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7/4/18

...Y TIRO PORQUE ME TOCA

De la dictadura franquista a la dictadura de los jueces


En las postrimerías del fascismo nacionalista, católico y militar en España y de la vida de quien lo encarnó durante 40 años, el africanista Francisco Franco, que se mantuvo en el poder hasta el final “a Dios rogando y con las armas fusilando”, el grito por la amnistía y la libertad de todos los presos políticos, encarcelados por su común oposición al fascismo, resonó como un clamor coral de la ciudadanía social de todo el país, consciente de que debía suponer la “primera piedra” en la reconquista de las libertades democráticas. Cuarenta años después, durante los cuales las viejas estructuras de poder de la Dictadura perviven en el Régimen del 78, la ofensiva represiva y antidemocrática impulsada por el Gobierno de M. Rajoy contra el procès soberanista catalán en respuesta al referéndum del 1 de Octubre y a la posterior declaración del Parlament en favor de la Republica catalana, ha supuesto la implantación de un auténtico marco político de excepción en Catalunya, diseñado a conciencia, desde el principio, para desmantelar la capacidad de autogobierno de la Generalitat y, de paso, excluir al nacionalismo cívico catalán como opción política real.

En este proceso, las pasadas elecciones del 21 de Diciembre, pensadas para que ganara el “bloque del 155” (Ciudadanos, PSOE y PP) y a las que los partidos políticos soberanistas concurrieron con el veto previo del “tripartito” al cumplimiento de sus programas  en caso de obtener el respaldo mayoritario de la ciudadanía, han constituido una verdadera afrenta democrática. El Gobierno del PP, con M. Rajoy al frente, pretendía guardar las apariencias de una democracia liberal y dejó en evidencia su falta de cultura democrática. ¿Desde cuándo en democracia son válidas unas elecciones sólo si el resultado es favorable a quien las convoca?


Hasta el momento, el soberanismo catalán ha pagado con la prisión y el exilio de sus líderes más visibles la negligencia del Gobierno de M. Rajoy de no entender otro lenguaje que el del engaño y la mano dura, un arma de doble filo, y convertir un problema, que sólo puede resolverse de forma creativa en el ámbito de la política entre iguales, en un asunto judicial para, de esta forma, esconder sus responsabilidades tras el manto de la invocación eufemística a la independencia de los jueces en un  Estado de Derecho. ¡Pura hipocresía!

Sin duda, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Saez de Santamaría, debió ver cumplido su sueño de descabezar el “independentismo” catalán, explícitado por ella misma tras la destitución del Govern y la disolución del Parlament, con las detenciones añadidas del pasado 24 de Marzo de Jordi Turull, ex-candidato a la presidencia de  la Generalitat, Carmen Forcadell, expresidenta del Parlament, y los exconsellers Raül Romeva, Josep Rull y Dolors Bassa, fruto de los autos delirantes del juez Pablo Llarena, y, sobre todo, con el ingreso al día siguiente en una prisión alemana de  Carles Puigdemont, presidente legítimo de la Generalitat, detenido por el CNI, organismo dependiente de Vicepresidencia del Gobierno. ¡Caza de brujas!


Además, parece que los tiempos que se avecinan son de “suma y sigue”. En el momento de escribir estas líneas, aún está por ver, entre las numerosas causas judiciales aún abiertas, qué ocurre con el mayor de los Mossos d’Escuadra, Josep Lluis Trapero, o con los 712 alcaldes que fueron interrogados antes del 1 de octubre por su predisposición a ceder espacios municipales para el desarrollo del referéndum soberanista.

Lo que ocurre es que el Gobierno de M. Rajoy no está dispuesto a pagar el coste que le supondría reconocer la existencia, bajo su jurisdicción, de persecución política y, por tanto, de presos políticos, algo que contraviene los pactos y tratados internacionales sobre derechos humanos, y prefiere “quitarse el muerto de encima” delegando su responsabilidad política en los jueces, para que sean éstos los que se saquen de la chistera delitos, como el de sedición y rebelión,entre otros,  que permitan tratar a los encausados como presos comunes o como “políticos presos”, con objeto de legitimar la escalada represiva, pensada para conseguir la capitulación del soberanismo catalán y eliminar los puentes del diálogo político.


Es evidente que en esta situación de total asimetría entre quienes defienden el derecho a decidir sobre la autodeterminación de Catalunya y quienes los persiguen en los tribunales, todo llamamiento al diálogo como sustituto de la fuerza, como se plantea desde gran parte del progresismo, sin duda con buenas intenciones, supone, en la práctica, la concesión del privilegio de veto al Estado español. Quien usa la fuerza no tiene el más mínimo interés en dialogar, sino en mantener los privilegios articulados en torno al Estado unitario. Es evidente que frente a este prohibicionismo, la declaración unilateral de independencia era la vía más adecuada para equilibrar la correlación de fuerzas. Ahora, el protagonismo adquirido por los CDR (Comités de Defensa de la República) han situado el procès en una nueva fase de resistencia popular.

Todo ello obedece a un proceso histórico en el que el tránsito del legalismo franquista al reformismo democrático, cristalizado en el Régimen del 78, ha supuesto la conservación de prácticas totalitarias propias de la Dictadura en el sistema judicial que, bajo el mandato del PP, deriva hacia un auténtico “gobierno de los jueces” en la sombra. Y es, precisamente, este modelo de poder, en el que el ensañamiento político ocupa el lugar de la independencia judicial, el que deja las puertas abiertas a toda suerte de interpretaciones sesgadas, arbitrariedades y prevaricaciones para imponer la ley del más fuerte, bajo la falsa neutralidad del imperio de la ley. ¿Por qué hay que atribuir a los jueces el don de la infalibilidad cuando el acceso a la judicatura se obtiene, como en el resto de las profesiones, por concurso-oposición?


En este contexto, constituye un auténtico atropello a la democracia y a los derechos humanos que dirigentes políticos y sociales del soberanismo catalán se encuentren en prisión preventiva sin juicio por delitos que no cometieron. Sólo desde un contorsionismo jurídico que roza el esperpento puede equipararse la movilización popular pacífica en defensa del derecho a decidir en referéndum y la declaración de independencia aprobada por el Parlament, un acto de reafirmación política del veredicto de las urnas, una vez cerrada toda vía de diálogo por el Gobierno de M. Rajoy, con un “alzamiento tumultuoso” (sedición) o un “alzamiento violento” (rebelión), equiparándolo con un golpe de Estado contra la soberanía popular. Algo tan absurdo como como asociar la petición de divorcio de una mujer a un golpe de mano para imponer la soledad al cónyuge. En fin, el victimismo del verdugo.

Más allá del Gobierno de M. Rajoy, este cerco político-judicial al procès soberanista catalán está firmemente amparado en el cierre de filas de los aparatos del Estado, las cúpulas de los partidos autodefinidos como constitucionalistas, PP, PSOE y Ciudadanos, las élites empresariales del IBEX35 y las grandes plataformas mediáticas, donde campan a sus anchas los charlatanes de “la Caverna”,  en torno a un mensaje único. Según este discurso unidireccional, la “unidad de España”, eufemismo con el que se pretende confundir la unidad política y territorial del Estado con la unión entre españoles, es lo que prima por encima de las voces disidentes y críticas a este paradigma heredado de la Dictadura franquista.


Rajoy con los dueños del IBEX

Un auténtico complot, sin el más mínimo escrúpulo para articular un relato  difamatorio en el que la ausencia de ideas se suple con acusaciones disparatadas, como las que asocian el derecho a la autodeterminación a un delito, las que sacan a relucir comparaciones delirantes de Carles Puigdemont con Hitler y del soberanismo en su conjunto con el nazismo, cuando no con ETA, las que atribuyen a los colegios catalanes e institutos una maniobra preconcebida para inculcar el odio a España o las que vinculan la posibilidad de una Catalunya independiente al caos. Una afrenta al derecho de la ciudadanía a disponer de informaciones veraces.

Pero quizás, la acusación más recurrente contra el soberanismo catalán es aquella que lo asocia con el deseo de “romper España” sirviéndose para ello de un concepto vacío, de profundas resonancias franquistas: el separatismo. Es falso. ¿Desde cuándo la construcción de un Estado independiente, apoyado en la legítima aspiración de una comunidad que, mayoritariamente, se siente nación, a tener sus propias instituciones, su agencia tributaria o su selección de futbol, es un obstáculo para el entendimiento político y las relaciones fraternales entre los pueblos? ¿Por qué no lo explican sin recurrir a la vieja mística de la ley como algo que se mantiene inquebrantable por encima de la voluntad social? En realidad, el nacionalismo de estado español no tiene respuesta. La razón es que el rechazo al soberanismo cívico catalán no se basa en que éste pueda “romper España”. Más bien, lo que ocurre es que, sin el discurso del peligro de que España se rompa, las élites del nacionalismo español perderían su legitimidad y sus acciones coercitivas se verían como un latrocinio. ¡Pura manipulación!


Todo este conjunto de tergiversaciones, difamaciones y sanciones penales van más allá de la cuestión catalana y pone en cuestión los límites de una democracia en caída libre, desde hace una década, hacia un régimen oligárquico que se congratula, por boca de sus mandarines, de no perseguir a nadie “por sus ideas”, ¡estaría bueno!, pero que no permite que tales ideas, articuladas en proyectos políticos, se puedan implementar de manera efectiva en la realidad si chocan abiertamente con los intereses de las élites privilegiadas en el statu quo. Es algo sobre lo que deberían reflexionar las fuerzas progresistas que pretendan desarrollar políticas sociales o económicas en favor de los derechos de ciudadanía que, de verdad, transgredan los límites de lo que las élites consideran como sus intereses intocables. Estas élites no toleran “excesos democráticos”, ni en el terreno de los derechos sociales ni en el de los derechos nacionales, ambos totalmente conectados. En el cambio hacia un mundo mejor, la solidaridad se impone.

En este régimen, en el que las grandes corporaciones empresariales y financieras gobiernan la economía, el “gobierno de los jueces” se manifiesta de manera evidente en la evolución restrictiva de los derechos y libertades, con más vigilancia, más medidas sancionadoras, más intervenciones policiales abusivas y menos garantías judiciales, con el fin de controlar la discrepancia y castigar la disidencia de personas y colectivos progresistas. Y, mientras, la Dictadura franquista sigue impune, por obra y gracia de un Gobierno de ineptos e hipócritas.


Volviendo a la cuestión catalana: La razón ha de imponerse sobre el tufo a naftalina política. Y es la razón, asentada en la libertad de pensamiento y el análisis objetivo o, al menos, objetivable de la realidad, la que permite concluir que los dirigentes soberanistas catalanes que abandonaron Catalunya son exiliados políticos, que los dirigentes catalanes presos, a quienes se ha expoliado sus derechos políticos al estar en prisión preventiva sin juicio por delitos que no han cometido, son presos políticos. 

En un país con un pasado dictatorial de 40 años, donde los derechos humanos, entre ellos los derechos nacionales, fueron sistemáticamente mancillados, debería haber una reacción contundente, en particular de las fuerzas progresistas, reclamando la libertad de los presos políticos, la vuelta de las personas exiliadas y la anulación de todos los procedimientos judiciales en marcha contra el soberanismo catalán dentro de un proyecto solidario de recuperación de la salud democrática en todo el país. ¡Sin miedo!


Desde alicante, un abrazo fraternal a  la ciudadanía catalana que ha abierto tantos puentes a la democracia en España. También, por extensión, a todos/as los que han sufrido este intolerable gobierno judicial.



NOTAS

Algunos datos sobre la politización del Poder Judicial:
  • La clave del procès soberanista catalán está en la impugnación en 2010 por el Tribunal Constitucional, a instancias del Partido Popular, del Estatuto de Catalunya de 2006, aprobado por los parlamentos catalán y español y refrendado por el 74% de los votantes de Catalunya.
  • Aprovechando su mayoría absoluta en las Cortes, el Gobierno de M. Rajoy reformó la ley para otorgar al Tribunal Constitucional competencias sancionadoras propias del poder ejecutivo, como la suspensión en sus funciones de los cargos que rehusaran cumplir sus sentencias. El objetivo real:  dinamitar el procès soberanista.
  • El órgano de gobierno de todos los jueces es el Consejo General del Poder Judicial. Tiene 21 miembros. Pero ninguno de ellos lo eligen los jueces. Todos sin excepción, son nombrados por el Congreso y el Senado, en la práctica, por los dos grandes partidos, PP y el PSOE. El control del Consejo permite controlar también los nombramientos, entre otros, de los magistrados del Tribunal Supremo o los presidentes de los tribunales superiores de Justicia.

Nada como las propias palabras del rey emérito Juan Carlos I en una entrevista a una televisión francesa en la que desveló el encargo que Franco le hiciera, “cogiéndole la mano” en el lecho de muerte: “Alteza, lo único que le pido es que preserve la unidad de España”.

Parece mentira. Quienes han desatado esta “cruzada” no tienen el más mínimo rubor en utilizar la figura del “preso político” en otro país, léase Venezuela, como arma arrojadiza para desacreditar a los adversarios políticos. Y, en 2006, el Gobierno de M. Rajoy recogió firmas por todo el Estado en favor de un referéndum contrario a la ley constitucional. ¿Se puede ser más cutre?



El extremo interés de Franco por preservar la unidad de España deviene en que "los suyos" no perdieran el control por mucho barniz democrático que se utilizara. De ahí lo de "atado y bien atado".

2/12/17

LA CUESTIÓN MONÁRQUICA

Con el 155, la cuestión monárquica

El rey Felipe VI avalando la aplicación del Artículo 155

Es bastante sintomática la respuesta política que acaba de dar Juan Luis Cebrián, intelectual orgánico del Régimen del 78, a la pregunta formulada por la revista Vanity Fair, en su número de diciembre: ¿Qué opina del papel del Rey Felipe VI en la crisis catalana?. Tras recordar que la monarquía en el siglo XXI sólo tiene sentido si es útil, precisa,  “su padre se ganó el puesto en la noche del 23-F, y en este país todavía hay que ganarse el puesto”, como si el periodista pensara que el hijo había desperdiciado la noche del 4 de octubre, encabezando la aplicación del 155 a Cataluña, el capital político ganado entonces por  Juan Carlos. Pero como tenemos claro que Cebrián, recién defenestrado del principal lobby mediático del bipartidismo dinástico, no piensa así, cabe interrogarse acerca de las concretas razones que parecen hacerle dudar sobre la utilidad de la figura del Rey.


Es un hecho que en las urnas catalanas del 21-D subyace la cuestión monárquica permanentemente aplazada desde la lejana muerte del general Franco. No se plantea en estas elecciones un referéndum sobre monarquía o república, como el que en 1947 celebraron los italianos ajustando así cuentas con los Saboya que habían apoyado la dictadura fascista de Mussolini, pero, objetivamente la batalla electoral enfrenta a tres partidos monárquicos contra cuatro republicanos. Desde las elecciones municipales de 1931 no ocurría nada semejante. Es evidente, que si el actual Jefe del Estado no se hubiera ajustado el gorro brumario de Napoleón Bonaparte capitaneando la ofensiva represiva contra el desafío político de la Generalitat y tomando partido por el gobierno de Rajoy, esto no sucedería. Desde el mismo momento en que optó por abandonar su necesaria función arbitral y decidió ser juez y parte, entró, volens nolens, en la contienda electoral.


Si la reforma del artículo 135 de la Constitución, que subordina el gasto social al pago de la deuda con la banca alemana, pudieron realizarla Rajoy y Zapatero de espaldas a  los ciudadanos, que en ningún momento tuvieron la oportunidad de pronunciarse; en cambio, ahora, Rajoy, Sánchez y Rivera con la aplicación del artículo 155 a Cataluña no pueden reeditar esta misma operación, puesto que los catalanes van a aprobarlo o rechazarlo con su voto. Solucionar las graves crisis sociales y territoriales con la represión, desde el “cueste lo que le cueste” a los de abajo, es la peor traducción de un despotismo bipartidista no muy ilustrado, por no decir que nada dado el perfil intelectual de la Moncloa y Ferraz. Grave es que la Constitución se defina hoy por esos malditos 155 y 135, corsés de hierro para la soberanía popular, pero mucho peor es que la Monarquía se sustente en esos dos artículos, cuestionados por millones de progresistas y nacionalistas.


Lamentablemente, el caos interno que preside al trío dinástico, Rajoy, Sánchez y Rivera, empuja al Rey en la misma dirección. La creciente podredumbre del PP, la insoportable levedad del ser del PSOE que siempre gira como una veleta según el viento de la diestra, y el aventurerismo de CS, con el nacionalpopulismo como bandera, tiende a reforzar al Jefe del Estado en el papel de líder de la derecha que en muy mala hora, las 9 de la noche del 4 de octubre, decidió asumir. Tanto es así que el aparato de Estado, sobre todo el afincado en Justicia e Interior, da señales inequívocas de pasar de la partitocracia interpretando según su visión corporativista el interés de Estado. El estado de la cuestión es cada vez más, empleando la terminología de Vázquez Montalbán, una cuestión de Estado. El nombramiento del Fiscal General Sánchez Melgar, desautorizado anteriormemte por los tribunales de la Unión Europea, refleja este rompecabezas estatal.


Un político moderado e inteligente como Ortúzar, presidente del PNB, lo acaba de resumir en las dos condiciones que establece para poder plantearse votar a favor de los Presupuestos Generales de Montoro: la liberación de los presos políticos catalanes y el fin de la aplicación del 155 a la sociedad catalana. De no producirse estos dos necesarios gestos políticos, el Rey se verá cada vez más empujado a ser el monarca de la derecha, tal como lo lleva siendo desde el pasado discurso del 4 de octubre. Si se estanca la crisis catalana, si se mantiene el estado de excepción y se polariza la grave crisis social, como consecuencia de los nuevos anunciados recortes sociales en sanidad, educación y pensiones, la suma de la crisis del bipartidismo añadida a la crisis del Gobierno de Rajoy y de la muy leal oposición de Sánchez al Gobierno de su Majestad, se agudizaría la crisis de la Monarquía.


Sería un proceso tan imparable como irresistible si la involución, protagonizada por la derecha, no es frenada por las fuerzas de progreso. Si se involuciona hacia la etapa preconstitucional, desde la muerte del dictador a la II Restauración de los Borbones, nada más coherente que el retorno a la Monarquía preconstitucional en la que el interés de Estado se confundiría con los de los partidos dinásticos y los del turno rotatorio de gobiernos.


Si, finalmente, fuese así, este conjunto de crisis que hoy comienza a estallar en España desembocaría en esa interrogante sobre la utilidad del Rey que empieza a plantearse hasta alguien tan poco sospechoso de antimonárquico como lo es Juan Luis Cebrián. Estallaría entonces la cuestión monárquica en un país como España en que, tanto la derecha como la izquierda, ha sido históricamente accidentalista sobre la forma del Estado.

Juan Luis Cebrián

FUENTE: publico.es
El desconcierto
Fernando López Agudín
28/11/2017

Vengo a razonar que la monarquía es una antigualla, una reliquia del pasado que, en pleno siglo XXI, ya no debería existir, pero... "doctores tiene la Iglesia".

Decía mi abuelo Juan que los únicos reyes buenos eran los Reyes Magos (cita ya referenciada en mi entrada de fecha 06/01/2011). Y yo, desde las postrimerías de mi infancia pregunté:

- ¿Porque traen regalos?

- ¡No, coño!... ¡¡¡Porque no existen!!!


24/11/17

LA RELIGIÓN DEL 155


Se equivocaron quienes algún día creyeron que España era el país más autonómico de Europa e incluso del mundo. Esos ingenuos no leyeron bien la Constitución de 1978 (en adelante, C78) y, fruto de su desidia, no se dieron cuenta de que la C78 consagra una monarquía centralista. Para cerciorarse de esta triste realidad, no es necesario ser un constitucionalista profesional: basta con observar que toda la organización territorial del Estado (Título VIII) y, dentro de éste Título, toda la parrafada sobre las Comunidades Autónomas (Capítulo Tercero), penden de un hilo: el hoy famoso artículo 155 (*).

El 155 es la espada de Damocles que puede caer sobre cualquier autonomía cuando le apetezca al Gobierno de turno. Y ello porque los Padres de la Patria Neofranquista redactaron una C78 que, bajo una alfombrilla de alhelíes autonómicos, escondía una bomba nuclear.
Para demostrar que aquella modernidad de las autonomías les importaba un bledo, maquinaron que era suficiente asesinarlas con el mentado 155. ¿Para qué gastar saliva si el centralismo podía garantizarse con sólo 103 palabras?


Sin embargo, existía el peligro de que el progreso legislativo desactivara la bomba de los 155 neutrones pues, como parecía de obligado cumplimiento, los angelicales artículos de la C78 debían ser desarrollados mediante sus correspondientes Leyes Orgánicas y éstas desarrolladas en leyes sucesivas de inferior rango, etc. Solución secreta: para garantizar la absoluta impunidad del Gobierno era imprescindible que el 155 nunca fuera desarrollado por ninguna Ley Orgánica.



En efecto, llevamos 40 años en los que han proliferado las leyes -100.000 según algunos cálculos- e incluso se han promulgado ochenta y seis (86) Leyes Orgánicas pero, ¡oh, casualidad!, ninguna de ellas ha tocado el 155. Resultado: la redacción del 155, un prodigio de vaguedad e inseguridad, permite al Ejecutivo aplicarlo a voluntad –o sea, según su real gana-.

Por ello, perdemos el tiempo discutiendo si su aplicación contra Catalunya ha sido, es o será dura, blanda o mediopensionista. El 155 lo permite todo y nada por lo que sólo cabe preguntarse hasta dónde podrá llegar el Gobierno Central agitando ese chantajista espantajo. En este sentido, es evidente que su ejecución –nunca mejor dicho- comenzó hace semanas, cuando se amputó la autonomía financiera de los catalanes y Catalunya fue invadida por un contingente extraordinario de “las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado”.


Ahora bien, aunque el 155 se esté ejecutando desde antes que se hiciera famoso este 666 posmoderno, la interrogante se mantiene: ¿hasta dónde quiere llegar el PP-PSOE-C’s? Obviamente, la intención de esta Tríada es reducir la Generalitat a una peña decorativa como fueron los Coros y Danzas regionales del franquismo para, una vez consumado el expolio, extender el estacazo al resto de España. No necesariamente a sus otras autonomías –aunque también- sino a algo mucho más siniestro pues se encamina a suprimir los Derechos de todos los súbditos españoles.



Como se escribe en los medios no subvencionados, lo de Catalunya sólo es la primera fase del experimento que ya está perpetrando Macron: la implantación en Europa de un libertarianismo, neoliberalismo integrista o yihad occidental que privatice la gestión del dinero público y destruya el contrato social que subyacía al Estado del Bienestar. Macron y su mono de imitación español han calculado, “si Catalunya cae, caerá el resto de Europa”.

Naturalmente, la Tríada del Mal llegará en Catalunya hasta donde se estrelle contra la resistencia efectiva del pueblo catalán. Mientras eso sucede y para que esa resistencia pueda ser más racional y más efectiva, creo que no estorba subrayar el perfil religioso que ha adquirido el 155. Para esta tarea estarían más facultados algunos de los muy católicos líderes indepes pero, ya que atienden a problemas más mundanos, alguien lo tenía que abordar.


Por varias razones, el 155 es un fenómeno religioso: de su Santo Advenimiento apenas se recuerda que ocurrió hace muchos años pero nada sabemos de sus arcángeles anunciadores. Intuimos que ha pasado 40 años congelado en la carpintería de Zarzuela-La Moncloa pero, ¿por qué lo ocultaba su Santa Madre, la C78? En su irrupción en la vida pública, sospechamos que Catalunya ha ejercido un papel decisivo que bien pudiera ser el de San Juan Bautista, sobre todo porque el Precursor fue decapitado.



Por si las referencias cristianas fueran débiles, el 155 es religioso puesto que es omnipotente, ubicuo y hasta omnisciente -sólo Él conoce la criminosidad que albergan las almas indepes-. Además, nadie sabe cómo, cuándo -y, especialmente, hasta cuándo- se puede ejecutar. Por ende, es una entelequia inmaterial y, desde luego, atemporal. Lo más concreto que ha proferido el Gobierno es una repetición de aquel Requerimiento del año 1500: “os haremos guerra y os sujetaremos al yugo de la Monarquía y de vuestras mujeres e hijos haremos esclavos. Y las muertes y daños que de ello se siguiesen sea a vuestra culpa” –efectivamente, ya van dos esclavizados presos-.

Sin embargo, todos hablamos del 155 como si fuera una norma concreta cuando, no sólo por no haber sido desarrollado por ninguna Ley Orgánica sino también por su congénita indefinición y por no contener ninguna excepción o transgresión, carece de toda normatividad. Por ello, es aberrante analizarlo desde la óptica jurídica. Y, por ello mismo, la Tríada lo idolatra, especialmente C’s quien, gracias a Él, ya está viendo a su jerezana preferida sentada en el trono periférico. Por su parte, los tertulianos adoran la libertad para desbarrar que les ofrece su arbitrariedad. Y el Gobierno aborrece de la necesaria Ley Orgánica mientras lo agita como si fuera lo que aparenta: el Ángel Caído de la C78, el Luzbel terrorista de la posmodernidad.


En resumen, el 155 no existe. Es el Leviatán de los políticos y la Bicha del vulgo que sirve de precaria excusa jurídica para justificar la represión.
Es un fraudulento as en la manga que surge de repente, tal y como suelen manifestarse los zombies religiosos. Lástima que los escépticos no creamos en tahúres ni en supersticiones.


(*) 1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general. 2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas (Constitución de 1978; Título VIII. De la Organización Territorial del Estado; Capítulo Tercero. De las Comunidades Autónomas; artº 155)
FUENTE: publico.es
Verdad, Justicia, Reparación
Por Antonio Pérez, miembro de La Comuna.
12 Nov 2017