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11/12/18

13/8/18

LA RABIA


Dice el dicho popular que:
"muerto el perro, se acabó la rabia".
Pues aquí murió el perro, pero la rabia permanece.

Citizen Plof

15/10/14

REQUIEM POR DOS PERROS


Lo más hermoso y quizá lo más terrible de cuidar de un perro es esa sensación que percibes alguna que otra vez, cuando crees que el animal está a punto de decirte algo. Ese momento en que tu perro ladea la cabeza, gime y te mira con unos ojos que son “dos preguntas líquidas que te interrogan” como decía Neruda. Entonces, en el brillo de esas lágrimas, crees haber saltado el puente hacia otra especie, una barrera biológica más allá de los simples instintos de nutrición y conservación. Es sólo una ilusión, por supuesto, pero muy profunda, algo así como un rudimento de empatía quizá exclusiva de los mamíferos. Un amigo me advirtió, mucho antes de que yo tuviera un perro, que su labrador era siempre, todos los días de su vida, igual que un niño discapacitado, un crío inmensamente cariñoso que se ha quedado para siempre en la edad de tres años, justo en el momento de echar a hablar.

 Lakánikos

La semana pasada mataron a un perro por las bravas, sin comprobar si estaba contagiado o no de una enfermedad mortal, sin atender las peticiones de científicos que solicitaban el estudio del animal por si se podía extraer algún anticuerpo, sin reparar si había contagiado ya a otros vecinos u otros chuchos, y sin que su vida importara un carajo. Excálibur miraba desde la terraza con su par de preguntas líquidas como si la cosa no fuese con él. Y en cierto modo no iba con él, puesto que los vecinos y activistas que entorpecieron la labor de los esbirros y matarifes con un valor y una generosidad admirables estaban luchando esa partida –perdida de antemano– contra la brutalidad y contra la injusticia no en nombre de los canes maltratados del mundo sino de nuestra propia especie. Poder matar a un animal indefenso y no hacerlo: eso sí que es un signo de civilización, de cultura, de progreso, no el mantenimiento de esas tradiciones bárbaras y paletas que fomentan el sufrimiento y el despellejamiento de los más débiles: el machismo asesino, las sanguinarias fiestas de pueblo, la esclavitud, la caza, la guerra.


Excálibur

Algún día, ojalá no muy lejano, entenderemos que los mamíferos superiores son nuestros hermanos, que merecen mejor suerte que el matadero, la plaza de toros o el balazo cobarde y traicionero de un banquero de mierda. Puesto que nuestra naturaleza consiste en rebelarnos contra la naturaleza, en inventar medicamentos para no morirnos cuando llega nuestra hora, en volar cuando no podemos volar y en insistir en garabatear papeles y piedras contra la muerte, algún día comprenderemos, incluso los carnívoros irredentos como yo, que la época de los cazadores ya se acabó y que el vegetarianismo no es sólo cuestión de salud sino un principio moral básico. Es cierto que el hombre evolucionó como tal a través de la violencia y la sangre, pero sospecho que, igual que abandonamos la antropofagia como una práctica repugnante, un día admitiremos el error existencial que supone alimentarse del miedo y el dolor de otras especies. No será demasiado difícil puesto que la ciencia nos ofrece ya, a través del tratamiento de células madre, la posibilidad de cultivar un chuletón de ternera o una pierna de cordero sin necesidad de sacrificar a una criatura viviente.


En Atenas vi montones de perros y gatos callejeros pero me sorprendió descubrir que no huían ni se asustaban, al contrario, muchos de ellos llevaban collar, la gente los alimentaba, los acariciaba y hasta les había puesto nombre. Uno de ellos, Lakánikos, compartió con sus compañeros de dos patas la furia y la urgencia de la lucha callejera, ladró y mordió a los esbirros policiales, recibió palos y patadas mientras se llevaba en las fauces botes de gas lacrimógeno para limpiar el aire de la plaza Syntagma. Lakánikos no tenía la menor idea del utraje y el robo al que habían sometido a su país, ni siquiera sabía lo que era un país, pero sí tenía instinto suficiente para saber de qué lado estaba el mal: esos ogros con máscaras, chalecos, armas y porras que a lo largo de la historia han sido siempre los perros guardianes de los ricos. Cuando en la revista Time lo nombraron persona del año sabían muy bien lo que estaban haciendo: no iban a poner a un banquero ladrón o a un político comprado a la altura incomparable de un perro.


Lakánikos murió de un fallo cardíaco resultado de los gases ingeridos y las heridas de sus días de gloria, se apagó tranquilamente en brazos de una familia que lo amaba y que lo había adoptado como a un hijo peludo de cuatro patas. Excálibur murió solo y asustado, como tantos chuchos callejeros apaleados y tantos galgos de caza colgados de una rama. Los que se burlaron de la compasión y el coraje de quienes lucharon para evitar esa estúpida canallada, incluso quienes se burlaron de su muerte (“que le den por culo al perrito” escribió en este mismo diario un pobre hombre), dicen con su desprecio y su falta de compasión mucho más de ellos que del perro. De hecho, lo dicen todo, porque es exactamente la misma falta de amor y de piedad que hemos mostrado con nuestros hermanos de piel negra que están muriendo en África no sólo de ébola, sino también de hambre, de sed, de guerras y miseria. Vi hace unos días en youtube un video sorprendente donde un pastor alemán echaba agua sobre unos peces recién pescados, como si intentara reanimarlos.


Nunca podremos saltar sobre esa comparativa, nunca podremos saber si el animal realmente sentía esa agonía y estaba conmovido por ella, pero sólo a nosotros corresponde saltarla. Únicamente a nosotros, los humanos, nos está permitido ser humanos en lugar de ser simplemente una plaga. Yo sólo sé que mi perra Sombra, una cocker negra que es todo pelo y corazón, de vez en cuando me mira desde el otro lado de la noche y le faltan palabras. Quizá algún día descubra que lo único que quería decirme es nada más que “Bienvenido”.


FUENTE: publico.es
Punto de fisión
David Torres
13 oct 2014

9/10/14

VIVIR EN LA ESPAÑA MARIANA

Viva la muerte

Puesto que algo había que hacer y el virus del ébola parece demasiado escurridizo y puñetero como para dejarse pisotear de cualquier manera, la Comunidad de Madrid ha decidido sacrificar al perro de la enfermera infectada, Excálibur. Sin hacerle ninguna prueba, sin someterlo a cuarentena, sin atender a razones ni a súplicas, con el mismo desparpajo con que importaron la cepa más letal de ébola desde un secarral africano, el gobierno del PP ha decidido poner fin a la vida de este animalito que tuvo la mala suerte de nacer, crecer y vivir en la España mariana.



Excálibur, al que no le ha servido de nada su nombre de espada artúrica, se va a convertir no sólo en el primer mártir de esta hecatombe provocada a medias por la imbecilidad y a medias por la prepotencia, sino también en un símbolo a cuatro patas de toda la ciudadanía madrileña y española. Porque así es como estamos con esta gente subida a nuestros lomos: a cuatro patas. Un ciudadano, Javier Limón, el marido de la mujer infectada, quien no es más que una víctima colateral de una gestión irresponsable y catastrófica, hizo un llamamiento para que respeten la vida de su mascota. Las autoridades sanitarias no habían desinfectado todavía su casa, no habían desinfectado las escaleras ni las zonas comunes del edificio, no habían desinfectado la ambulancia donde fue trasladada Teresa, ni la sala del hospital donde fue atendida la pobre mujer, pero ya estaban pensando en exterminar al perro.

Casi fue en lo primero que pensó una comisión de expertos, seguramente los mismos que aconsejaron repatriar a dos enfermos terminales de ébola para que el virus llegara calentito a una capital con cinco millones de habitantes y unos gestores sanitarios que ni siquiera han visto una película de Hollywood. Con toda probabilidad, los mismos expertos que supervisaron un traslado hecho a la buena de Dios, con un copiloto sin mascarilla de protección y la ventanilla abierta, chubasqueros de entretiempo y guantes de goma pegados con cinta aislante. Casi seguro, los mismos expertos que obligaron a personal no cualificado a prepararse para una emergencia infecciosa de nivel 4 en un cursillo de veinte minutos. Muy posiblemente, los mismos expertos que dieron de alta a la enfermera preocupada por un posible contagio, le dijeron que no importaban unas cuantas décimas de fiebre, que todavía no alcanzaba el límite marcado por el protocolo, que disfrutara de las vacaciones y tosiera por ahí todo lo posible. Los mismos bartolos que, al declararse la enfermedad, aislaron a la enferma con un par de sábanas y un par de cojones.

Qué quieren que les diga. Sé de sobra que vivimos en el país de Millán Astray, aquel militar hecho de retales que gritó en una universidad: “¡Abajo la inteligencia, viva la muerte!” Conozco también aquel principio metodológico según el cual nunca hay que subestimar la estupidez como móvil supremo, pero de verdad creo que es muy difícil achacar tal encadenamiento de imprudencias criminales únicamente a la sandez y a la incuria proverbial de nuestros dirigentes de dos patas. Uno empieza a sospechar muy en serio si detrás de todo esto no habrá un plan maquiavélico para terminar de desmontar la Sanidad pública, una estrategia para acabar de una vez con el paro, una conjura de los Illuminati, el sexto misterio de Fátima o el preludio del apocalipsis diseñado por el ecologista radical Eric Pianka, aquel médico texano que propuso regenerar el planeta exterminando al noventa por ciento de la población mundial mediante la propagación del virus del ébola. Uno ya no sabe qué pensar o si lo mejor será no pensar nada, no hacer nada, imitar a Millán Astray y sus herederos y pegarle un tiro al primer perro que pase.

No nos asusta el ébola porque para gobernar le dimos la mayoría absoluta al cáncer.

FUENTE: publico.es
Punto de fisión
David Torres
08 oct 2014





Pero... ¿no habría sido más lógico aislar al perro y estudiarlo, en vez de matarlo?