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23/5/17

COSAS DE LA ARROGANCIA

Editorial

La arrogancia de quien desprecia

Susana Díaz flanqueada por Rubalcaba, González, Zapatero y Guerra, 
durante la presentación de su candidatura el pasado 26 de marzo.

Así no. Los afiliados al Partido Socialista Obrero Español dejaron el domingo bien claro que no, que no se puede tirar por la ventana a un secretario general que fue elegido de manera directa por los militantes y que no se puede dar el gobierno de la nación al partido más corrupto del país, el PP, y al presidente que más ha abusado de las instituciones democráticas, Mariano Rajoy.

Resuelta esa cuestión, ahora hay que empezar a pensar cómo se resuelve el problema principal: echar a ese presidente y a ese gobierno de la Moncloa y recuperar el sentido de las instituciones. Nada de eso será posible si la socialdemocracia española y europea no es capaz de armarse de contenidos económicos y sociales suficientes como para representar un verdadero poder de transformación y romper las líneas rojas impuestas desde fuera sobre las potenciales alianzas para llevar a cabo estos objetivos.

Pedro Sánchez celebrando su victoria en la sede de Ferraz

Las primarias han devuelto a Pedro Sánchez a la secretaría general y lo han hecho con bastante holgura. No será fácil plantarle cara en el inmediato Congreso del PSOE, como pareció dar a entender Susana Díaz en su desabrida comparecencia del domingo. La presidenta de la Junta de Andalucía ha sufrido una derrota clara, que le deja en muy mala posición. Basó toda su campaña en la inexplicable consigna “yo gano”, y ha resultado que pierde, y por mucho. Atrincherarse en Andalucía no debería ser una opción, porque la experiencia demuestra que en los partidos políticos que se fracturan (y en este caso, además, la fractura la provocaría Díaz) se producen continuos movimientos y, en términos generales, a favor de quien tiene más expectativas de futuro.

Sánchez posee ahora mayor legitimidad que antes dentro de su partido y dispone de un relato que siempre es atractivo de cara al exterior: ha superado infinidad de obstáculos y el menor de ellos no ha sido la frontal oposición del establishment político, económico, intelectual y mediático. Los brutales editoriales de El País, de una irracionalidad sorprendente, han logrado probablemente que no quede vivo uno solo de sus lectores, pero no han hecho mella en las expectativas del candidato. Una brutal exhibición de intereses espurios y una brutal demostración de falta de influencia y de desconocimiento de su propio país, con mayúsculas y minúsculas; es verdaderamente un balance estremecedor para la cúpula directiva del otrora diario de referencia.


El fracaso de la línea de ataque contra Pedro Sánchez demuestra que han cambiado muchas cosas en el escenario político español. Su victoria interna no se traduce, sin embargo, en una victoria externa: la izquierda española continúa dividida, no entre dos ramas del PSOE, como Díaz pretendía creer, sino entre dos partidos diferentes, PSOE y Podemos. Pablo Iglesias ha optado por presentar una moción de censura al PP que se debatirá dentro de pocas semanas y que, como el propio Iglesias reconoce, no tiene posibilidad de prosperar. Pero como es posible presentar una moción por legislatura y por la décima parte de los diputados (35 parlamentarios)*, Sánchez podría intentar encabezar la suya dentro de un periodo de tiempo más largo.

No ser diputado es un inconveniente, pero no una barrera infranqueable para Sánchez, porque para ser candidato a presidente del Gobierno no hace falta ser miembro de la Cámara. Lo que hace falta es tener los apoyos suficientes, algo con lo que no cuenta ahora. Para eso, Pedro Sánchez tendría que demostrar antes muchas cosas que aún no ha aclarado. Ojalá lo haga pronto porque la situación del país, con un gobierno completamente paralizado y un presidente acorralado por la corrupción, no admite muchas dilaciones.

Mariano Rajoy, cabizbajo y meditabundo

A escala europea, los socialistas españoles, con Sánchez a la cabeza, deben contribuir, como sus homólogos portugueses y los demás, al debate de si es posible una política socialdemócrata con las actuales reglas del juego establecidas en Bruselas, que sea alternativa a la austeridad rampante de la última década. Una austeridad que ha hecho que los ciudadanos perciban imposición cuando antes veían democracia, y ajustes y sacrificios cuando previamente recibían más bienestar. No pueden esconder más la cabeza sobre este asunto central para Europa.

A nivel interno, Sánchez debería fijar tres prioridades en la política económica que va a defender:

Pedro Sánchez, pensativo

1) Derogar una reforma laboral que ha hecho de lo precario lo estructural y lo habitual, y que ha dado todo el poder dentro de la empresa a una de las partes de la misma, el empresario, en detrimento de los asalariados y los sindicatos;

2)Comenzar una reforma fiscal que equilibre los impuestos que paga el capital con los que paga el trabajo, y que genere los ingresos suficientes para tener un porcentaje de gasto social equivalente al menos al de nuestros países vecinos, y para activar la inversión pública, verdadera pagana de la crisis;

3) Generar una reforma energética que limite el poder del oligopolio eléctrico y, como consecuencia, que elimine la pobreza energética y, sobre todo, que sea eficaz en la lucha contra el cambio climático, el problema más importante para esta y las próximas generaciones. Nada más, pero nada menos.

 Tres en uno

* En una versión anterior se decía que era posible presentar una moción por legislatura y grupo parlamentario.

FUENTE: ctxt.es
Willy Veleta
22/05/2017 
 
¡Mira, mi niño!... Ahora todo va a ser reconciliación y amor fraterno. No te dejes engañar. Hazle caso a este viejo anarquista y quítate de encima a todos los traidores, porque cuando menos te lo esperes te la volverán a jugar.

Cuando se apuñala a un líder elegido democráticamente, se está apuñalando a la propia democracia. Y es que no creen en ella.
 

1/11/16

EL INCORDIO DE SER POBRE

Niño hurtando miguitas de pan a los gorriones

Ser pobre es fastidioso. No sólo por la molestia constante y poco reparable de la pobreza misma, sino porque acarrea la sombra de una sospecha permanente. Los pobres son (somos) mala gente, estafadores en potencia, ladrones, defraudadores, impostores. Vivo con un pie en el mundo de los pobres y otro en el de los ricos. Cuando soy pobre, me cachean, me increpan y me tratan de usted, que es la fórmula despectiva del castellano. Cuando soy rico, entro sin que nadie me toque, me ríen los chistes y me tratan de tú, que es la fórmula de respeto.

Mi condición de escritor me permite vivir en ambos mundos. Me invitan constantemente a dar charlas, a ferias, a festivales y a todo tipo de saraos festivo-artístico-literarios. Escribo este artículo en un AVE camino de Málaga, de hecho, y no he pagado el importe del billete ni el hotel donde voy a dormir esta noche. Esa vida suele implicar atenciones y deferencias que no disfruto en mi vida de pobre. Me invitan a comer en restaurantes a los que no iría si tuviera que pagarlos yo, me reservan hoteles que no me plantearía para mis vacaciones, me ponen coches con chófer cuando es necesario y me asignan cicerones que se preocupan por sacarme de paseo y abonar la cuenta de las primeras copas.
No siempre, claro, pero no es infrecuente. Sarao tras sarao y hotel tras hotel, me he dado cuenta de que una de las ventajas de ser rico, incluso de ser un rico de pega y provisional como lo soy yo (un rico profesional, que interpreta el papel de rico como parte de su trabajo), es que nunca tienes que dar una explicación, nunca eres un intruso. Conserjes, recepcionistas, guardias de seguridad y camareros son tus amigos. Te sonríen, te miman y se alían contigo. Quizá quien ha nacido rico no encuentre nada extraordinario en este hecho, pero todos los chicos pobres de barrio hemos crecido creyendo que el trabajo de conserjes, recepcionistas, guardias de seguridad y camareros consistía en echarnos de los portales, decirnos que allí no podíamos entrar y enseñarnos el cartel de reservado el derecho de admisión.

Los dependientes del Corte Inglés, tan amables cuando te ven interesado por la tele más grande de la planta de electrónica, formaban parte de esos enemigos que no nos quitaban ojo cuando merodeábamos por los pasillos. Porque el rico pasea. El pobre merodea.
 
¡Este Gustavo!

Fui hasta el final del metro de Madrid, muy al norte, a un lugar donde me suelen llevar en coche o en taxi, pero esa mañana me venía bien el metro. Como salía del término municipal de Madrid y se aplicaba una tarifa especial, la megafonía del tren metropolitano recordaba en cada estación que los pasajeros debían tener el billete correcto (más caro) si querían seguir viaje. Ya estaba expuesta la información, no creo que nadie en ese tren ignorase aquello. De hecho, los tornos no se abren si no llevas el billete adecuado. ¿Por qué tanta insistencia? Porque no te puedes fiar de los pobres. Los gestores del metro creen que transportan a gentuza que se colará y burlará todos los controles.

Por eso se empapela todo con advertencias de multa para los infractores. En el tranvía de mi pueblo, la megafonía recuerda también constantemente que todos los viajeros han de ir provistos del correspondiente título de transporte. Esa es otra muestra de desprecio al pobre: hablarle con perífrasis. A un rico le piden el billete. A un pobre le solicitan el título de transporte.
Hace unos meses me llamó una chica muy amable que decía ser de Iberia. Le llamo porque es usted titular de una tarjeta Iberia, dijo, y queremos ofrecerle esta otra tarjeta para que acumule puntos y gane vuelos. De acuerdo, se me ocurrió decir, y empecé a responder sus preguntas. Por ellas deduje que en Iberia estaban convencidos de que yo era un potentado. Tenía varios viajes transoceánicos en los últimos tiempos, alguno en clase business, y apuntaba maneras de perfil de ejecutivo. Lo que no debía de saber la chica es que no había pagado ni uno solo de ellos, eran invitaciones para dar charlas y participar en festivales literarios, y la cuenta de gastos corría a cargo de mis anfitriones. Por eso no supo encajar la respuesta que le di cuando me preguntó por mis ingresos medios anuales. Dios mío, debió de pensar, llevo quince minutos hablando con un pobre. Y lo que es peor: llevo quince minutos tratándole como si fuera rico. Se acabó la amabilidad. Bueno, dijo azorada. Ya recibirá la información en su correo. Y colgó. Qué pena, pensé. Parecía maja, estaba disfrutando de la conversación.


Este sentimiento continuo de sospecha hace muy fatigosa la vida del pobre, pero yo no me había dado cuenta hasta que me tocó ser rico. Aunque sólo me toca ser rico una vez a la semana, noto mucho el contraste. Ocurre en todas partes. Una declaración de la renta baja activa más alarmas en la Agencia Tributaria que una millonaria. ¿Qué se ha creído este pobre, que nos tragamos que vive con esos ingresos? Hazle una inspección, que estará cobrando en negro.

Ahora que sé de qué va la vida en ambos mundos, lo que más me molesta de mi pobreza no es la miseria en sí, que la llevo bien (al fin y al cabo, nací aún más pobre de lo que soy ahora), sino darme cuenta de que hay un mundo donde no soy sospechoso de ladrón ni de terrorista ni de estafador. Un mundo de puertas VIP donde nadie me cachea ni me pide pagar por adelantado ni hay que hacer fila con orden de campo de concentración. Y además de la irritación que siento, me frustra no poder decirles que sospechan de la gente equivocada, que los pobres que conozco van siempre con el dinero en la mano y abonan todas las cuentas sin rechistar. La insurrección siempre se enciende en la sala de los ricos, porque en ella no hay nadie vigilando.


FUENTE: http://ctxt.es
La boca del Logo
Sergio del Molino
30 de Octubre de 2016