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20/6/18

POLÍTICAS MIGRATORIAS

Políticas migratorias sin simplismos ni falacias


Cumplir con los primeros deberes jurídicos, que nos obligan al respeto y garantía de derechos humanos, no es una opción. Es lo que nos permite sentirnos parte de una civilización o engrosar las filas de la barbarie


Sobre los requisitos de una política migratoria de mínimos

El caso “Aquarius” ha tenido la virtud de sacar a la luz no pocas de las contradicciones en el supuesto modelo europeo de políticas migratorias y de asilo.

Además, ha permitido visibilizar las nefastas consecuencias de lo que un experto indiscutido como Sami Naïr ha denominado proceso de “renacionalización” en el que están embarcados desde 2015 buena parte de los Gobiernos europeos, que hace inviable lo imprescindible: un mínimo de política común  en los tres pilares de toda política migratoria:

A. El internacional


Relaciones entre las sociedades –que no solo el aparato institucional, los Gobiernos– de origen y tránsito y las de destino, con especial atención al papel de los protagonistas -los propios inmigrantes- que son el vector de relación.

Invertir en democracia, desarrollo y derechos humanos debe ser el nexo, para superar el viejo cliché de la ayuda o cooperación al desarrollo, entendida en términos groseramente economicistas y que en buena medida dan lugar a dos efectos perversos: el incremento de la corrupción de las élites de uno y otro lado y la manipulación de la ayuda que no llega a sus destinatarios, sino que se emplea en intereses ajenos, comenzando por la expansión empresarial sin escrúpulos de respeto a derechos, a base de dumping social, y continuando, por ejemplo, por el comercio de armas.

En lugar de vincular las políticas de cooperación a cláusulas de policía de fronteras, como sucede hoy en buena parte de los Convenios bilaterales (Marruecos, Mauritania o Nigeria son sólo tres ejemplos), se debería vincular a cláusulas de buenas prácticas en standard de democracia y derechos humanos.

B. El control de fronteras:


Por supuesto, no se trata de proponer la abolición de las fronteras y de los controles.

El objetivo es ordenar los movimientos migratorios, conforme a marcos legales acordados (negociados) por las dos partes –ni dictados unilateralmente en beneficio nuestro–, para que la inmigración sea en lo posible fruto de una decisión libre y no como sucede una decisión nacida del estado de necesidad y para que las rutas migratorias no sean viajes infernales en los que se pierden miles de vidas humanas en los desiertos o en el mar y son sometidas a todo tipo de violaciones de derechos por las mafias y por las fuerzas policiales o parapoliciales que en no pocos casos sostenemos con complicidad culpable los propios europeos (el caso de la guardia costera libia es paradigmático).

Como vengo insistiendo desde hace meses, el Draft zero de febrero de 2018 del Global Compact on Safe regular and orderly migration, puesto en marcha desde la secretaría general de la ONU, con el Alto Comisionado para Refugiados y el Alto Comisionado de derechos humanos y que debe aprobarse este año (en la discusión que ha habido hasta ahora la participación activa oficial española ha brillado por su ausencia), al igual que el Global Compact on Refugees ofrecen no pocas pistas al respecto.

C. Los programas de acogida, acomodación y permanencia:

Centro de Internamiento de Emigrantes de Aluche (Madrid)

Este tercer pilar, como es bien sabido, afecta sobre todo a las administraciones locales y –en nuestro caso– autonómicas y exige algo en lo que insiste el informe de 2017 del Defensor del Pueblo de España en su apartado de Inmigración: la urgente necesidad de retomar la Agencia Estatal de Inmigración y Emigración (creada en 2006 y suprimida en 2015) para optimizar la coordinación entre administraciones y entre estas y agentes sociales, condición sine qua non del éxito de las políticas sobre la presencia estable de inmigrantes.

Ello exigiría, como señalaba el mismo informe, un fondo presupuestario de dotación mixta (Estado-comunidades autónomas) con el que la agencia atendiera al cumplimiento de sus funciones y especialmente al refuerzo financiero de las comunidades en las que se registre una mayor presencia de personas extranjeras.

O bien, como he propuesto reiteradamente, recuperar el Fondo de Acogida e integración creado por el Gobierno socialista bajo presidencia de Rodríguez Zapatero y que es capital para que las administraciones municipales (y también las autonómicas) puedan hacer frente a las necesidades que plantea la llegada de inmigrantes.

Recuérdese que en 2011, con el propio Gobierno Zapatero, sufrió un recorte brutal y fue simplemente eliminado de un plumazo por el Gobierno Rajoy en 2012.


Es decir, la globalidad del fenómeno migratorio que, como gusta de repetir el profesor Joan Romero, es un hecho de trascendencia geopolítica de primer orden, exige un tratamiento internacional.

Es ilusorio pensar, por mucho que insistan en ello los Gobiernos europeos lanzados a la pendiente resbaladiza del populismo (que no son sólo los del grupo de Visegrad: se suman entusiastas Austria, Italia, Bélgica, Dinamarca y una parte del Gobierno alemán, con la hipócrita connivencia de Macron).

Ningún Estado europeo, menos aún los de la ribera norte, puede gestionarlo por sí solo, como es ilusorio pensar que hay fronteras sólo italianas, griegas o españolas, tal y como recordaba pertinentemente el ministro Borrell.

Medidas a corto plazo. Algunas propuestas


Todo ello debería conducir a muy corto plazo, es decir, en este mismo mes,  a un conjunto de medidas entre las que podríamos destacar las siguientes:

a)    Reelaborar un Plan de ciudadanía e integración para la inmigración, que contara con la experiencia –por ejemplo, de la Comisión parlamentaria para Inmigración y Ciudadanía con acreditada experiencia en Canadá- y que recuperara el papel del viejo Foro para la integración social como espacio de participación de ONGs y Asociaciones, en el que deben estar presentes los inmigrantes.

b)    Recuperar ese Fondo de Acogida e integración al que me he referido ya.

c)     Priorizar el interés del menor y con ello la consideración y trato a los MENAS (Menores inmigrantes no acompañados). Suspender las instrucciones de fiscalía y policía que exigen la prioridad de pruebas biométricas de establecimiento de edad, que carecen de fiabilidad científica.

d)    Redefinir los Centros de Estancia Temporal de Inmigarntes, principalmente en las ciudades de Melilla y Ceuta y revisar la existencia de los CIE, sustituyéndolos por instituciones acordes con la exigencia de la legalidad constitucional e internacional.

e)    Desatascar los procesos de concesión de nacionalidad (en este momento, 400.000 expedientes.

f)     Desatascar los procesos de solicitudes de asilo más de 40000 pendientes a día de hoy-  que dejó sin resolver el Gobierno Rajoy.

g)    Suspender de inmediato las medidas ilegales de devolución en frontera, sin esperar a la derogación de la Ley Mordaza.

h)    Derogar el RD 16/2012 que acabó con la sanidad universal y en particular redujo las prestaciones sanitarias a inmigrantes irregulares a mínimos inaceptables (sólo atención de urgencia y a mujeres embarazadas).

i)     Es urgente asimismo coordinar la acogida en costas: desde enero de 2018 la situación en Andalucía está desbordada. En el momento de redactar estas líneas, mientras la mirada está puesta en los 629 ocupantes del Aquarius, en el Polideportivo de Tarifa a duras penas pueden acoger a las casi 800 personas a las que se ha rescatado del mar esta semana.

j)      Considerar la oportunidad de un proceso de regularización que, probablemente, no involucraría a más de 80000 o quizá 100000 personas que se encuentran en situación administrativa irregular (mal llamados ilegales) y los incorporaría a trabajos legales y a la Seguridad Social.

Evitar falacias y trampas simplistas


A mi juicio, detrás de todo ello está la necesidad de definir un modelo claro y coherente, que se aleje de la falaz alternativa entre buenismo moralista irresponsable de un lado, y de otro, del crudo pragmatismo que, en aras de las dificultades políticas internas y europeas y de los riesgos del populismo y la supuesta incomprensión de la mayor parte de la población de una pedagogía de la complejidad, olvida la prioridad del cumplimiento de obligaciones jurídicas como condición "sine qua non" de legitimidad y aun de eficacia.

No, no es cierto que, como nos dicen en el abundante universo de simplistas politólogos armados de una lectura elemental –raquítica– de Weber (sé que hay politólogos muy cultos que hasta leen historia, filosofía política y jurídica y Derecho Constitucional), haya que optar entre la moral de responsabilidad, la del político, y la de moral de convicción, la del moralista, la de las ONGs o los académicos encerrados en sus torres de cristal y ajenos a las duras limitaciones reales.

Tampoco es cierto que exista una “tercera vía”, la del pragmatismo compasivo que, a la imagen de esa superchería del capitalismo compasivo predicado por Reagan y reeditado por Sarkozy (al que tantas veces parece acercarse su versión ilustrada actual, Macron) nos hacía regresar al paternalismo buenoide retratado por Dickens y estigmatizado por Brel en su inolvidable Les Dames patronneuses.

No. Nada de la moralina narcotizante del rebaño que fustigara con acierto Nietzsche. Déjense de tratar de engrasar con retóricas llamadas a la “ética” su manifiesta voluntad de no cumplir con obligaciones jurídicas internas e internacionales.


Salgamos del paternalismo bienpensante que entiende a los refugiados como pobres desgraciados a los que premiar con unas migajas de caridad y se empeña en utilizar a los inmigrantes como piezas de la próspera industria del desecho humano, en la durísima pero certera fórmula de Bauman.

Salgamos de una vez de esa contradicción que supone vivir obsesionados por el cumplimiento del dogma de las décimas en el déficit, mientras violamos a gusto, día sí y otro también, deberes jurídicos elementales consagrados en Convenios y en leyes propias de nuestro ordenamiento, del Convenio de Derecho del mar de Montego Bay o el Convenio SOLAS a la Convención de los derechos del niño, o la ley orgánica de protección del menor.

Cumplir con los primeros deberes jurídicos, que nos obligan al respeto y garantía de derechos humanos, no es una opción. Es lo que nos permite sentirnos parte de una civilización o engrosar las filas de la barbarie que no queremos reconocer en el espejo.

FUENTE: ctxt.es
Análisis - Javier de Lucas
17/06/2018

18/6/18

MITOS DE LA INMIGRACIÓN

Gran parte de lo que creemos no es cierto


El debate está plagado de una gran variedad de imprecisiones y malentendidos tanto entre la derecha como entre la izquierda. Esto es lo que muestran de verdad las investigaciones actuales

Marcha por los derechos de los inmigrantes en el centro de Los Ángeles el 1 de mayo  2006.
Jonathan McIntosh

La inmigración fue el tema del año en 2016 y probablemente seguirá siendo importante a lo largo de 2017. Sin embargo, este asunto es objeto de debates tan acalorados como llenos de malentendidos. La llamada “crisis de refugiados” en Europa y las omnipresentes imágenes de embarcaciones a rebosar llegando a las costas del Mediterráneo dan la impresión de que la inmigración amenaza con salirse de control y que necesitamos tomar medidas drásticas para restringir el flujo incontrolable de inmigrantes. El miedo a la inmigración en masa ha fomentado el surgimiento de partidos nacionalistas extremistas por toda Europa y ha ayudado a que Donald Trump ganara las elecciones presidenciales en EE.UU.

Este llamamiento a implementar políticas migratorias más severas se suma a otra opinión, si bien algo más débil, que manifiestan los sectores empresariales, las organizaciones en defensa de los derechos humanos, las organizaciones religiosas y los partidos liberales de izquierdas. Su argumento es que la inmigración tiende a beneficiar tanto a las sociedades de origen como de destino, y que no deberíamos ver a los refugiados como una carga, sino como una fuente potencial de recursos.

No obstante, en este debate tan polarizado, los hechos en cierto modo más instructivos se pierden de vista. El relato sobre la inmigración tanto de la izquierda como de la derecha está anclado en una serie de mitos que revelan una sorprendente falta de conocimiento acerca de la naturaleza, las causas y las consecuencias del proceso migratorio. Este texto examina ocho de los mitos que a menudo encuentro en mis investigaciones.

1. No, las fronteras cerradas no conducen automáticamente a menos inmigración

Tramo del muro fronterizo entre EE.UU. y México

No es tan fácil como simplemente cerrar la puerta de un portazo. Las restricciones migratorias pueden tener diversos efectos secundarios no deseados que pueden desvirtuar su efectividad. En primer lugar, las restricciones pueden empujar a los emigrantes a buscar canales alternativos legales o ilegales, como por ejemplo que los en realidad inmigrantes económicos usen los canales para la reunificación familiar. En segundo lugar, los controles fronterizos estrictos desvían a menudo los flujos migratorios hacia otras rutas terrestres o marítimas, y por tanto expanden el mercado para los contrabandistas. En tercer lugar, las restricciones pueden conducir a incrementos migratorios súbitos del tipo “ahora o nunca”. Por ejemplo, cuando Surinam consiguió independizarse de los Países Bajos en 1975, el 40% de su población emigró a Holanda antes de que se concedieran los visados.

Finalmente, las restricciones tienden a interrumpir la circulación y empujar a los inmigrantes a asentarse permanentemente. Esto es lo que sucedió, por ejemplo, con los llamados “trabajadores visitantes” de la década de 1970-1980. Como tenían miedo de no poder inmigrar de nuevo después de regresar temporalmente a casa, muchos optaron por asentarse de manera permanente. Antes de 1991, cuando la circulación era libre, muchos marroquíes iban y venían a España para trabajar como temporeros, pero cuando se introdujo la necesidad de obtener un visado en 1991, como consecuencia del Acuerdo de Schengen, se produjo el fenómeno de la inmigración ilegal en pateras y comenzó el asentamiento permanente de temporeros marroquíes en España. Ellos, por su parte, trajeron consigo a sus familias y esto condujo a un rápido crecimiento de la población marroquí en el país que superó las 700 000 personas.

Esto no significa que los gobiernos no puedan o no deban controlar la inmigración. Más bien, lo que demuestra es que las políticas migratorias liberales no conducen necesariamente a la migración en masa y que las políticas migratorias mal concebidas pueden ser contraproducentes. La migración libre es a menudo circular, como puede observarse con la migración en el interior de la UE. Cuanto más restrictivas son las políticas de entrada, más desean quedarse los inmigrantes. Estos efectos no deseados generan dilemas fundamentales para los responsables políticos. 

2. No, las políticas migratorias no han fallado

Cuanto mejor está la economía, más aumenta el número de inmigrantes

A largo plazo, el número de inmigrantes que llegan a Alemania se corresponde con el ciclo económico
Fuente: Oficina Federal de Estadísticas Alemana, BM

La considerable atención mediática que recibe la continua inmigración mediante embarcaciones y los cruces irregulares de fronteras ha creado la imagen distorsionada y engañosa de que las políticas migratorias están “rotas” y que las fronteras están fuera de control. La extrema atención que recibe la “crisis de los refugiados” ha ocultado el hecho de que la mayoría de las políticas migratorias son de hecho bastante eficaces. Al fin y al cabo, gran parte de los inmigrantes, de acuerdo con los mejores cálculos disponibles, al menos nueve de cada diez, entra legalmente en Europa, y esto cuestiona la idea de que la inmigración está “fuera de control”. 

Propiamente dicha, la inmigración ilegal es un fenómeno relativamente limitado. Los períodos en los que se ha producido una emigración de refugiados extremadamente elevada, como sucedió en 2015 o en la década de los 90 durante los conflictos de los Balcanes, son más una excepción que la norma y no acostumbran a durar mucho. La inmigración no es un flujo que se pueda abrir y cerrar como un grifo. Las modernas políticas migratorias pretenden influir en la selección y el momento de la inmigración más que los volúmenes migratorios. Sin embargo, a menudo sobrestimamos lo que pueden conseguir las políticas migratorias. Esto sucede porque la emigración está motivada por procesos de desarrollo económico y de cambio social, tanto en las sociedades de origen como de destino, que escapan al alcance de las políticas migratorias.

Por ejemplo, en la mayoría de los países europeos los niveles migratorios tienden a estar directamente relacionados con los ciclos económicos (véase el gráfico anterior para el caso alemán). En épocas de sólido crecimiento económico, es más probable que los inmigrantes encuentren trabajo y obtengan así permisos de trabajo. La inmigración económica está fuertemente motivada por la demanda laboral, y cuestiona la idea popular que afirma que se trata de un fenómeno sin control motivado sobre todo por la pobreza y la violencia en los países de origen.


3. No, las políticas migratorias no son cada vez más restrictivas


Esto es lo que los políticos quieren que creamos, pero la realidad alberga numerosos matices. En un reciente estudio que realizamos en la Universidad de Oxford, examinamos 6500 leyes migratorias de 45 países diferentes entre 1945 y 2010. Concluimos que durante las últimas décadas las políticas migratorias han sido cada vez más liberales para la mayoría de grupos de inmigrantes. En Alemania, por ejemplo, un 61% de las normativas relacionadas con la inmigración que se aprobaron desde 1945 tuvieron un efecto atenuante, un 35% una naturaleza más restrictiva y un 4% fueron neutrales. 

La principal excepción a esta regla son los llamativos controles fronterizos y las políticas de visado cuyo objetivo es evitar que los solicitantes de asilo y los inmigrantes irregulares accedan al territorio europeo. Sin embargo, estos grupos solo representan una minoría dentro del número total de inmigrantes. Si observamos las tendencias a largo plazo relacionadas con las políticas de admisión, la mayoría de los demás grupos de inmigrantes (incluida la mano de obra inmigrante, las familias y los estudiantes) han sido recibidos de manera cada vez más favorable. 

Hace solo 20 años, los políticos alemanes y holandeses afirmaban que sus países no eran “países de inmigración”. Hoy en día, estas opiniones se han convertido en la excepción o han quedado confinadas a una periferia de extrema derecha. Esto también es una prueba de que cada vez se acepta mejor la inmigración, a pesar de que exista una retórica que sugiera lo contrario. 

4. No, la ayuda al desarrollo en los países de origen no evita la inmigración

Desarrollo humano y migración

Diferencia en el índice de desarrollo humano (IDH) entre emigrantes e inmigrantes
Fuente: Banco Mundial, 2010.

Muchos gobiernos y muchas agencias de desarrollo ven la ayuda al desarrollo como una herramienta para reducir la inmigración. Esta visión se basa en la idea equívoca de que los motores principales de la emigración sur-norte son la violencia y la pobreza. Sin embargo, en realidad, el desarrollo da pie al principio a niveles más elevados de emigración.

Esto confirma la “paradoja de la inmigración”, puesto que las investigaciones demuestran que los países más pobres presentan un nivel de emigración mucho menor que las naciones más desarrolladas. Al fin y al cabo, para emigrar hace falta disponer de recursos considerables. La pobreza extrema inmoviliza a las personas, que quedan atrapadas porque no se pueden permitir abandonar su tierra natal. Esta también es la razón de por qué la idea de que el cambio climático dará como resultado una emigración en masa hacia occidente es poco realista. Los cambios medioambientales negativos podrán aumentar las intenciones de desplazarse, pero también limitarán la capacidad para poder hacerlo. 

El crecimiento económico y una mejor educación tradicionalmente aumentan la facultad y las aspiraciones de la gente para emigrar. En este sentido, no es ninguna coincidencia que países eminentemente emigrantes, como México, Marruecos o Turquía, sean países de renta media. El desarrollo de los países más pobres, como los que se encuentran en el África subsahariana, conducirá a un aumento casi inevitable de la inmigración proveniente de esos países. Por tanto, los futuros inmigrantes de Europa vendrán del África subsahariana en lugar de Turquía y el norte de África.

5. No, la inmigración no conduce a una “fuga de cerebros”

Más remesas que ayuda al desarrollo

Remesas de emigrantes a sus países natales en miles de millones de dólares
Fuente: Oficina Federal de Estadísticas Alemana, BM

Un argumento que se repite a menudo sostiene que la emigración provoca una “fuga de cerebros”, es decir, que se vayan los que disponen de un mayor nivel educativo, y por tanto debilita el potencial de desarrollo de los países de origen. En este caso también, los niveles de emigración son por lo general sencillamente demasiado bajos como para causar este efecto. Las investigaciones demuestran que sería en líneas generales poco razonable culpar a la emigración (la salida de doctores, por ejemplo) de los problemas de desarrollo estructurales como la falta de instalaciones sanitarias en las zonas rurales. En segundo lugar, muchos países en vías de desarrollo se enfrentan a mayores niveles de desempleo entre los graduados universitarios.
 
En tercer lugar, el argumento de la “fuga de cerebros” ignora el hecho de que a menudo los emigrantes invierten grandes sumas de dinero en sus países de origen. En 2015, los emigrantes de países en vías de desarrollo enviaron unos 410 000 millones de dólares de regreso a casa, y eso representa solo las remesas registradas de manera oficial. Este montante supera en más de 2,5 puntos el total mundial de ayuda al desarrollo de ese mismo año (161 000 millones de dólares).


Estas remesas mejoran los estándares de vida y disminuyen los niveles de pobreza entre las familias y las comunidades de los países de origen. Sin embargo, al mismo tiempo, sería equívoco pensar que los migrantes pueden resolver problemas fundamentales de desarrollo como la corrupción o la desigualdad.

6. No, los inmigrantes no quitan trabajos, ni debilitan el estado de bienestar


Las investigaciones demuestran que la mayoría de los inmigrantes realiza trabajos que las poblaciones locales rechazan o para los que carecen de las habilidades necesarias. Además, diversos estudios muestran que mientras que el efecto de la inmigración en el crecimiento económico tiende a ser positivo, es bastante reducido.

También, las afirmaciones en el sentido de que los sistemas del bienestar avanzados, como los que existen en Alemania y Holanda, atraen a un mayor número de inmigrantes que los países con redes de asistencia social menos generosas, como el Reino Unido o los EE.UU., tampoco han sido nunca demostradas.

No obstante, lo que sí muestran los estudios es que las empresas, los ricos y las clases medias-altas son los que más se benefician de la inmigración (aparte de los inmigrantes mismos). Por lo general, las personas con ingresos bajos tienen menos que ganar, y hasta puede que salgan perdiendo en algunos casos, mientras que irónicamente los exmigrantes son lo que más tienen que temer de los nuevos inmigrantes en términos de competencia laboral. Los que abogan por establecer fronteras abiertas a menudo obvian el potencial que tiene la inmigración de aumentar la desigualdad.

7. No, la inmigración no puede resolver los problemas asociados al envejecimiento de las sociedades



La magnitud de la inmigración es demasiado reducida para contrarrestar los efectos del envejecimiento de la población. Un estudio de la ONU ha demostrado que, para conseguir ese resultado, la inmigración tendría que alcanzar niveles que son tanto indeseables como poco realistas. 

Para poder contrarrestar el envejecimiento de la población, este estudio comprobó que Alemania, por ejemplo, necesitaría una inmigración neta de 3,5 millones de personas al año (12 veces por encima de la media nacional de 280 000 entre los años 1991 y 2015).

Además, este argumento no tiene en cuenta que el envejecimiento de la población se está convirtiendo en un fenómeno mundial y que algunas sociedades en proceso de envejecimiento como China han empezado a convertirse en destinos migratorios internacionales por méritos propios. La pregunta que nos haremos en el futuro no será tanto cómo evitar que vengan los inmigrantes, sino como conseguir atraerlos.

8. No, no vivimos una época de migración sin precedentes

Ningún aumento en migración mundial
 
Porcentaje de migrantes en el total de la población mundial. / Hein de Haas

Y finalmente, una visión de conjunto. Durante más de medio siglo, el número de migrantes, tomado como porcentaje de la población mundial, ha permanecido notablemente estable en torno a un 3% desde 1960. Incluso cuando el número de migrantes internacionales ha aumentado de los 93 millones de 1960 a los 244 millones de 2015, la población mundial ha aumentado aproximadamente al mismo ritmo, de 3000 a 7000 millones.

Asimismo, la idea de que existe una “crisis de refugiados” mundial no tiene ningún fundamento. A escala global, los refugiados representan un porcentaje relativamente menor dentro del número total de migrantes. Mientras que el número de refugiados disminuyó de 18,5 millones a 16,3 millones entre 1990 y 2010, el número total repuntó en 2016 y subió a 21,3 millones, principalmente por la guerra en Siria. Aun así, los refugiados solo representan entre el 7% y el 8% de la población migratoria mundial, y cerca del 86% de todos los refugiados vive en países en vías de desarrollo.

Actualmente, países como Turquía, Pakistán, Líbano, Irán, Etiopía y Jordania albergan las poblaciones más numerosas de refugiados. En cambio, las sociedades occidentales, reciben comparativamente un número muy bajo de refugiados, y los números actuales no son precisamente inauditos. Actualmente, cerca de un 0,4% de la población total de la UE son refugiados, entre 1992 y 1995, esta cifra se situó en torno al 0,5%.


El cambio más significativo en los patrones migratorios mundiales ha sido la dirección de los movimientos de población. Mientras que en los siglos anteriores eran sobre todo los europeos quienes emigraban a territorios extranjeros (o los conquistaban), desde finales de la 2ª Guerra Mundial esta tendencia se ha invertido.

Como consecuencia de una sólida economía y de una población cada vez más envejecida, la UE se ha convertido en un destino migratorio mundial, y ha atraído entre 1,5 y 2,5 millones al año de inmigrantes de fuera de la UE. Aunque esto puede parecer considerable, supone solo entre el 0,3% y el 0,5 % de la población total de la UE (508 millones).

Además, entre 1 y 1,5 millones de personas abandonan la UE cada año. La inmigración neta en países europeos como Francia o Alemania tiende a fluctuar de forma paralela a los ciclos económicos, como ilustra el gráfico anterior, aunque la tendencia a largo plazo no denota ningún aumento.


Existe una necesidad urgente de ver la inmigración como una parte intrínseca del crecimiento económico y del cambio social en lugar de tomarla como un problema que hay que resolver. Es inevitable que las sociedades ricas y abiertas experimenten en el futuro incrementos sustanciales en los números de inmigrantes que reciben, les guste o no.

Esto pone de manifiesto una de las paradojas de la liberalización: el deseo político de reducir la inmigración es fundamentalmente incompatible con la tendencia hacia la liberalización económica y el deseo de maximizar el crecimiento económico. En las últimas décadas, la erosión de los derechos laborales, el aumento de la flexibilidad laboral y la privatización de las empresas anteriormente estatales han aumentado considerablemente la demanda de mano de obra inmigrante en Europa. Los acalorados debates sobre inmigración en el Reino Unido y EE.UU. (dos economías de mercado extensamente liberalizadas que se enfrentan constantemente a elevados niveles de inmigración) son ejemplos claros de esta paradoja de la liberalización.

Por lo tanto, la única manera de reducir la inmigración supone invertir la liberalización económica y regular los mercados laborales de manera rigurosa. Aunque eso podría también reducir los niveles de riqueza de manera general. En ese caso, la pregunta es: ¿realmente es eso lo que queremos?


FUENTE: ctxt.es
Hein de Haas
19/04/2017 

Este texto, publicado en la web del autor, es una versión editada del artículo publicado originalmente en alemán por Der Spiegel con el título Mythen der Migration y en inglés con el título Myths of Migration

Hein de Haas es profesor de Sociología en la Universidad de Ámsterdam. Fue miembro fundador y anterior codirector del Instituto de Inmigración Internacional (IMI, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Oxford. Para obtener más información acerca de los resultados de las investigaciones que sustentan este artículo, véase www.heindehaas.org y www.imi.ox.ac.uk

Traducción de Álvaro San José.


Como observarán, este extenso artículo hace más de un año que se escribió, pero he considerado conveniente volver a ponerlo en circulación, habida cuenta de lo que acontece en la actualidad.