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7/1/19

KATHI WEEKS / TEÓRICA FEMINISTA

“La explotación es el elemento vital del capitalismo”

<p>Kathi Weeks</p>
Kathi Weeks

En esta entrevista (agosto, 2017), la feminista marxista Kathi Weeks explica las relaciones entre la política anti-trabajo y la lucha contra el patriarcado analizando las identidades y jerarquías de género y su tendencia a destacar la división de género del trabajo como máquina para la reproducción de la diferencia de género y la desigualdad.

Eres marxista, ¿no? ¿Cómo ha dado forma el marxismo a tu trabajo?

Sí, me considero una marxista, entre otras afiliaciones intelectuales y políticas. Me he sentido atraída por el marxismo por su compromiso e innumerables herramientas para comprender el funcionamiento de las economías capitalistas y las formaciones sociales.



Tal vez, más que nada, estoy interesada en aquellas versiones del marxismo que se centran en el trabajo, y específicamente en la experiencia de los trabajadores en el trabajo: sus ritmos, organización, relaciones de poder, placeres y dolores, como punto de partida del estudio de las sociedades capitalistas. Entonces, para mí, el marxismo ha sido muy valioso como un lugar común para explorar el estudio crítico del trabajo.

Como feminista marxista, mi análisis de las identidades y jerarquías de género tiende a destacar la división de género del trabajo como una poderosa máquina para la reproducción de la diferencia de género y la desigualdad. No es el único motor del sistema de género, pero creo que la división de género en el cuidado de niños y el cuidado de los ancianos es una fuente particularmente potente de nuestras ideas y sentimientos sobre el género y sobre las ideologías e instituciones de género.

¿Cómo definirías el feminismo marxista en 2017? ¿Cuáles son las ideas estratégicas básicas que cree que deberían seguir los movimientos, particularmente en la era del neoliberalismo global?


Buena pregunta. Como una forma de tratar de responderlas, permítanme ofrecer una distinción burda pero útil entre dos períodos de la obra del feminismo marxista, uno pasado y otro presente.

Primero el pasado. En la década de 1970, las feministas marxistas angloamericanas se enfocaron en mapear la relación entre dos sistemas de dominación: el capitalismo y el patriarcado. Se podría caracterizar esta fase como el intento de llevar una crítica marxista del trabajo al campo del trabajo doméstico y las relaciones familiares de producción.

Al examinar el trabajo de cuidado doméstico, el trabajo doméstico, el trabajo de consumo y el trabajo de creación de comunidad como formas de trabajo reproductivo de las que depende el trabajo productivo más estrechamente concebido, y ver al hogar como un lugar de trabajo y la familia como un régimen que organiza, distribuye y gestiona ese trabajo, las feministas marxistas avanzaron un largo camino hacia la desmitificación de las llamadas prácticas, relaciones e instituciones "privadas". Por un lado, estaban preocupadas por la pregunta teórica de cómo entender la relación entre capitalismo y patriarcado: ¿se concebían mejor como dos sistemas relacionados o como un sistema totalmente entrelazado? Por otro lado, también se centraron en la cuestión práctica estrechamente relacionada de las alianzas: ¿deberían los grupos feministas ser autónomos o estar integrados con otros movimientos anticapitalistas (y a menudo antifeministas)? 



Capitalismo y patriarcado: ¿se concebían mejor como dos sistemas relacionados o como un sistema totalmente entrelazado?

Hoy nos encontramos en una situación diferente que ofrece nuevas posibilidades para la relación entre marxismo y feminismo. Mientras que las feministas de la década de 1970 lucharon por llevar una analítica marxista adaptada al estudio del trabajo asalariado a un tipo muy diferente de práctica laboral no remunerada que no se había considerado parte de la producción capitalista, hoy creo que para captar nuevas formas de trabajo asalariado necesitamos recurrir a los análisis feministas más antiguos del "trabajo de mujeres", tanto asalariado como no remunerado.

Algunos describen el momento presente en términos de "feminización del trabajo". No es mi término favorito, pero lo que entiendo es una manera de describir cómo en las economías neoliberales posfordistas, cada vez más empleos asalariados se asemejan a formas tradicionales del trabajo doméstico feminizado. Esto es particularmente evidente en el aumento de formas precarias de empleo asalariado, a tiempo parcial, informal e inseguro, y en el crecimiento de empleos en el sector de servicios que aprovechan las capacidades emocionales, de atención y de comunicación de las trabajadoras, capacidades que están infravaloradas y resultan difíciles de medir.



Para enfrentar este panorama cambiante del trabajo, en lugar de utilizar una analítica marxista no reconstruida para estudiar las formas no remuneradas de trabajo doméstico, hoy necesitamos recurrir a los análisis feministas marxistas de las formas generizadas tanto del trabajo remunerado como del no remunerado por sus ideas sobre cómo se explotan Y cómo se experimentan. La implicación práctica de esto es que, si queremos comprender y resistir las formas contemporáneas de explotación, los marxistas ya no pueden permanecer ignorantes o separados de las teorías y prácticas feministas. Como yo lo veo, la teoría feminista ya no es opcional para la crítica marxista.

En numerosas publicaciones te refieres al concepto de rechazo del trabajo. ¿Piensas que este concepto tiene algo que ofrecernos política o analíticamente?

Tomo prestado el concepto de la tradición del marxismo autonomista. Como yo lo entiendo, el rechazo del trabajo está dirigido contra el sistema de (re)producción organizado alrededor, pero no limitado a, el sistema salarial. Hay tres puntos que vale la pena destacar aquí. Una es que la negativa se dirige no a este o ese trabajo, sino al sistema más amplio de cooperación económica que está diseñado para producir acumulación de capital para los pocos y el trabajo remunerado que se supone debe apoyar al resto de nosotros.



En segundo lugar, esta noción de rechazo no privilegia ninguna forma específica de respuesta, como el paro laboral, sino que designa una aspiración a enarbolar una crítica radical del trabajo que podría incluir una lista mucho más larga de posturas y acciones posibles. Finalmente, también describiría el rechazo del trabajo como un proyecto político colectivo a lo largo del tiempo en lugar de un mandato ético individual. El objetivo es transformar las instituciones e ideologías que nos atan al mundo del trabajo existente, asalariado y no asalariado, que requiere la organización política de las colectividades. La mayoría de los individuos como tales no pueden simplemente alejarse del empleo, por lo que no es eso de lo que estamos hablando.

Pienso que el rechazo del trabajo es políticamente importante porque creo que el trabajo y las relaciones de (re)producción son sitios profundamente significativos de conciencia política y contestación. El sistema salarial no está funcionando para casi todos. La mayoría de nosotros tenemos problemas con el trabajo.

Dependiendo de dónde estemos ubicados, esto incluye todo, desde el exceso de trabajo hasta el desempleo y el subempleo, incluso si se experimentan de manera muy diferente en los sectores más privilegiados y en los sectores menos privilegiados de la economía. Es en nuestra relación con el trabajo (concebido ampliamente para incluir también la experiencia de formas no remuneradas y de ser excluido de una relación laboral en una sociedad que la prescribe) donde es más probable que desarrollemos una perspectiva crítica sobre el capitalismo y que formulemos demandas de cambio.


¿Cómo cree que el rechazo del trabajo puede ser útil en relación con el trabajo de las mujeres? ¿Podría esta negativa ser una de las tácticas del movimiento feminista actual?

Sí, creo que el rechazo del trabajo ofrece a las feministas una línea de análisis crítico y agenda de la práctica política de vital importancia. Para entender por qué este es el caso, necesitamos revisar nuestro modelo de economías capitalistas. El sistema de salarios que sigue siendo el mecanismo clave de la supervivencia económica depende de una segunda institución, a saber, la familia privatizada que sirve como el lugar principal para el trabajo reproductivo necesario para reproducir a los trabajadores de manera diaria y generacional.

Por tanto, el sistema de salario-y-familia incluye los sistemas mayores de la producción organizada en torno al trabajo asalariado y de la reproducción organizada en torno al hogar y sostenida por la institución de la familia como vía principal por la cual la mayoría de nosotras somos reclutadas en estas típicas relaciones de reproducción no asalariadas y generizadas. Entonces, como las feministas han argumentado durante mucho tiempo, necesitamos un mapeo más amplio de un sistema económico capitalista que pueda dar cuenta de todo el trabajo, tanto asalariado como no asalariado, que está involucrado en el mantenimiento de ese sistema.

El sistema de salarios que sigue siendo el mecanismo clave de la supervivencia económica depende de una segunda institución: la familia privatizada
La pregunta sigue siendo, entonces, qué podría significar "rechazar" el trabajo de reproducción social tal como está actualmente organizado y dividido. Como han aprendido las feministas, rechazar el trabajo doméstico es un proyecto mucho más difícil con efectos potencialmente de mayor alcance. En mi opinión, el rechazo del trabajo en este terreno implica, como mínimo, la crítica de la familia como el eje institucional de las relaciones sociales del trabajo reproductivo doméstico y la ética familiar como su apoyo ideológico. Como máximo, significa confrontar a toda la organización del trabajo y de la vida.

Esta es una de las muchas razones por las que he estado tan interesada en la literatura de 1970 sobre la remuneración del trabajo doméstico. Lo que intentaron estas teóricas y activistas es lo que veo como una de las maniobras más difíciles del feminismo marxista: hacer visible el trabajo doméstico como trabajo y parte del proceso de valorización, pero al mismo tiempo, insistir en que no es algo que celebrar o reverenciar. Esto es algo muy difícil de hacer: obtener su reconocimiento como trabajo socialmente necesario (que requiere, por ejemplo, más tiempo libre para realizar el trabajo asalariado), pero no sobrevalorarlo como tal, insistir más bien en su desmitificación, desromantización, desprivatización, desindividualización y, por supuesto, desgenerizado. Como trabajo, también es algo contra lo que luchar en la medida en que implica la vida entera.


A mi modo de ver, esto significa luchar contra, por nombrar solo un par de cosas, la división de género de este trabajo, las terribles condiciones del trabajo doméstico asalariado, así como formas de intensificación del trabajo como la ideología de la maternidad intensiva. También implica la invención de nuevas formas de organizar y compartir el trabajo y de hacerlo significativo.

En tu estudio, The problem with work, presentas un argumento sólido a favor de la Renta Básica Universal. Ahora parece que hay un número creciente de ensayos y reflexiones de izquierda que afirman que los proyectos de renta básica no son intrínsecamente de izquierdas y en realidad son consistentes con la lógica y reestructuración neoliberal (básicamente, arrojar dinero a un problema en lugar de proporcionar cualquier tipo de solución infraestructural). ¿Tiene alguna otra idea con respecto a la Renta Básica Universal, particularmente a la luz de estas nuevas críticas de izquierda y el aumento de la popularidad del concepto entre los conservadores?

Interpreto el creciente interés en una renta básica en todo el espectro político como un desarrollo positivo. Así es como lo veo: la demanda de Renta Básica es, según los términos de la demanda, una demanda de izquierda. Sin embargo, la política de la demanda no es, en ningún caso, sencilla. El hecho de que pueda o no mejorar las vidas de amplias capas de trabajadores depende de varios aspectos específicos, el más importante, del nivel de ingresos que se proporciona. Si es demasiado bajo, se corre el riesgo de subvencionar aún más a los empleadores de bajos salarios ofreciendo a sus trabajadores un complemento salarial.


La demanda que apoyo va dirigida a un ingreso vital vivible que, en la medida en que permite a los trabajadores optar por el trabajo asalariado, incluso temporalmente, obligaría a esos empleadores a ofrecer mejores salarios y condiciones. Dicho esto, la política en torno a esto es, en el mejor de los casos, complicada, ya que no es improbable que una vez ganada, una renta básica se instituya primero en cifras bajos. La lucha para luego elevar el nivel de ingresos requerirá esfuerzos adicionales.

Pero incluso si está asegurado en forma de una renta mínima, debe quedar claro que una demanda de Renta Básica no es una propuesta para reemplazar el sistema de salarios, sino solo para aflojarnos el cinturón un poco al proporcionar ingresos para aquellos que ahora están excluidos o son precarios en relación con el trabajo asalariado, y para aquellos cuyas contribuciones a la (re)producción social ahora no son remuneradas con salarios. También les daría a los individuos una posición más sólida desde la cual negociar contratos de trabajo más favorables y nos permitiría tomar mejores decisiones sobre qué tipo de hogares y relaciones íntimas querríamos formar. Si bien estos no son beneficios insustanciales, no se suman a una visión poscapitalista revolucionaria.

Por el contrario, creo que una renta básica es la única forma que tendría el capitalismo de sostenerse material e ideológicamente en un futuro cercano, ya que el sistema salarial y el modelo familiar continúan revelándose inadecuados para la tarea de distribuir los ingresos y organizar la cooperación productiva. En cambio, lo que un ingreso básico podría proporcionar es un apoyo material para invertir el tiempo y el esfuerzo necesarios para luchar por reformas adicionales y una apertura conceptual para pensar más críticamente sobre el trabajo y el no trabajo y más imaginativamente sobre cómo podrían transformarse aún más. En ese sentido, es una demanda bastante modesta, pero creo que permitirá más acción y pensamiento políticos.


¿Cree que el concepto de trabajo precario se centra demasiado en el contrato o los términos de empleo, en lugar de la explotación que se produce en la valoración del trabajo? ¿La teoría crítica necesita un concepto más fuerte que la precariedad, por ejemplo, la "superexplotación"?

Entiendo que los dos conceptos, precariedad y explotación, se refieren a diferentes aspectos de la organización del trabajo asalariado. El concepto de explotación describe los términos básicos de la relación de trabajo capitalista. La explotación del trabajo es el elemento vital del sistema. Se pueden explotar diferentes formas y sectores de trabajo a diferentes ritmos y bajo diferentes tipos de regímenes gerenciales, pero no es una característica opcional del sistema de trabajo remunerado bajo el capitalismo.
La explotación del trabajador es el elemento vital del sistema

La categoría de precariedad designa un cambio histórico en aspectos más específicos de la relación laboral. Creo que el término tiene más sentido cuando se usa para marcar la transformación del modelo fordista (y esto obviamente fue un modelo o ideal en lugar de una descripción empírica de todos los trabajos) de empleo seguro, permanente y de tiempo completo que podría permitir a los trabajadores servir como un suministro constante de consumidores para los productos y servicios que produjeron, hasta el aumento de formas de empleo más inseguras, a tiempo parcial y temporales en una economía más interconectada y globalizada donde los consumidores pueden encontrarse en otros lugares.

Creo que el término es más resonante para aquellos ubicados en otros países donde el modelo fordista se extendió más ampliamente y se realizó de manera más completa. El empleo fue típicamente más precario para un mayor número de trabajadores en los Estados Unidos que, por ejemplo, en algunas economías de Europa occidental. Dicho esto, creo que el concepto es una adición importante en lugar de una alternativa al concepto de explotación. Lo encuentro más convincente cuando se usa no para defender o explicar una demanda de retorno a los confines del antiguo modelo fordista, sino cuando se invoca como parte de la lucha para hacer más seguro, más sostenible, más habitable, una relación con el trabajo en la que el trabajo no domina el resto de la vida.

FUENTE: ctxt.es
AUTOR: George Souvlis (Political Critique)
TRADUCCIÓN: Sergio Vega Jiménez
07/01/2019 - Este texto está publicado en Sin Permiso.

15/5/18

50 ANIVERSARIO DE MAYO DEL 68

La Revolución de Mayo del 68 no fue neoliberal: era marxista, radical y libertaria

“Las autoridades han hecho todo lo posible para separar la dimensión cultural de la política de esa revolución, y así hacerla inofensiva", explica François Cusset, profesor de la Universidad de Nanterre, "era un movimiento anarquista-libertario".

Estudiantes y trabajadores unidos durante una de las manifestaciones de mayo del 68. / AFP

“No seáis como corderos”. “Está prohibido prohibirse la comodidad de una berlina”. “Liberaos. Dejad el volante”. La compañía francesa de trasporte privado Chauffeur Privé ha inspirado su última campaña publicitaria en la Revolución del Mayo del 68 en Francia. No es ninguna novedad esta reapropiación por una empresa privada de algunos de los lemas de esa revuelta libertaria, que tuvo lugar hace cincuenta años.

A principios de la década de los ochenta, el economista liberal Michel Albert ya presumía de que “debajo de los adoquines,lo que había era la empresa”, en lugar de “la playa” y otra forma de vida más feliz con la que soñaban los soixante-huitards.

“Prohibido prohibir”. “Disfrutemos sin obstáculos”. “Como más hago la revolución, más me apetece hacer el amor”. Los eslóganes más conocidos del Mayo del 68 evocan un movimiento hedonista, que quería romper con las normas demasiado estrictas y las costumbres demasiado conservadoras de las sociedades de la postguerra. Una movilización liberal-libertaria que supuestamente habría facilitado el auge del individualismo, el capitalismo desregulado y la globalización financiera. ¿Los hechos del Mayo del 68 impulsaron la ofensiva neoliberal de los ochenta?


“Tenemos que olvidar el Mayo del 68”, ha asegurado en reiteradas ocasiones el ecologista Daniel Cohn Bendit, quien considera que la mayoría de las reivindicaciones de esa revuelta, sobre todo la liberación sexual y de las costumbres, ya han sido satisfechas. De hecho, Cohn Bendit es visto como uno de los ejemplos más célebres del giro conservador de los soixante-huitards*. Tras haber sido uno de los portavoces más carismáticos del Mayo del 68, Cohn Bendit reivindicó el carácter liberal-libertario de esa revuelta para justificar su afiliación a un ecologismo reformista y moderado. Y ahora es un ferviente adepto del presidente francés, Emmanuel Macron.

Todavía más radical resultó la conversión ideológica de Denis Kessler, otro célebre militante francés del Mayo del 68. Este joven maoísta abrazó una década más tarde el neoliberalismo y terminó siendo elegido como vicepresidente del Medef, la patronal francesa. Casi cuarenta años después de la revuelta, Kessler defendía en 2007 que hacía falta “desmantelar metódicamente el programa del Consejo nacional de la Resistencia”, fundamento del avanzado modelo social francés. En la lista de soixante-huitards convertidos al neoliberalismo, que es bastante larga, también ocupan un lugar destacado los nouveaux philosophes, como André Glucksmann, Alain Finkielkraut o Bernard-Henri Levy.

¿Una revolución liberal-libertaria?


La tesis de que el Mayo del 68 facilitó la ola neoliberal ya fue defendida en Francia por el heterodoxo intelectual Régis Debray en 1978. De vuelta al país galo tras su paso por la Revolución Cubana al lado del Che Guevara, Debray, que no participó en la revuelta francesa, denunciaba entonces que “Mayo del 68 había sido la cuna de la nueva sociedad burguesa” y que “había satisfecho los deseos del capital, dispuesto a violar sus tabúes”. 

Una idea también defendida por otros actores de la izquierda francesa como el ensayista homosexual Guy Hocquenghem que en su Carta abierta a aquellos que han pasado de Mao a Rotary, denunciaba de forma satírica a aquellos izquierdistas del Mayo del 68 que traicionaron sus ideales por oportunismo.

“La idea de que el Mayo del 68 favoreció el neoliberalismo fue construyéndose a partir de finales de la década de los setenta. Pero esta no se corresponde con la realidad, puesto que fue una revuelta emancipatoria”, explica en declaraciones a Público, François Gèze, antiguo director de la editorial progresista La Découverte. “Todos aquellos soixante-huitards que luego se erigieron en defensores del neoliberalismo fueron una minoría, que se correspondía con los militantes más dogmáticos de los grupúsculos leninistas o maoístas. Pasaron de un dogma a otro”.


Gèze tenía veinte años en 1968 y participó en la revuelta como un estudiante en un instituto en Toulouse, donde hicieron huelga, lo ocuparon y los estudiantes se hicieron cargo del establecimiento a través de la autogestión. “Todo el mundo hablaba con todo el mundo. Habían desaparecido las barreras de clase y la verticalidad en la sociedad. Fue un momento de una gran generosidad”, recuerda Gèze, quien considera que el espíritu de esa revuelta tenía poco que ver con el individualismo neoliberal.

“No es cierto que la Revolución del 68 favoreciera la ola neoliberal. En realidad, lo que sucedió es que el nuevo capitalismo del espíritu emprendedor y de Silicon Valley se reapropió de los logros culturales de esa revuelta, como la revolución sexual y la exaltación de la juventud y de la creatividad”, explica a este diario el historiador de las ideas François Cusset, autor del libro Contre-discours de Mai (Contra-discursos de Mayo).

Ese profesor de la Universidad de Nanterre, donde se originó la revuelta de 1968, considera que “las autoridades han hecho todo lo posible para separar la dimensión cultural de la política de esa revolución, y así hacerla inofensiva.


La mayor movilización social del siglo XX en Francia

Según el politólogo Boris Gobille, la etiqueta de que el Mayo del 68 fue un movimiento liberal-liberario “es fruto de las reinterpretaciones que algunos de los actores más conocidos de la revuelta, como Cohn-Bendit o Serge July, antiguo director de Libération (diario fundado bajo el espíritu revolucionario), hicieron en función de sus trayectorias personales”. “Esta visión daba a entender que el Mayo del 68 sólo fue una revolución de las costumbres y a favor de la liberación sexual, pero ignoraba el gran impacto que tuvo entonces la movilización social más importante en la historia del siglo XX en Francia”, añade Gobille, quien ha publicado recientemente la obra Mai 68 par celles et ceux qui l’ont vécu (Mayo del 68 para aquellas y aquellos que lo vivieron) que recoge más de 300 testimonios de soixante-huitards anónimos.

Difíciles de englobar en una sola etiqueta, los hechos del 68 francés empezaron el 3 de mayo con la evacuación policial de los estudiantes que ocupaban la universidad de Nanterre, en el norte de París. Desde entonces, se fueron sucediendo las manifestaciones de los universitarios, las confrontaciones violentas en las calles de París con las fuerzas del orden y la construcción de barricadas en el Barrio Latino de París, que rememoraban la Comuna de 1871.


La movilización de los estudiantes convergió rápidamente con la de los obreros y los campesinos. Esto desembocó el 13 de mayo en la mayor huelga general de la historia de Francia: siete millones de personas participaron en ella.

Las ocupaciones en las fábricas, los secuestros de patrones industriales y las confrontaciones entre revolucionarios y los militantes gaullistas de los Comités de defensa de la república (CDR), partidarios del gobierno del general De Gaulle, se fueron repitiendo hasta finales de junio. Los jóvenes revolucionarios sufrieron una contundente derrota con la holgada mayoría absoluta que el gaullismo logró en las elecciones legislativas convocadas de manera anticipada el 23 y 30 de junio. Sin embargo, ya consiguieron entonces significativos avances sociales, como un incremento del salario mínimo del 37%.

“El Mayo del 68 supuso una revolución integral provocada por el desborde que comportó la movilización masiva de estudiantes, obreros y campesinos. Se trata de la última de las revoluciones marxistas en las que se cuestionaba el poder establecido, aunque los revolucionarios de entonces tampoco mostraron un gran interés para asaltar el Elíseo”, explica Cusset, quien considera que “las revueltas de finales de los sesenta representaron el final de los treinta años de avances progresistas y sociales después de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial”.


En la obra 1968. Des grands soirs en petits mains (1968. Grandes noches en pequeñas manos) —una de los libros más destacados publicados en Francia durante este cincuenta aniversario—, la historiadora Ludivine Bantigny describe el motor del Mayo del 68 en uno de sus eslóganes a menudo olvidados: “Todo es política”. “Hacer de la política una cosa compartida, el bien común de todas y todos, aquello en que cada uno puede expresarse y debatir. 

Durante esas semanas de primavera, se reanudó con la democracia de lo cotidiano, como se hacía en la Grecia antigua, pero liberados de la esclavitud, la muleta trágica de la Atenas clásica”.

En definitiva, la revolución del Mayo del 68 resultó sinónima de radicalidad democrática, nada que ver con el individualismo y el dejar la política en manos de profesionales, como propugna el neoliberalismo.


(*) soixante-huitards (en español, sesentaoychentista)

FUENTE: publico.es

El Mayo francés fue en realidad un movimiento anarquista y libertario, cuyo germen rebrotó 43 años más tarde, un 15 de mayo de 2011 en una España cubierta aún por la caspa del franquismo, como 15-M, Movimiento de los Indignados o Revolución Española, pero rápidamente fue traicionado por aquellos que lograron hacerse con las riendas y, entrando por el aro constitucionalista, llevar el ascua a su sardina... o a su puchero.



Hay una anécdota que a mí me gusta contar con respecto a aquel intento de revolución:

El general DeGaulle abandonó París y fue a entrevistarse con el canciller Konrad Adenauer en territorio alemán.

Adenauer y De Gaulle

Cuentan las malas lenguas que, nada más llegar, el general le dijo:

- ¡Se fue todo a la mierda!


Pero en Francia, el PCF (Partido Comunista Francés) y los sindicatos, no estabán por la labor de aceptar el gobierno que estudiantes y trabajadores les ofrecen a través de la revuelta popular. 

Y allí acaba la cosa, en una especie de complicidad entre De Gaulle y los dirigentes del PCF; el primero proponiendo elecciones generales, capaces de asfixiar en las urnas un movimiento extraparlamentario, y el segundo aceptando inmediatamente esa salida de emergencia.


Y el pueblo, traicionado, como siempre.

4/10/14

POR LO VISTO ES MARXISTA

El obispo de San Sebastián tacha al PP de "marxista"


Munilla llama a no votar al partido de Rajoy por retirar la reforma del aborto, acusa al PNV de proabortista y anima a los "laicos católicos" a saltar a la política

El obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla. EFE
El obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla. EFE

Las iglesias de Gipuzkoa recibirán esta semana una de las cartas más duras de su jefe, el obispo José Ignacio Munilla. Aquellos sacerdotes que se animen a leerla, dejarán bien claro a quiénes no hay que votar en las próximas elecciones: ni al PP, ni al PNV. En su última carta pastoral, Munilla aprovecha la situación creada tras la retirada de la contrarreforma del aborto para situar a ambas formaciones políticas, de marcada tendencia cristiana, en el bando del anticristo. 
   
"La retirada por parte del Presidente de Gobierno del Anteproyecto de Ley Orgánica para la Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada es una decisión política con unas implicaciones morales muy graves, dado que la medida del señor Rajoy condena a cientos de miles de vidas humanas al más absoluto de los desamparos". Así comienza uno de los escritos más radicales del obispo de San Sebastián, un hombre que siempre ha combatido el más mínimo atisbo de cambio en la Iglesia católica.

Mariano Rajoy Brey, Presidente del gobierno de Apaña España
(¡Jesús!... Disculpen el lapsus)

De hecho, los asiduos a los templos guipuzcoanos conocen de sobra su pertenencia al Movimiento Loiola, un grupo ultramontano que fue ideado por este mismo sacerdote hace varios años. Desde ese colectivo, Munilla escribió polémicas soflamas contra los homosexuales -a los que acusa de sufrir una "desviación neurótica"- e incentivó campañas contra la píldora del día después, llamando incluso a organizar un boicot contra las farmacias y laboratorios que la comercializaban. Eran otros años. Ahora, valiéndose de su cargo en la Diócesis de San Sebastián, el religioso no duda en lanzarse contra los impíos del PP. 

FUENTE: publico.es
Danilo albín - Bilbao  
03/10/2014





Ahora sí que... 




porque si resulta que el PP es marxista 
 ¿Yo que coño soy?