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12/11/18

MINORÍA PELIGROSA

La única minoría peligrosa son los ricos (y sus siervos)


El avance del neofascismo y de las formaciones políticas autoritarias, el éxito de Trump, Bolsonaro o Salvini son consecuencia de la inseguridad y frustración que han originado los partidos del extremo centro neoliberales que han impuesto un largo período de políticas austeritarias para la mayoría social en el plano estatal siguiendo el dictado del FMI y una globalización económica internacional que ha conculcado los derechos y los intereses de los pueblos.

La Unión Europea y el Estado español no han sido una excepción, bien al contrario, son paradigmáticas en la disminución del gasto social, del sector público de la economía y de los derechos de la ciudadanía. Tras la crisis de 2007/2008 los ganadores en todo el mundo son los mismos que las provocaron, la oligarquía financiera y las multinacionales.

Trump - Bolsonaro - Salvini

Paradójicamente un representante del capital más parasitario como es Trump, logra erigirse en adalid contra el establishment con un discurso xenófobo y supremacista. Los nuevos zares de la extrema derecha en Francia, Italia, Polonia, Hungría y en nuestro país han desviado la rabia de un importante sector del pueblo contra extranjeros y minorías étnicas, contra emigrantes y mujeres.

Tanto en América como en Europa la extrema derecha asegura, de esa manera, los intereses de la oligarquía haciendo culpable de las desgracias a sectores sociales muy frágiles que difícilmente pueden defenderse y aún menos ser causantes de la situación.


Una jugada maestra para seguir aplicando políticas que aumentan la desigualdad social, el odio al diferente y la división en los pueblos. Los causantes de la crisis de una década de duración y los ganadores de la globalización pueden estar tranquilos, los políticos a su servicio, al igual que el ladrón de la fábula popular distrae a los viandantes gritando “al ladrón, al ladrón” señalando al desarrapado que pasaba por allí.

Desde hace varios años, vivimos una situación que se ha denominado como “crisis”. A veces, de tanto escuchar una palabra, la acabamos repitiendo y asumiendo sin pensar bien qué significa. “Crisis” tiene un significado concreto. Ha significado que millones de personas vivan condenadas al paro. Millones de personas que cada vez tienen que trabajar más por menos dinero.


Crisis son los alquileres cada vez más elevados, los servicios públicos más colapsados con aulas con más alumnos, médicos con consultas cada vez más saturadas, un transporte público cada vez más caro y menos eficiente.

Crisis son las pensiones de miseria para los que han tenido una vida de esfuerzo o las mujeres que cada vez sufren más para sostener la economía de su gente y las personas migrantes perseguidas simplemente por el hecho de ser pobres. Esa es, en lo concreto, la crisis para el 80% de la población. Somos los miembros de la clase trabajadora quienes sufrimos la crisis.

El "electroencefalograma" plano de la economía de los pobres

Sin embargo, hay una minoría privilegiada a la que no le ha ido mal. Una minoría parásita que, amparada por unas reglas del juego que siempre les favorecen, ha seguido haciendo negocios y ganando dinero a espuertas a costa del trabajo ajeno. Una minoría acaparadora que esquilma los recursos de todos para lucrarse y vivir en la opulencia más escandalosa. Sí, a los banqueros, a los ejecutivos, a las grandes empresas, les ha ido muy bien.

Se han aprovechado de la situación para saquear los servicios públicos, para bajar los salarios, para especular con la vivienda. Imponen un régimen de terror en los centros de trabajo: a quién protesta y se organiza, lo echan a la calle. Y tienen de su parte al conjunto de poderes del Estado, que lejos de ejercer un rol redistributivo, se dedican a legislar para proteger los intereses de los bancos.


El caso del poder judicial, con el Tribunal Supremo a la cabeza, no es sino una muestra más de que el Estado sigue siendo el consejo de administración de los ricos. Encima, ahora quieren enfrentarnos entre nosotros, en nuestros barrios y ciudades, en los lugares que queremos tanto: quieren dividirnos cuando son ellos los que nos hacen la vida difícil a todos.

Pero no podemos permitir que esta situación se normalice. La sociedad crea riqueza; pero somos los trabajadores y las trabajadoras quienes generamos esa riqueza. Muchas veces ni se nos paga un salario, como en el caso de las mujeres. Pero sin todo ese esfuerzo de los y las de abajo, la sociedad colapsaría.

El Estado sigue siendo el consejo de administración de los ricos

Hacernos preguntas nos obliga a cambiar las cosas: ¿Es justo que las grandes empresas y sus ejecutivos se estén embolsando millones mientras más del 50% de la gente tiene ingresos que van de los 0 a los 1200 euros? ¿Es justo que siga habiendo millones de pisos vacíos y sigan subiendo los alquileres y desahuciando  familias? Es evidente que no lo es y no basta con lamentarse. Hay que actuar. Y es que vivimos tiempos turbulentos.

El capitalismo en crisis ha desatado la emergencia de fuerzas reaccionarias que tratan de restaurar el orden. Un orden que nos ofrece dos opciones a la gente de abajo: o mantenernos en nuestro su sitio calladas mientras nos empobrecen o enfrentarnos entre nosotras para pelearnos por los restos de la miseria.


Y es que el discurso xenófobo y racista es el propio de quienes se han rendido y no quieren enfrentarse a los poderosos y prefieren enfrentarse a su vecino o vecina, a quien pueda ser más vulnerable. Los movimientos sociales y sus necesarias reivindicaciones de fiscalidad a quienes más tienen, de impedir la especulación con los alquileres, de dar derechos a los trabajadoras y autónomos son demandas valientes porque solo la valentía puede cambiar las cosas.

Pero no son tiempos para quedarse atrapadas en el shock, en la impotencia. Debemos combatir y señalar a los verdaderos responsables de esta situación de crisis, precariedad e inseguridad en la que se encuentra la clase trabajadora.


No debemos hacer ninguna concesión ante los discursos contra las personas migrantes, las mujeres, las LGTBI, ni tampoco contra los perseguidos por sus ideas políticas. Van contra nosotras y contra nuestras vecinas. Buscan mantener empobrecidas y divididas nuestras comunidades. Y lo hacen para mantener sus privilegios, seguir engordando sus beneficios.

Es preciso denunciar este estado de cosas, pero no basta con denunciar, es urgente construir las alternativas. Necesitamos representantes políticos que las defiendan, pero no basta con presentarse a las elecciones confiando todo a la representación, es necesario que la sociedad se organice y tome en sus manos la solución a los problemas.


Las clases subalternas, las gentes de abajo, deberán defenderse y pasar a la ofensiva activamente. Afortunadamente, en nuestros pueblos y barrios, en los centros docentes y en los de trabajo hay muchas personas que luchan cotidianamente contra la presión que impone este sistema.

Son la gente que trabaja en el movimiento feminista, en el movimiento de vivienda, en los sindicatos, en los movimientos vecinales y antirracistas. Esos son los mejores anticuerpos frente al auge de la xenofobia y el fascismo. Construir comunidades organizadas, contrapoderes reales que hagan frente a los que tienen todavía el poder (se presenten o no a las elecciones).


Es el momento de recuperar la convicción de que podemos transformar las cosas. Lo que implica que las clases subalternas se organicen para ello. Lo que supone identificar problemas, víctimas y culpables. Pero también se necesario disponer de un proyecto de sociedad y construir un programa que ofrezca alternativas reales de transformación. Alternativas radicales y de ruptura con este estado de cosas, aunque eso suponga una colisión frontal con el establishment: los poderes económicos y las instituciones de la gobernanza neoliberal.


Por eso Anticapitalistas ha decidido poner su granito de arena en una labor que afecta quienes quieren una sociedad justa y democrática para señalar, desde los barrios, aulas y empresas, a la única minoría peligrosa para el bienestar social: los ricos y los políticos a su servicio. También para presentar propuestas concretas frente a la escandalosa desigualdad vigente en la sociedad, lo que supone ir a la raíz de la misma y situar en el horizonte político la expropiación del poder económico para ponerlo al servicio de la mayoría repartiendo la riqueza.


No podemos dejarle el espacio en nuestros barrios a la extrema derecha ni confiar en que las superficiales y banales políticas “progresistas”, incapaces de plantar cara al poder, vayan a resolver nuestros problemas. No hay otra forma de resolver los problemas que una peligrosa y depredadora minoría ha generado que construyendo una fuerza social capaz de expropiar a los poderosos.

Es hora de decir: basta de discursos vacíos y de medias tintas; basta de permitir que el saqueo sin respuesta. Son necesarias nuevas ideas y propuestas capaces de alumbrar campañas y acciones con el objetivo hacer frente a los privilegiados y su poder económico, político, judicial y comunicativo.
Lo contrario es dejar el terreno libre para que el natural malestar que genera la desigualdad extrema lo ocupe el racismo, el machismo y el odio.


FUENTE: publico.es
Otras miradas
Paca Blanco, Jesús Rodríguez, María Lobo y Aziz Matrouch
Militantes de Anticapitalistas

5/9/14

SINVERGÜENZAS Y LADRONES

España está en manos de sinvergüenzas y ladrones
 Pujol and boys

Hace un par de años se publicó un libro titulado"Oligarquía financiera y poder político en España" (Arresta 2012) escrito por Manuel Puerto Ducet. A pesar de lo que pueda parecer por ese título, el autor no es un izquierdista ni un radical dirigente de Podemos empeñado en hundir la economía española a base de pedir justicia fiscal y democracia económica. Es un economista que trabajó como directivo en el banco que gestionaba inversiones vinculadas a fortunas tan singulares, según declara en el libro (p. 97), como las del rey Juan Carlos o las del teniente general golpista Miláns del Bosch.
 
Jaime Milans del Bosch y Juan Carlos I

El libro tiene lagunas, como seguramente sea lógico tratándose de una exposición más bien autobiográfica, y comete evidentes errores de apreciación (posiblemente por dejarse llevar por sus preferencias ideológicas a la hora de juzgar a las personas) como los que le llevan a considerar que Jordi Pujol es un ejemplo de honestidad. Pero, con independencia de ello, es un testimonio extraordinariamente útil para comprobar que el problema principal de la economía española es el enorme poder de un puñado de familias que la dominan condicionando a su favor todo tipo de decisiones económicas y políticas, y también para corroborar que ese poder se fraguó en la dictadura franquista. Prácticamente todos los apellidos que hoy día dominan los consejos de administración de las grandes empresas españolas son los que hicieron fortunas de la mano sangrienta del dictador, alguno de cuyos ex ministros (como Sánchez Bella, según el testimonio presencial de Puerto Ducet) “traficaba con oro, diamantes y piedras preciosas, con una impunidad alarmante y con una cartera de ilustres clientes que hacían cola en la antesala de su despacho” mientras que “a ningún comisario de policía se le hubiera ocurrido meter la mano allí” (pag. 110). O cuando los constructores que todavía siguen llenando de cemento nuestro territorio, o sus padres y abuelos, vendían a 175.000 pesetas viviendas que costaban 30.000 y que, encima, tenían una subvención del gobierno de 60.000 (pag. 37).

 
El libro es un testimonio de primera mano de cómo actúa el “Sanedrín financiero”, según la expresión del autor del libro, que maneja la economía española imponiendo siempre su voluntad al gobierno o al Banco de España, bajo la batuta todopoderosa de Emilio Botín, presidente del Banco de Santander y, según el autor de este libro, “de profesión impune” (pag. 17). Un  banquero de algunas de cuyas andanzas para dominar el sector financiero se da cuenta en el libro y que ha sido varias veces imputado por  causas como estafas, enriquecimiento ilícito, negligencia o mala praxis profesional (pag. 126). Y el libro tiene un especial interés precisamente porque su autor fue directivo de Banif, el banco de inversión vinculado al de Botín que protagonizó un auténtico corralito abusando de la confianza de sus clientes y produciéndoles grandes perjuicios económicos. Una estafa y un corralito posterior que, por cierto, nunca preocupó demasiado a quienes ahora se empeñan en asegurar que si un partido como Podemos sigue recolectando votos producirá el hundimiento del sistema financiero.

  Emilio Botín

Y en el libro se muestra además que las estafas y engaños de todo tipo que viene realizando esta oligarquía financiera se llevan a cabo no solo con la ayuda  permanente y más visible de una gran parte de la clase política sino también con la de intelectuales que dicen realizar análisis independientes y, sobre todo, con la de numerosos jueces y fiscales. Dice el autor, con razón, que “los departamentos de estudios y análisis de la mayoría de bancos y sociedades no solo se han transformado en coladeros de basura financiera, sino que actúan como departamentos de cosmética al servicio de estos subproductos” (pag. 67). Y cuenta el libro cómo en España puede ocurrir que Luis de Usera -que llegó a ser director general del Banco Hispano Americano- y su colega Antonio Morenés “se asociaran en la Agencia de Valores Usera & Morenés, falsificando centenares de firmas y utilizando sin su conocimiento los documentos de identidad de jornaleros gaditanos para hacerse con un paquete de acciones de Repsol (…) dos fedatarios públicos, como quien no quiere la cosa, montaron una estafa y sustrajeron la posibilidad de rentabilizar sus ahorros a medio millar de pequeños accionistas de la petrolera (…) con el paso del tiempo y cuando la alarma social se había diluido, un juicio de vergüenza y una condena de compromiso dieron carpetazo al asunto” (pag. 128). No en vano, como señala el propio autor de este libro, en España “las sentencias en firme falladas en contra de bancos y cajas no superan el 8% del total de querellas” (p. 194). Y, como es bien sabido, si acaso no hay más remedio que condenar a algún que otro delincuente financiero y de cuello blanco, el indulto vuelve las aguas de la corrupción a su cauce habitual.

 
Lo que cuenta este libro, como lo que estamos ahora conociendo sobre la fortuna de Pujol, no son hechos aislados, ni simples anécdotas. Este tipo de testimonios muestran que el poder oligárquico impone que los incentivos, la financiación, el orden institucional e incluso el discurrir de la vida política se dediquen por entero a alimentar sus negocios y no a la creación de riqueza y al mejor aprovechamiento de nuestros recursos o a la satisfacción de las necesidades del conjunto de la sociedad. Es la prueba palpable de que la oligarquía financiera es la responsable de la gran desigualdad que produce burbujas constantes, la debilidad de nuestra industria y la desertización de nuestro aparato productivo. Y lo que demuestra que mientras no se ponga coto a su poder, evitando que un puñado de viejas y parásitas familias decidan el porvenir y se queden con la hacienda de todos, no habrá manera de levantar de verdad nuestra economía.

FUENTE: publico.es
La tramoya
Juan Torres López
03/09/2014