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17/6/17

NUEVA TRAGEDIA EN LONDRES

 

Una nueva tragedia se ha abatido sobre la capital británica: el incendio de la torre Grenfell, un edificio de 24 pisos de altura y 120 viviendas, muchas de ellas de protección oficial,  habitadas por tanto por familias modestas, en mitad del barrio de Notting Hill (North Kensigton), al oeste de Londres.

Al enterarme de la noticia rogué, en mi fuero interno, que no se tratara de un atentado terrorista o de un incendio provocado, que enquistara aún más la situación de desasosiego que sufren los ciudadanos londinenses.

 

En principios no existen indicios de que haya sido un incendio provocado, y se especula con que el origen se produjera en el mal funcionamiento de un frigorífico, si bien, la rápida expansión de las llamas pudo deberse al polietileno, sustancia bastante inflamable que formaba parte del revestimiento de las fachadas tras la última remodelación,  por lo que, la primera ministra británica, Theresa May, ha ordenado una investigación oficial.

A fecha de hoy, y cuando han transcurrido 3 días del incendio, se llevan contabilizadas 30 víctimas mortales y 24 heridos continúan hospitalizados, de los cuales la mitad se encuentra en estado grave. Unas cifras que podrían haber sido mucho más numerosas, de no ser por la valerosa actuación de la comunidad musulmana residente en el edificio, ya que, a la una de la madrugada (hora de inicio del incendio) sus miembros se encontaban despiertos con motivo del Ramadán, compartiendo un ágape que denominan Suhur, por lo que, alertados por el humo, fueron puerta por puerta avisando a los vecinos.


Según la BBC, 76 personas permanecen desaparecidas tras la tragedia, aunque oficialmente no se ha facilitado nombres de fallecidos ni desaparecidos.

Muchos de los supervivientes hacen hincapié en que no hubo alarma de incendios ni ningún otro tipo de advertencia, salvo la solidaridad y el heroismo de los musulmanes.


Citizen Plof

6/2/11

"KÉTEDEN"

En el antiguo complejo residencial donde vivo, los nativos somos minoría frente a alemanes, austriacos, suizos, franceses, ingleses e italianos; lo cual no es óbice para que haya una correcta convivencia y para que la comunidad funcione razonablemente bien, pero hay algo que me trae a mal querer.


No sé si fue porque me crié con gente muy mayor, porque en aquella época las normas de educación estaban más marcadas o porque éramos más respetuosos los unos con los otros, pero me acostumbré desde niño a dar las buenas horas a los demás; es por eso que, cuando en la puerta del edificio me cruzo con otros vecinos (los conozca personalmente o no) el saludo me sale espontáneamente: ¡buenos días!... ¡buenas tardes!... ¡buenas noches!... Hay quienes te responden en un perfecto castellano, otros que apenas lo chapurrean aunque lo intentan, y quienes te contestan en su propia lengua, porque aunque no comprendan el idioma, el gesto, el ademán, el movimiento de cabeza tienen un claro significado de saludo para todos los humanos. Pero, como en cualquier lugar, hay personas sencillas, agradables, encantadoras... y otros que (iba a decir que son unos cardos borriqueros, pero no me he atrevido) a pesar de que  les des las buenas horas, les cedas el paso y hasta les sostengas la puerta, no te dicen ni por ahí te pudras; se limitan a mirarte, no sé si con desprecio o suficiencia, y pasan olímpicamente de responderte al saludo.

Claro que uno termina hartándose de chocar siempre con los mismos y, a veces, en lugar de callarte, decides actuar de alguna manera y obtener, aunque sea, una venganza pírrica. Ése fue mi caso. Opté por inventarme una palabra que me sirviera para mantenerme fiel a mi concepto de saludo y responder al tiempo a su silencioso desprecio, aunque rompiera con la premisa de la educación. Una palabra que sonara fuerte, como las suyas, desconocida para ellos pero con un claro significado para mí:


Así que, a partir de ese instante, cuando coincidía a la entrada o a la salida con alguno-a de aquellos impresentables, mirándoles fijamente a los ojos, les espetaba: "kéteden" y seguía tan pancho. Ellos igual, callados como muzos.

Cierto día que salía con mi hija, al usar, como si de un arma arrojadiza se tratara, aquella palabra contra un determinado individuo, me preguntó:

- Papi, ¿qué le dijiste?

- ¡Kéteden!

- ¿Kéteden?

- ¡Sí!... de... ¡Kéteden Pórkulo!

Ciudadano Plof