema solidario, en el que los estratos más bajos de la sociedad han de ser los primeros beneficiaros de la bonanza, en el que "el reparto de la riqueza es la quintaesencia del bienestar".
Bolsonaro ha inoculado en ese veneno del ‘qué hay de lo mío’ y la izquierda destruyó el antídoto con una gestión política negligente salpicada por la corrupción.
Así las cosas, el ultraderechista ha sacado partido al racismo, el machismo y la violencia como máximos valores de sus programa. Como ha sucedido en otros países, el odio y la rabia se han impuesto a la cordura y la reflexión. Nada bueno se avista en el horizonte de un Brasil que puede sumergirse en una oleada de sangre sin precedentes.
Si algo ha demostrado este país en los últimos años es su capacidad de movilización de las personas para reclamar, luchar por lo que considera justo. ¿Cómo reprimirán Bolsonaro y su gabinete militar estas manifestaciones pacíficas? ¿Los aplastará antes incluso de que puedan alzar la mano?
¿Qué será de los millones de personas pobres en Brasil, de las mujeres, l@s homosexuales, l@s negr@s? ¿Qué será de Brasil?
Bolsonaro no ha salido de la nada; lleva años y años ahí, tratando de dar el zarpazo que al fin dio con ese 55% de los votos. Parecía que no llegaría nunca, como el pueblo argentino creyó por un momento que no volvería a entregar el país a los mercados. Se equivocaron ambos y es un aviso para quienes todavía andan confiados con el avance de la ultraderecha.
No la subestimen, tampoco la teman, porque hay valores de sobra para mantener el cordón sanitario que hasta ahora no ha logrado romper, pero esos valores sufrirán fatiga de materiales si no se nutren día a día. En suma, no den nada por hecho.
FUENTE: publico.es
Posos de anarquía
David Bollero
29/10/2018
Este ciudadano está totalmente de acuerdo con que "el reparto de la riqueza es la quientaesencia del bienestar". El problema reside en los que no quieren saber nada de conjugar el verbo COMPARTIR, porque dicen que lo de llegar a ricos les ha costado "demasiados sacrificios".
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29/10/18
CANDIDATO A DICTADOR
Jair Bolsonaro
“El fascismo ya no necesita ejércitos,
sólo medios de comunicación e iglesias.
En Brasil, Bolsonaro tiene las dos cosas”
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