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15/1/15

FASCISMO ELECTORAL

Syriza contra las sirenas

Ulysses and the Sirens (Herbert James Draper) 1909

“Divino Ulises, refrena el ardor de tu marcha para oír nuestro melifluo canto. Quien lo escucha, se va de aquí más sabio”.  

Homero, La Odisea.
 
Las elecciones europeas de 2014 ofrecieron señales de los cambios políticos que este año podrían tener lugar en Europa: Syriza ganó las elecciones en Grecia, Podemos horadó el tablero bipartidista español y en Irlanda el Sinn Féin logró un avance vertiginoso. Como contrapartida, el ascenso de las derechas racistas y antieuropeas, como UKIP en Inglaterra o el Frente Nacional en Francia, mostraron que el agotamiento de los modelos de acción política dominantes y la falta de alternativas ante la gestión de la crisis durante estos años pueden conducir al odio y la cerrazón.




Sin embargo, la irrupción del FMI en la actual campaña electoral griega suscita algunos interrogantes sobre el futuro de la democracia en Grecia y otros países europeos con citas electorales a corto plazo: ¿qué significado tendría para Grecia y Europa una victoria contundente de Syriza? ¿Puede hablarse de elecciones libres con una campaña en marcha de sabotaje y miedo? ¿Puede una alternativa radical de izquierda mantener su coherencia frente a la casta neoliberal global que la chantajea y desacredita?

Grecia sufre hoy uno de los envites más virulentos del “fascismo financiero” del que habla Boaventura Santos para referirse al gobierno indirecto de las corporaciones trasnacionales y los mercados financieros bajo la hegemonía del neoliberalismo. En connivencia con los gobiernos nacionales, el fascismo financiero viola las reglas elementales de la democracia y determina en buena medida las acciones del Estado y las decisiones parlamentarias para imponer su voluntad en las políticas públicas a través de instituciones como la UE, el FMI o el BM. La reciente suspensión del programa de rescate por parte del FMI ante la probable victoria electoral de Syriza ha situado a Grecia en el grado cero de la democracia, demostrando una vez más que la oligarquía sólo acepta el juego democrático cuando resulta ganadora.


El fascismo financiero tiene su correlato en las urnas. Es lo que en términos metafóricos puede llamarse fascismo electoral: un sistema de tipo parlamentario y representativo en el que, como ya apuntaba sin tapujos Adam Smith en 1762, “las leyes y el gobierno […] pueden ser considerados como una coalición de los ricos para oprimir a los pobres y preservar en su beneficio la desigualdad de bienes”. Se trata de un régimen electoral liberal normalizado aunque controlado por élites particulares que lo utilizan en su beneficio y en contra del poder popular. Hay partidos políticos, pero la mayoría operan como carteles electorales que representan los intereses del fascismo financiero; hay Parlamentos, pero funcionan como Consejos de Administración; hay elecciones (cuando no son suspendidas por Goldman Sachs) que se convierten en un simulacro del régimen para darse aires de legitimidad.


Las democracias del sur de Europa se han convertido de manera peligrosamente semejante en fascismos electorales: democracias privatizadas, democracias especuladas, democracias humilladas por el capitalismo y sus lacayos. En Italia, Renzi, que enarboló la bandera del cambio, pese a no haber pasado por las urnas, ha aumentado la precarización del trabajo con la Ley de Empleo. En Francia, Hollande ha tardado menos de un año en arrodillarse ante las exigencias de Merkel; en España, los gobiernos de Zapatero y Rajoy han impuesto recortes drásticos que han llevado al aumento alarmante de la pobreza y la desigualdad. En Portugal, el gabinete de Passos Coelho, visto como el buen alumno de la Troika, ha emprendido una ofensiva sin precedentes contra los derechos laborales, los salarios y los servicios públicos. En Grecia, tras la restitución de las elecciones parlamentarias en 2012, el gobierno de “salvación nacional” formado por la coalición entre Nueva Democracia y el PASOK, que durante la campaña electoral habían prometido parar las políticas de austeridad y renegociar el memorando de la Troika, no sólo no las ha frenado, sino que las ha acelerado.


Todo ello ha supuesto un ataque implacable al pueblo, a las Constituciones y a la democracia. En los últimos años, Grecia y el sur de Europa han asistido a la liquidación de las formas tradicionales de democracia liberal. En Grecia, los partidos del fascismo financiero han cedido la soberanía a la Troika, que chantajea al país amenazándole con cortar los préstamos si no aplica sus políticas. Entretanto, la Troika se llena los bolsillos con los intereses del préstamo. Además, el gobierno de coalición impone estas medidas a golpe de decretos ejecutados inmediatamente y votados por el Parlamento meses después de su aplicación.

La llegada al gobierno de Syriza supondría un impulso importante no sólo para la democracia griega, sino también para las luchas antineoliberales y anticapitalistas de Europa. Un gobierno Syriza sería el primero fuera del bipartidismo griego tradicional y el único (hasta el momento) en la zona euro abiertamente opuesto al régimen internacional de austeridad y a los proyectos de reestructuración neoliberal (privatización, desregulación, préstamos depredadores, etc.) responsables del genocidio social perpetrado en la periferia europea. Un programa serio de ruptura con la austeridad y el neoliberalismo podría abrir un curso anticapitalista en Europa. 


La ventana de la oportunidad histórica se ha abierto para que, en palabras de Walter Benjamin, por ella pueda colarse "la chispa de la esperanza” capaz de interrumpir el presente y reinventar el futuro. En este sentido, Syriza no sólo representa la aspiración de la sociedad griega a un cambio de dirección histórica y política, sino una esperanza colectiva para el continente. Y sobre todo, la esperanza de una parte importante de la izquierda europea sobre sus posibilidades y capacidades.

Si Syriza logra gobernar, la presión del fascismo financiero para desestabilizarlo y sustituirlo por un gobierno servil será enorme, por lo que deberá estar bien preparado, contar con el apoyo popular y estar dispuesto a luchar a contracorriente y hasta las últimas consecuencias. Syriza, como Ulises, tendrá que ser fuerte para mantenerse firme en el mástil de la nave y no dejarse arrastrar por los cantos de sirena de quienes no admiten su agenda radical.


FUENTE: publico.es
Antoni Aguiló

11 ene 2015

23/10/14

FASCISMO ELECTORAL:

Las venas abiertas de la democracia en "Caspaña"


Caspaña es un reino naranjero del sur de Europa donde la Virgen del Rocío intercede en la salida de la crisis (Fátima Báñez), los jóvenes emigran por su “impulso aventurero” (Marina del Corral) y princesitas de 8 años tienen derecho a sustanciosos sueldos públicos. Entre otros logros, tiene el mérito de pasear por el mundo una de las marcas europeas líderes en paro juvenil, fracaso escolar, hambre infantil y desahucios, así como de haber registrado el primer contagio por ébola fuera de África.

Caspaña tiene una historia reciente atravesada por dictaduras y cuartelazos. La cultura de la Transición enseña que entre 1977 y 1978 el país experimentó el tránsito a un régimen democrático, transformándose en una monarquía parlamentaria basada en la Constitución y la legitimidad ciudadana.
  
Carátula de la banda de punk-rock "Atrako A Mano Armada"
(Viene que ni pintada) 

Sin embargo, la memoria oficial de la Transición olvida que el régimen de 1978 estableció una continuidad renovada con el fascismo. Hubo continuidad en determinadas costumbres y formas de tomar decisiones que nos legaron un régimen que metafóricamente puede llamarse fascismo electoral: un sistema de democracia representativa normalizado con partidos políticos y elecciones formales pero controlado por élites políticas y económicas para impedir el poder popular y llevar a cabo políticas de masacre social favorables a sus intereses: destrucción de la sanidad pública, mercantilización de la educación, privatización de la justicia, etc.

El fascismo electoral reviste formas muy distintas, pero en la Caspaña actual sus principales expresiones son:

Democracia electoral de bajísima intensidad 


¿Por qué hasta hace poco el PP se empeñaba en convertir las elecciones municipales en un arma para liquidar el pluralismo político? ¿Cómo es posible que Susana Díaz gobierne en Andalucía sin el aval de las urnas?¿Por qué el PSOE, que reivindica sus “hondas raíces republicanas”, impide en sede parlamentaria un referéndum (ni siquiera consultivo) sobre la forma de Estado? La crisis ha dejado al descubierto la falsa democracia en la que vivimos: un régimen constitucional sin redistribución ni participación,  que suprime derechos, donde la mayoría de los electos representa los intereses de las élites que mandan en el país, represivo y saturado de corrupción.  Más de tres décadas de vigencia constitucional no sólo no han servido para garantizar derechos económicos y sociales esenciales como el trabajo, sino que además se han recortado y deteriorado.

Constitucionalismo desde arriba


La Transición nos legó una Constitución con una monarquía ligada a la dictadura y no sometida a la soberanía popular; con descendientes de las oligarquías franquistas y grupos afines en instituciones del Estado, consejos de Administración de grandes empresas, el poder judicial, etc.; con pactos de silencio para mantener cerradas viejas heridas históricas y no reconocer los horrores de la Guerra Civil; con un sistema político que contenía el germen de la degradación democrática que padecemos: representantes irrevocables, un sistema electoral tendente al bipartidismo, referéndums no vinculantes, rechazo del mandato imperativo, partidocracia, limitación de mecanismos de democracia directa, dogma de la “indisoluble unidad de la nación española”, etc.

Suspensión constitucional


En la práctica, el fascismo electoral ha creado, por una parte, zonas de suspensión constitucional convirtiendo el articulado social de la Carta en letra muerta y, por otra, zonas de hipertrofia constitucional en lo que se refiere a la soberanía de los mercados. La reforma exprés del artículo 135, pactada con nocturnidad por el PP y el PSOE, significó un nuevo impulso del sistema neoliberal y deudocrático imperante, así como la sustitución de un régimen representativo basado en elecciones libres por una democracia tutelada en la que ambos partidos se comprometieron a adoptar la política de recortes como norma suprema.

Tutelaje bipartidista


Éste, y no otro, es el verdadero escudo del país

El bipartidismo monárquico, que ha servido para fijar límites al progreso democrático y dar continuidad a los intereses del fascismo electoral, respondía a la aspiración franquista de que todo quedara “atado y bien atado”. El turnismo PP-PSOE ha permitido tutelar un sistema para el que votar cada cuatro años es suficiente para hablar de democracia, convirtiendo lo electoral en una cárcel bipartidista que genera la ilusión gatopardiana de votar para que todo siga igual. 

Las citas electorales de los próximos meses nos brindan una oportunidad histórica para combatir el fascismo electoral y sus expresiones. Desfascistizar la democracia quiere decir, en sentido amplio, situar la soberanía popular por encima de las fuerzas que desde tiempos remotos han gobernado el país: la oligarquía capitalista, la monarquía, el militarismo golpista y los altos estamentos eclesiásticos. Significa aprender la democracia más allá de las urnas, luchar contra su embrutecimiento diario, poner el campo institucional y electoral al servicio de las dinámicas de autoorganización popular y movilización social; y es, sobre todo, crear una cultura política que enfrente las nuevas formas de colonización, concentración de poderes y empobrecimiento con un programa audaz y renovado: democratizar, descolonizar y desmercantilizar.


FUENTE: publico.es
Opinión a fondo
Antoni Aguiló (Filósofo político y profesor del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra)
18 oct 2014

 


¡Ah! y no olviden aquella categórica frase de Amadeo Martínez Inglés*:

“La Transición española fue un paripé orquestado por el Ejército”




(*) Excoronel del ejército español, apartado del servicio activo tras haber pasado cinco meses en la prisión militar de Alcalá de Henares por sucesivas sanciones disciplinarias, iniciadas en noviembre de 1989 con un expediente por falta grave debido a sus declaraciones a diversos medios de comunicación, en las que se mostraba partidario de un ejército totalmente profesional.

Durante la Transición Española, ocupó varios cargos de importancia dentro del Ejército, tales como el de jefe de Movilización del Estado Mayor del Ejército y jefe del Estado Mayor de la Brigada de Infantería de Zaragoza, a la vez que fue profesor de Historia Militar en la Escuela de Oficiales del Estado Mayor.


Escritor también, aparte de historiador, es autor de libros tan interesantes y esclarecedores como:  "La transición vigilada", "23-F. El golpe que nunca existió" y "Juan Carlos I, el último Borbón" 

Datos tomados de la Wikipedia (la enciclopedia libre)

9/3/14

FASCISMO ELECTORAL

Fascismo electoral: la "democracia" que no se atreve a decir su verdadero nombre.



Antoni Aguiló
Filósofo político y profesor 
del Centro de Estudios Sociales
de la Universidad de Coímbra (Portugal)

Desde los años 90, analistas como Boaventura de Sousa Santos vienen denunciando la presencia creciente de un nuevo tipo de fascismo a consecuencia de la ofensiva neoliberal. Consiste en “una serie de procesos sociales a través de los que grandes segmentos de la población son expulsados o mantenidos irreversiblemente fuera de cualquier tipo de contrato social”. A diferencia del fascismo político de 1930 y 1940, el fascismo social no implanta un régimen de partido único que sacrifica la democracia representativa. Más bien se apropia de ella (e incluso la promueve) para chantajearla, comprarla, vaciarla de contenido y subordinarla a los dictados del capitalismo.

 Boaventura de Sousa Santos

Hablar metafóricamente de fascismo no es exagerado. Vivimos en “democracias” que, en lugar de construirse sobre la igualdad y legitimidad, lo hacen a costa de la igualdad y la legitimidad. En el contexto actual de radicalización neoliberal, el contrato social y democrático está roto. La democracia representativa funciona en una parte significativa del mundo como cadena de transmisión de valores antisociales (corrupción, elitismo, pobreza, represión, violencia, precariedad de lo público, entre otros) difundidos mediantes formas autoritarias y excluyentes de relación que cada vez afectan a más sectores de la población y se extienden a más ámbitos de la vida. El genocidio social que Europa vive es testigo de ello: gente que se suicida, gente que pierde sus casas, gente que pasa hambre, gente excluida de la sanidad, etc. El fascismo es la transformación deliberada de vidas humanas en material desechable. El neoliberalismo, en este sentido, es una forma de fascismo cuyo fin es deshumanizar, oprimir e incluso, como dice Pere Casaldàliga, “asesinar o hacer desaparecer” a sus víctimas y adversarios.

Pere Casaldàliga
 
Aunque Santos distingue varias formas de fascismo social, me permito introducir una variante complementaria: el fascismo electoral. Me refiero a la utilización interesada de los fundamentos institucionales del sistema político dominante (las elecciones partidarias competitivas) para pervertirlo y volverlo incapaz de servir al ejercicio del poder popular.

En sus Lecciones sobre jurisprudencia (curso 1762-63), Adam Smith ofrece sin reservas la hasta ahora mejor descripción del fascismo electoral:

“Las leyes y el gobierno, y esto es un hecho en todos los casos, pueden ser considerados como una coalición de los ricos para oprimir a los pobres y para preservar en su beneficio la desigualdad de bienes que, de otra forma, sería destruida por los ataques de los pobres. El gobierno y las leyes impiden al pobre hacerse con la riqueza por medios violentos que, de otro modo, emplearía contra los ricos”.
 
 Adam Smith

El fascismo electoral se expresa, por tanto, en el predominio de intereses plutocráticos, comerciales y bancarios sobre el Estado, las elecciones, los partidos y el resto de componentes de la institucionalidad liberal, usados como palanca para agudizar la brecha de las desigualdades y la exclusión. Pero el aparato del Estado no se encuentra bajo el control efectivo de un partido fascista, sino de las clases propietarias y del poder corporativo capitalista, que mediante financiación electoral, sobornos, donaciones ilegales, alianzas con los medios de comunicación y la dinámica de puertas giratorias (paso del sector público al privado o viceversa), entre otras estrategias, capturan el Estado y las instituciones internacionales para expandir su ideología y obtener privilegios. El campo político-electoral funciona, pues, como un instrumento de dominación clasista para establecer un Estado empresarial entregado al gobierno indirecto de las transnacionales y las entidades financieras, socavando la representatividad política y el sentido de las elecciones. Las instituciones “representativas” se vuelven, así, irrelevantes y las elecciones un falso ritual para entronizar a los “miembros de la clase dominante que han de representar y aplastar al pueblo en el Parlamento” (Carlos Marx). Allí donde opera el fascismo electoral, la ilegitimidad institucional es tal que la “democracia” representativa se vuelve un eslogan vacío: la gente vota, pero no decide; no vota a políticos, sino a funcionarios del capital; no se forman Parlamentos, sino Consejos de Administración. En estas condiciones, no resulta extraño que, para salvar la democracia, primero haya que salvarse de ella.

 
 Carlos Marx

No se trata de un fenómeno nuevo ni coyuntural. Las connotaciones fascistas de la democracia liberal siempre han marcado su historia con mayor o menor intensidad. Lo que ocurre es que hoy el neoliberalismo ha exacerbado estas connotaciones de manera obscena, sobre todo en el sur de Europa. La historia de la democracia representativa liberal es la historia de su apropiación y vaciamiento de sentido por las clases propietarias dominantes. La Revolución estadounidense fue llevada a cabo por acaudalados colonos blancos que no abolieron la esclavitud, ni garantizaron el voto a los varones sin bienes (y menos aún a las mujeres), ni renunciaron al genocidio de los indios. Los padres de la Revolución y artífices de la Constitución no eran partidarios de la democracia, sino de un gobierno aristocrático y antipopular. Por eso se preocuparon de introducir disposiciones legislativas que protegieran los intereses de comerciantes, dueños de esclavos y especuladores, evitando la distribución democrática de la riqueza y el poder político.


El fascismo electoral presenta, en su versión neoliberal, unos rasgos específicos que lo hacen identificable, entre ellos:

1) El poder de los no electos. 

Se trata del poder ilegítimo (en cuanto que no ha sido refrendado por mecanismos democráticos) e invisible (porque se sitúa fuera de los focos del poder formal) de quienes carecen de legitimidad de representación pero gozan de capacidad para imponer  decisiones (muchas veces con la connivencia de los electos) que afectan a la vida de las personas. Es el poder real de decisión de los mercados, élites empresariales, bancos centrales, organizaciones financieras internacionales, la Troika, agencias de calificación, etc.


2) Privatización de la democracia representativa

El caso de Grecia e Italia, donde se suspendió la democracia electoral para instaurar gobiernos tecnocráticos al margen de procesos electorales, es demostrativo del poder de los no electos. En Italia, donde ninguno de los tres últimos primeros ministros (Monti, Letta y Renzi) ha pasado por las urnas, el fascismo electoral ha alcanzado tintes dramáticos. La banalización de la política y las elecciones ha propiciado la privatización de la democracia parlamentaria, conduciendo a un escenario marcado por la pérdida de representatividad de las clases sociales y sus intereses, el desmantelamiento de derechos, el debilitamiento de la esfera pública, la sustitución de la política por el marketing electoral y la presencia en el seno de las instituciones de sociabilidades antipúblicas y antidemocráticas.
 

3) Desconstitucionalización.  

El fascismo electoral contemporáneo no necesita derogar formalmente las Constituciones vigentes, le basta con no aplicarlas o con ponerlas a disposición de los no electos para que las adapten a sus intereses particulares. La reciente abolición del sistema público de atención médica primaria en Grecia, que prepara el camino para su privatización, demuestra que el fascismo adopta por la vía parlamentaria formas nuevas, en este caso la de un apartheid sanitario legalizado.
 

4) Pseudobipartidismo. 

El fascismo electoral se sostiene sobre un sistema formado por dos partidos de masas mayoritarios (“las dos muletas turnantes” del gobierno, según la expresión de Unamuno) que, a pesar de estar cada uno socialmente deslegitimado, aún cuentan con la suficiente fuerza y fidelidad para someter la soberanía popular a la voluntad elitista que mutila derechos y arrasa la democracia. Mediante distintos mecanismos (pactos de gobernabilidad, bloqueo institucional, reformas constitucionales exprés, mentiras electorales, blindaje frente a demandas democráticas, etc.), el sistema asegura la transición ordenada entre partidos casi idénticos a merced de intereses antidemocráticos. Ello genera el espejismo de una libertad de voto que garantiza la continuidad del fascismo electoral, cuyos brazos parlamentarios actúan como una suerte de guardia pretoriana que, en la práctica, hace trizas el derecho a elegir real y efectivamente.
 

 5) Demofobia.

Durante siglos, democracia fue una palabra odiada por estar vinculada a las masas pobres e ignorantes, a las pasiones, la demagogia y la ingobernabilidad. Sin embargo, el miedo a la democracia sigue siendo una constante del fascismo electoral, pues no hay peor amenaza para las élites en el poder que la participación popular. Como lo pone de manifiesto el antidemocratismo de Bobbio, “nada hay más peligroso para la democracia que el exceso de democracia”.

Urge combatir el fascismo electoral y sus efectos. Para ello es necesario intensificar y articular las luchas institucionales y extrainstitucionales que apuntan a la construcción de democracias reales. Lo que estas luchas tienen en común, más allá de su diversidad, es el esfuerzo por democratizar la vida social, el poder económico y el poder político. Hoy, las luchas por la democracia real se libran en tres frentes complementarios: 1) luchas por una democracia representativa capaz de hacer de las urnas y de la representación política una conquista popular (leyes electorales proporcionales, democratización de los partidos, revocabilidad de cargos y funciones, rendición de cuentas, rotación y desprofesionalización, apertura a la participación de organizaciones no partidarias, entre otras medidas). 2) Luchas por una democracia participativa y deliberativa (referéndums vinculantes, ILP, presupuestos participativos, consejos sectoriales, plenos ciudadanos, democracia digital, etc.). Y 3) luchas por la complementariedad social e institucional entre formas de democracia radical (asamblearismo popular, organización desde abajo, autogestión, etc.) y otras modalidades de participación.


FUENTE: Público.es
Dominio Público
01 mar 2014



Un artículo magistral, que deberíamos leer todos los ciudadanos, sin excepción, para enterarnos de una puñetera vez de lo que vale un peine.