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14/8/18

LA CLASE OBRERA YA ESTÁ ROTA

El discurso de atención a la diversidad de la raza y el género es fundamental para reconstruir la unidad de lucha en todos los frentes

<p>Pintura de Angela Davis.</p>
Pintura de Angela Davis.
Fotografía de Thierry Ehrmann

“El discurso de la diversidad pone en peligro la unidad de la clase obrera”. Últimamente ha reaparecido con fuerza esta alerta. Frente a las lecturas neomarxistas de las últimas décadas que señalaban que la opresión del neoliberalismo no se estructura únicamente a través de la explotación laboral, sino que existen otros dispositivos de opresión como la raza o el género, se lanza esta advertencia: “El discurso de la diversidad es un triunfo del neoliberalismo porque esconde o diluye la opresión principal, que no es otra que la opresión de clase”.

A continuación, expongo una reflexión sobre la menor o mayor veracidad que esconde esta alerta, e invito a cuestionarla desde una mirada situada, llamando a la prudencia. Esta reflexión la hago desde mi propia mirada y mi vivencia de la raza, el género y la clase. Soy mestiza gitana, y he dedicado una parte importante de mi vida al activismo gitano, soy sindicalista activa, abogada laboralista y de ideología comunista-libertaria.

Los discursos de la diversidad no rompen la clase obrera, la clase obrera ya está rota. La explotación capitalista y el chantaje de la renta a cambio de fuerza de trabajo se manifiesta con diferente violencia según el grado de “humanidad” que el sistema otorga a la persona trabajadora a partir de la raza, el género o el territorio que habita.

Pastora Frigiliana García

En el Norte Global las luchas sindicales pueden articularse, organizar protestas, huelgas, o acciones sin que peligre la vida. No es cuestión de minusvalorar la represión que sufrimos, y que conozco de primera mano, pero la vida está a salvo. En el Sur Global, imaginemos las maquilas asiáticas, estas prácticas de lucha suponen no ya la represión sindical, el despido o la multa sino que ponen en juego verdaderamente la integridad física y la vida.

El discurso que llame a la unidad de la clase obrera frente a la explotación capitalista tiene que hacerse cargo de esta diversidad de situaciones que se padecen. El discurso homogeneizador de “todos somos la misma clase obrera” sin matices y sin integrar estas diferentes situaciones de partida no es eficaz para la unidad, y la historia ha demostrado que fracasa porque deja fuera muchas formas de vida. El discurso de atención a la diversidad de la raza y el género es fundamental para reconstruir una clase obrera que ya viene rota por estas diversas violencias.

El neoliberalismo imbrica varios dispositivos de explotación que se retroalimentan: el racismo, el colonialismo, el patriarcado y el capitalismo. Son varias cabezas de un mismo cuerpo monstruoso. La emancipación pasa sin duda por articular discurso y prácticas de lucha en todos los frentes, y para eso es esencial la atención a las diversas manifestaciones del monstruo.


Cuando Angela Davis, comunista, pone en el centro del discurso la raza como paradigma de explotación no está rompiendo la clase, está incluyendo a un sujeto que se quedaba fuera por la violencia específica que sufría desde su posición de raza que no estaba siendo respondida desde luchas obreras. 

Cuando Sirin Adlbi habla de islamofobia y de cómo el capitalismo necesita construir al otro para justificar su acumulación destructiva no rompe la clase, está señalando cómo se manifiesta la opresión desde la posición de su comunidad y proponiendo una estrategia de lucha propia que responda a esta violencia.

Cuando Silvia Federici, anticapitalista y marxista, advierte sobre cómo la explotación no únicamente está en la plusvalía, y pone la atención en el trabajo de cuidados invisible que realizan las mujeres en el ámbito familiar, no está dividiendo la clase. Está llamando a sumar un sujeto, la mujer cuidadora, que hasta ese momento se quedaba fuera porque el discurso marxista-obrerista se había quedado estrecho.

Silvia Federici

Los discursos y las prácticas de lucha y resistencia no son universales. La hegemonía blanca y occidental se cuela incluso en los discursos contrahegemónicos y convierte en universal sus formas de resistencia y lucha. Es imprudente que un obrero blanco y occidental quiera hacer universal que la primera lucha es la liberación de clase, es decir liberarse de la explotación laboral. Es osado porque quizás, desde su posición en el mundo, es la única opresión que padece, y por eso la hace centro y pretende universalizarla.

Pensar de manera situada es valorar que quizás en un gueto negro estadounidense la represión que se sufre pase más por la raza que por la clase y que la represión policial racista suponga el centro de la lucha, y no tanto la cuestión sindical en un centro de trabajo. Por supuesto que la violencia es por la raza y por la clase, porque son pobres, pero son las personas que padecen violencia específica quienes deciden, de manera colectiva, qué ponen en el centro de su estrategia emancipatoria.  

Darle protagonismo a la liberación racial no está rompiendo la clase porque la lucha antirracista es una lucha anticapitalista; el capitalismo necesita para su mantenimiento de esta división racial y colonial del mundo.

50 años ya de la muerte de Martin Luther King 
sin que se haya cumplido su sueño de la igualdad racial

Los discursos y las estrategias de resistencia están allí donde haya una comunidad oprimida. Construir la emancipación desde estas estrategias de lucha propia y no estar obligados a mimetizar los modelos de la Europa blanca. Esto es la diversidad.

Cuando abogo por que el pueblo gitano tiene sus propias prácticas de autogestión de conflictos o de mutualismo de base sin necesidad de parafrasear a Kropotkin, no estoy cuestionando la teoría del apoyo mutuo, sino estoy haciéndola cercana a gente que le queda lejos porque es distinta; es decir, no forma parte del paradigma blanco europeo.

Las alertas sobre cómo determinados discursos de la diversidad posmoderna conllevan la frivolización de los planteamientos políticos pueden ser muy necesarias, pero deben hacerse con prudencia y saber que se está hablando desde una mirada concreta y no universalizando nuestras experiencias. Hay que ponerse en estado de duda y pensar que quizás no todas las violencias pasan por las mismas jerarquías que las que padecemos en un territorio o un cuerpo determinado.

Piotr Alekséyevich Kropotkin,
escritor, pensador político y teórico del anarquismo

Son importantes y necesarias la llamadas de atención sobre el sectarismo que puede existir en grupos que reivindican la diversidad, pero, si verdaderamente creemos en la unidad de las luchas, estas críticas deben buscar el diálogo y no el enfrentamiento. Enfrentarse con quienes “rompen la clase” sólo alimenta una dinámica de atomización de las luchas y no suma en colectivo.

Nos enfrentamos a un monstruo de mil cabezas, y difícilmente saldremos de ésta con un único discurso y práctica de lucha. Va a hacer falta un diálogo amplio y una escucha atenta a las diferentes manifestaciones de violencia de estas cabezas. La unidad de lucha que aspiramos sin duda pasará por tener en cuenta la diversidad.

FUENTE: 
Pastora Filigrana García 
08/08/2018

11/8/17

DESVALORIZACIÓN DEL TRABAJO

¿Por qué le llaman sobrecualificación si es subempleo?

Es muy importante llamar a las cosas por su nombre, pero también saber que, en muchas circunstancias y en algunos conceptos, es inevitable que existan interpretaciones ideológicas que se esconden en las palabras.


La sobrecualificación alude a una imponderable tendencia cultural a estudiar más de lo necesario o unas erróneas decisiones individuales de personas o familias, que osaron enviar a sus descendientes a la universidad

Es muy importante llamar a las cosas por su nombre, pero también saber que en muchas circunstancias y en algunos conceptos, es inevitable que existan interpretaciones ideológicas que se esconden en las palabras. Incluso, en todas las ideas relacionadas con hechos sociales, culturales, educativos, más aún si guardan alguna conexión con la política o la economía, siempre, de forma inevitable resuman ideología. Quién aboga por quitar ideología en educación, por ejemplo, puede querer decir no politizar algunas medidas, pero se equivoca y nos lanza en manos de la tecnocracia (que también es una ideología). Cualquier hecho o propósito educativo depende de una concepción de mundo, de los seres humanos, de valores, que es siempre un marco ideológico. Aunque valdría la pena profundizar en estas nociones, no son el objetivo principal de este artículo sino una introducción necesaria.


La sobrecualificación alude a una imponderable tendencia cultural a estudiar más de lo necesario o unas erróneas decisiones individuales de personas o familias, que osaron enviar a sus descendientes a la universidad. En una sociedad donde ha predominado la titulitis como fórmula de ascenso social, donde la formación profesional del modelo franquista era para los que no conseguían aprobar la EGB o no “valían” para estudiar (en su mayoría pertenecientes a la clase obrera). Esa misma sociedad, que daba empleo a jóvenes de 16 años, sin ninguna cualificación en los años de la burbuja, ahora se queja y opina sin ningún fundamento sobre el desastre del abandono educativo temprano por un lado y de la sobrecualificación de la población que pudo estudiar en la universidad.

¡Campeones!... ¡campeones!... ¡Oe, oe, oe...!

¿En qué quedamos? ¿No tienen ambos fenómenos el mismo origen? La clave de entrada es no pensar en causas únicas, pero las interrelaciones entre estos fenómenos tienen un mismo ámbito original: las relaciones laborales de un modelo productivo dominado por los sectores de servicios, el turismo y la construcción, con un sistema financiero especulativo donde pierde valor el trabajo productivo y unas políticas públicas austericidas que siguen adelgazando los servicios públicos, la educación y la orientación profesional en las políticas activas de empleo. Porque si ésas siguen siendo las variables del modelo de crecimiento, acompañadas de una fiscalidad nada progresiva ni redistributiva donde aportan más las nóminas que los beneficios empresariales, donde disminuyen de forma considerable las inversiones públicas y privadas en I+D+i, donde se desregulan y privatizan los servicios esenciales que responden a derechos fundamentales y donde se culpabiliza a las rigideces del mercado de trabajo para precarizar el empleo y devaluar los salarios, de qué estamos hablando cuando hablamos de sobrecualificación.
Cuando es el más flagrante subempleo, proveniente de una cultura empresarial donde la competitividad se obtiene con bajos costes laborales y de unas perspectivas neoliberales sobre la libertad de elección
¡Campeones!... ¡campeones!... ¡Oe, oe, oe...!

La cualificación de la fuerza de trabajo se orienta en función del modelo productivo, de la cultura empresarial, combinados con las políticas públicas de educación y formación. Los sistemas de reclutamiento o acceso a los puestos de trabajo, la selección de personal, la clasificación profesional y la formación en la empresa, determinan un modelo de empleo que valora de forma específica cada cualificación. La estabilidad o la precariedad del empleo definen si se invierte en la adaptación al principio y en el reciclaje o el perfeccionamiento después. La remuneración, sin duda, las opciones profesionales de promoción, la definición de perfiles profesionales especializados o la polivalencia funcional, también van construyendo un modelo de cualificaciones que reconoce o no el valor añadido del conocimiento. La cualificación se construye desde los aprendizajes formales con la contribución de los aprendizajes no formales e informales, no es sólo una titulación inicial. Una persona cualificada es alguien que posee los conocimientos, las habilidades, las capacidades, la preparación necesaria para realizar un trabajo.


La organización del trabajo individualista o cooperativa, los sistemas de control, disciplina y sanción, la duración y configuración de los tiempos de trabajo; los tipos de flexibilidad, diversificación, innovación, los cambios tecnológicos, el papel de las nuevas tecnologías en el aumento de la productividad, todo eso y muchas otras variables influyen no sólo en el valor de la cualificación actual sino en su futuro desarrollo. No es lo mismo si se priorizan los aspectos comerciales de la cadena de valor que si se valora mejor la innovación, no es lo mismo si se obtienen máximos beneficios con la especulación financiera que si la ganancia mayor proviene de los avances o las mejoras de los productos o de los procesos productivos. Tampoco, las acciones formativas o las cualificaciones necesarias serán las mismas, si se proyecta con sentido estratégico y rentabilidad a largo plazo que si se pretende obtener la máxima ganancia a corto plazo. Con una fuerza de trabajo cualificada siempre es posible adaptarse a los cambios tecnológicos aportando las acciones formativas necesarias. Si lo que se plantea como vía de obtención de mayores beneficios es un ERE, es evidente que no compensa  invertir en recualificación o perfeccionamiento.

Un ERE (Expediente de Regulación de Empleo) no es otra cosa que un despido encubierto.

Por otro lado, las opciones de subempleo dependerán también de la legislación laboral, determinante en este caso, pero pueden influir las opciones de negociación colectiva en función del peso de la representación sindical del sector o de la empresa. Es evidente cuando comparamos los salarios, la organización del trabajo e incluso los procesos formativos, o las fórmulas de flexibilidad interna que evitan despidos, de sectores industriales tractores de la economía con alta sindicalización, con los sectores más débiles de la economía o muy dispersos sus centros de trabajo, con menor representación sindical. No obstante, no se puede olvidar otra variable interdependiente para generar subempleo, el amplio colchón de desocupación, “el ejército de reserva” que sirve para provocar el suficiente miedo a la pérdida del empleo como para aceptar condiciones de trabajo y remuneraciones muy por debajo de las capacidades profesionales.



¿Por qué tantas personas, sobre todo jóvenes, aceptan condiciones de esclavitud, remuneraciones mínimas, con relaciones comerciales, aunque tengan titulaciones válidas para diversos empleos? ¿Cómo puede ser que existan esas falsas economías colaborativas donde se cobran miserias y en dinero casi negro? Porque todo un sistema se ha desarrollado en ese sentido, desregulando, desvalorizando, privatizando servicios públicos, permitiendo la economía sumergida, promoviendo el emprendimiento, en suma el sálvese quien pueda. El trasfondo ideológico como decían los clásicos, sirve de cemento que sostiene el modelo (neoliberal claro): las elecciones individuales son las que definen la posición en la sociedad. La trampa mejor construida. Sostenida con el andamiaje de los gurús de recursos humanos augurando el “fin del trabajo” para promover la mercantilización de las relaciones laborales. Nada más rentable como desvalorizar el papel del trabajo. De estos polvos los lodos de la “sobrecualificación”. Como consideramos el trabajo humano muy valioso, generador de riqueza, lo que está pervertido en este capitalismo salvaje es el empleo. Por eso desde aquí, preferimos llamarlo subempleo.


FUENTE: www.nuevatribuna.es
Estella Acosta Pérez
08/08/2017
Ya lo he dicho en diferentes ocasiones, pero no me molesta volver a repetirlo:

"La clase dirigente nunca va a perdonarle a los trabajadores que hayamos logrado que nuestros hijos accedan a la universidad. Es una bola que no pueden tragarse". 

De ahí la actual diversificación entre universidad pública y privada, en un desesperado intento por dotar a sus vástagos de un plus de "calidad" con respecto a la enseñanza pública, no sea que los "desheredados de la tierra" vayan a rapiñarles sus puestitos.