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18/9/17

EL GENOCIDIO DE LOS ROHINYÁ

Las grandes del petróleo, una democracia fallida y los falsos profetas


Aung San Suu Kyi

Hasta cierto punto, Aung San Suu Kyi es un falso profeta. Glorificada por Occidente durante muchos años, se convirtió en un “icono de la democracia” al oponerse a las mismas fuerzas militares que siguen hoy controlando su país, Birmania, en una época en que la coalición occidental dirigida por EEUU mantenía en aislamiento a Rangún por su alianza con China.

Aung San Suu Kyi jugó su papel como se esperaba que lo hiciera, consiguiendo la aprobación de la Derecha y la admiración de la Izquierda. Y por eso ganó el Premio Nobel de la Paz en 1991, incorporándose al elevado grupo de “Los Mayores”, mientras los medios de comunicación y diversos gobiernos la promocionaban como figura heroica a emular.

Hillary Clinton la describió en una ocasión como “esta extraordinaria mujer”. El recorrido de la “Lady” birmana de ser una paria política en su propio país, donde estuvo confinada bajo arresto domiciliario durante quince años, acabó finalmente en triunfo cuando se convirtió en la líder de Birmania tras una elección multipartidista celebrada en 2015. Desde entonces, ha visitado muchos países, cenado con reinas y presidentes, pronunciado discursos memorables, recibido premios mientras iba limpiando, con perfecto conocimiento de causa, la imagen del muy brutal ejército al que se había opuesto durante tantos años. (Incluso hoy, el ejército birmano tiene un poder casi de veto sobre todos los aspectos del gobierno.)

Pero la gran “humanitaria” parece haber agotado su aura de honestidad cuando su gobierno, ejército y policía iniciaron una extendida operación de limpieza étnica contra “el pueblo más oprimido sobre la Tierra”, los rohinyá. Este pueblo indefenso ha sido sometido a un genocidio sistemático y brutal, cometido a través del esfuerzo conjunto del ejército, la policía y una mayoría de nacionalistas budistas birmanos.

Las llamadas “Operaciones de Limpieza” han matado a cientos de rohinyá en los últimos meses, obligando a más 250.000 seres llorosos, aterrados y hambrientos a escapar de cualquier manera para poder salvar la vida. Centenares de ellos han perecido en el mar o han sido atrapados y asesinados en la jungla.

Min Aung Hlaing, comandante en jefe del ejército birmano y Jefe del Estado Mayor.

Las historias de asesinatos y destrucción recuerdan la limpieza étnica del pueblo palestino durante la Nakba de 1948. Y no debería sorprendernos que Israel sea uno de los grandes proveedores de armas del ejército birmano. A pesar del extendido embargo armamentístico de muchos países respecto a Birmania, el ministro de Defensa de Israel, Avigdor Lieberman, insiste en que su país no tiene intención alguna de interrumpir sus envíos de armas al despreciable régimen de Rangún, que está utilizando de forma muy activa esas armas contra sus propias minorías, no sólo los musulmanes del estado de Rakáin al oeste del país, sino también contra los cristianos del norte.

Uno de los envíos de Israel lo anunció la compañía israelí Tar Ideal Concepts en agosto de 2016. La compañía mostraba con orgullo cómo sus rifles Corner Shot estaban ya siendo utilizados por el ejército birmano.

La historia de Israel está plagada de ejemplos de apoyos a juntas brutales y regímenes autoritarios, pero ¿por qué se han posicionado como los guardianes de una democracia que se mantiene en silencio sobre el baño de sangre en Birmania?

Desde octubre del pasado año, casi un cuarto de la población rohinyá ha sido expulsada de sus hogares. El resto podría seguirles en un futuro próximo, convirtiendo un crimen colectivo en una situación casi irreversible.


Aung San Suu Kyi ni siquiera ha tenido el coraje moral de expresar unas palabras de compasión hacia las víctimas. En cambio, sólo hizo una declaración con la que no se comprometía a nada: “Tenemos que cuidar de todos los que están en nuestro país”. Mientras tanto, su portavoz y otros voceros lanzaron una campaña vilipendiando a los rohinyá, acusándoles de quemar sus propias aldeas, de inventar sus propias violaciones, mientras se referían a los que se atrevían a resistir como “yihadistas”, confiando en vincular el genocidio en curso con la campaña orquestada por Occidente para difamar a los musulmanes en todas partes.

Pero informes bien documentados nos ofrecen algo más que una ojeada de la desgarradora realidad experimentada por los rohinyá. Un reciente informe de la ONU detalla el relato de una mujer cuyo marido había sido asesinado por los soldados en lo que lo ONU describe como ataques “extendidos y sistemáticos” que “muy probablemente representan crímenes contra la humanidad”.

“Me arrancaron la ropa y me violaron, eran cinco soldados”, dijo la desconsolada mujer“Mi bebé de ocho meses no paraba de llorar de hambre cuando entraron en mi casa porque me tocaba darle de mamar, pero le callaron con un cuchillo”.

Los refugiados que huyeron hacia Bangladesh tras un viaje de pesadilla relataron el asesinato de niños, la violación de mujeres y la quema de aldeas. Algunos de estos relatos han podido verificarse a través de las imágenes por satélite proporcionadas por Human Rights Watch, que muestran aldeas destruidas por todo el estado.

En realidad, el horrible destino de los rohinyá no es que sea algo nuevo del todo. Pero la particularidad que está mostrando en estos momentos es que Occidente está ahora completamente del lado del mismo gobierno que perpetra estos actos atroces.

Y hay una razón para eso: el petróleo.

Hereward Holland, informando desde Ramree Island, escribió sobre la “caza del tesoro escondido de Myammar (Birmania)”.

Depósitos inmensos de petróleo que han permanecido sin explotar debido a las décadas de boicot occidental al gobierno de la junta militar están ahora disponibles al mayor postor. Es un momento de vacas gordas para las grandes de petróleo y están todas invitadas. 

Shell, ENI, Total, Chevron y muchas otras están invirtiendo grandes sumas para explotar los recursos naturales del país, mientras los chinos –que dominaron la economía birmana durante muchos años- están siendo lentamente expulsados.

En efecto, la rivalidad sobre las riquezas sin explotar de Birmania está en su apogeo en décadas. Son estas riquezas –y la necesidad socavar el estatus de superpotencia de China en Asia- lo que ha hecho que Occidente cambiara de posición e instalara a Aung San Suu Kyi como líder de un país que no ha cambiado nada en lo fundamental, no ha hecho más que darse un nuevo nombre para allanar el camino para el regreso de las “Grandes del Petróleo”.

Pero son los rohinyá quienes están pagando el precio.


Que la propaganda oficial birmana no les confunda. Los rohinyá no son extranjeros, intrusos o inmigrantes en Birmania.

Su reino de Arakán data del siglo VIII. Durante los siglos siguientes, los habitantes de ese reino conocieron el Islam a través de los comerciantes árabes y, con el tiempo, se convirtió en una región de mayoría musulmana. Arakán es el actual estado de Rakáin en Birmania, donde viven aún la mayor parte de los 1,2 millones de rohinyá que se estima hay en el país.

La noción falsa de que los rohinyá vienen de fuera se inició en 1784, cuando el rey birmano conquistó Arakán y obligó a cientos de miles a huir. Muchos de los que llegaron a Bengala expulsados de sus hogares, volvieron finalmente.

Los ataques contra los rohinyá y los constantes intentos de expulsarlos de Rakáin, se han ido renovando durante varios períodos de la historia, por ejemplo: en 1942, tras la derrota japonesa de las fuerzas británicas estacionadas en Birmania; en 1948; en 1962, tras el golpe de Estado por parte del ejército; en 1977, como resultado de la llamada “Operación Rey Dragón”, donde la junta militar expulsó de sus hogares hacia Bangladesh a 200.000 rohinyá, y así sucesivamente.

En 1982, el gobierno militar aprobó la Ley de Ciudadanía que despojaba a los rohinyá de la ciudadanía birmana, declarándoles ilegales en su propio país. La guerra contra los rohinyá empezó de nuevo en 2012. Desde entonces, cada uno de los episodios ha ido siguiendo una narrativa típica: “enfrentamientos comunales” entre budistas y rohinyá, que han hecho a menudo que decenas de miles del segundo grupo sean expulsados a la bahía de Bengala, a la selva y, quienes logran sobrevivir, a los campos de refugiados.


En medio del silencio internacional, sólo unas pocas respetadas figuras, como el papa Francisco, se han manifestado en apoyo de los rohinyá en una oración profundamente conmovedora el pasado mes de febrero.

Los rohinyá “Son gente pacífica y son nuestros hermanos y hermanas”, dijo el Papa. Su petición de justicia no fue nunca atendida.

Los países árabes y musulmanes permanecieron silenciosos en su mayoría, a pesar de las protestas públicas para que se hiciera algo que pusiera fin al genocidio.

Informando desde Sittwe, la capital de Rakáin, el veterano periodista británico Peter Oborne describió lo que había visto en un artículo publicado por el Daily Mail el 4 de septiembre: Hará justo cinco años, 50.000 habitantes de los 180.000 que se estimaba había en la ciudad, pertenecían al grupo étnico musulmán rohinyá. Hoy quedan menos de 3.000. Y no son libres de andar por las calles. Están confinados en un gueto diminuto rodeado de alambre de espino. Guardias armados impiden que puedan entrar visitantes o que puedan salir ellos.

Los gobiernos occidentales, conocedores de esa realidad a través de sus muchos emisarios sobre el terreno, han ignorado en cualquier caso unos hechos indiscutibles.


Cuando las corporaciones estadounidenses, europeas y japonesas hicieron cola para explotar los tesoros de Birmania, todo lo que necesitaron fue el gesto de aprobacióndel gobierno de EEUU. La administración de Barack Obama alabó la “apertura” de Birmania incluso antes de que las elecciones de 2015 colocaran en el poder a Aung San Suu Kyi y su Liga Nacional por la Democracia. Tras esa fecha, Birmania se convirtió en otra “historia de éxito” estadounidense, ajenos, por supuesto, a los hechos de un genocidio que lleva años perpetrándose en aquel país. 

Es probable que la violencia en Birmania aumente y alcance a otros países de la ASEAN, simplemente porque los dos principales grupos étnicos y religiosos en esos países están dominados y casi divididos entre budistas y musulmanes.

Es probable que el triunfante regreso de EEUU-Occidente para explotar las riquezas birmanas y las rivalidades entre EEUU y China compliquen aún más la situación si la ASEAN no pone fin a su desastroso silencio e inicia una determinada estrategia para presionar a Birmania a que ponga fin a su genocidio de los rohinyá.

Los pueblos de todo el mundo deberían adoptar una posición. Las comunidades religiosas deberían manifestarse. Los grupos por los derechos humanos deberían hacer más para documentar los crímenes del gobierno birmano y responsabilizar a quienes le están suministrando armamento. El respetado obispo sudafricano Desmond Tutu reprendió con firmeza a Aung San Suu Kyi por cerrar los ojos ante el genocidio en curso.

Es lo menos que podemos esperar del hombre que se enfrentó al Apartheid en su propio país y escribió estas famosas palabras: “Si te mantienes neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”.

Visita de Emine Erdogan, esposa del presidente de Turquía, al campo de refugiados musulmanes rohinyá 
de Kutupalong, Bangladesh, 7 de septiembre de 2017
(Foto: Mustafa Oztartan/Agencia Anadolu)

FUENTE: Middle East Monitor
Ramzy Baroud
Traducido del inglés para Rebelión.org por Sinfo Fernández
16/09/2017

Que la población birmana esté dividida entre budistas y musulmanes, da mucho juego a las potencias extranjeras para entrometerse, avivar soterradamente el enfrentamiento y pescar a su antojo. Y como dice el refrán: 

"A río revuelto, ganancia de pescadores".

3/6/14

SUPERVIVIENTE DE MAUTHAUSEN

"Dejé de creer en dios en la Guerra Civil"


 

José Marfil, de 93 años, combatió en la Guerra Civil, en la II Guerra Mundial y conoció los campos de concentración del sur de Francia, primero, y el de Mauthausen, tiempo después. Su padre, de idéntico nombre, fue el primer español fallecido en el campo de concentración nazi

 

Él ya no cree en dios. Dejó de creer en esta posibilidad durante la Guerra Civil española. Ahí conoció por primera vez la crueldad que acompaña de manera intrínseca al ser humano. No fue esta la única vez. José Marfil (Rincón de la Victoria, 1921) conoció con apenas 20 años una Guerra Civil, el exilio forzoso, los campos de concentración franceses, la II Guerra Mundial y varios campos de concentración de la Alemania nazi. Sin embargo, ninguna de estas experiencias se puede comparar en crueldad a lo que vivió y conoció en el campo de Mauthausen (Austria). "Allí ya no éramos hombres. Eramos gente a eliminar", asegura.

Con este currículum y con 93 años de edad, José Marfil afirma esperar tranquilamente la llamada de la muerte. Él está en paz y aunque ya no crea en dios, si existiera -dice- le gustaría tener una conversación con él. Tanto es así que si San Pedro le abriera las puertas del cielo, pediría una audiencia privada con ese dios todopoderoso para recriminarle que "lleva 2.000 años prometiendo un mundo mejor y no ha hecho nada".
 

Marfil lamenta que el fascismo le robara la época más bonita de su vida. La época en la que más tenía que haber reído y donde debía descubrir, entre otras cosas, la sexualidad. Recuerda entre risas cómo con 20 años se le acercó una joven y él no sabía qué tenía que hacer. "Estaba quieto como un palo", ríe. La suya fue, sin duda, la generación peor parada de todo el siglo XX. José fue movilizado por el Gobierno de la República entre 1938 y 1939 en la llamada Quinta del Biberón. "La guerra ya estaba perdida cuando me llamaron", asegura. Después se exilió a Francia y acabó en el campo de internamiento de Argelès-sur-Mer.

Más tarde, con la Alemania nazi amenazando al gobierno republicano de Francia, Marfil se enroló en las filas del ejército francés en la Novena Compañía, para ser incorporada al 22 Regimiento de Ingenieros. Fue en este regimiento donde se reencontró con su padre, que había caído en otro campo francés. Juntos volverían a luchar contra el fascismo. Esta vez en Bélgica, pero para su desgracia, padre e hijo volvieron a perder. Capturados por el ejército nazi, Marfil recorrió varios campos de concentración de prisioneros de guerra para después ser enviado a Mauthausen-Gusen con el resto de españoles.

 

Su padre, por contra, fue enviado a este campo nada más ser capturado ya que no tenía fuerzas ni para andar. "Cuando nuestro regimiento cayó me mandaron a un campo de prisioneros de guerra. Allí no sufrí tanto. Trabajé como carpintero y salía del campo para trabajar. La comida no era abundante pero estaba bien. En Mauthausen todo era diferente. Allí se iba a morir. Nos dijeron que moriríamos todos. Cuando yo llegué, mi padre ya había muerto", recuerda.

La Alemania nazi terminó perdiendo la guerra y los campos de concentración fueron quedando vacíos. Allí, sin embargo, quedaban los españoles. Los que nadie reclamaban. Los que no tenían un país al que volver. "Eramos apátridas. Nadie nos quería. Franco no quiso recuperarnos. Finalmente, han reconocido que fuimos soldados que luchamos en el ejército francés y nos dieron la carta de combatientes", señala José.


Desde que terminó la II Guerra Mundial, José ha vivido en Perpignan como carpintero. A pesar de toda una vida en Francia, este hombre no se siente francés "pero tampoco español". "No me siento de ninguna parte", asegura José, advirtiendo del avance de la ideología fascista en Francia, en particular, y en Europa, en general.

"Siento que el devenir es peligroso para la juventud. Hay que tener cuidado porque hay criminales que están formando grandes partidos políticos. Tenemos que ser conscientes de lo que son capaces de hacer. Se comienza eliminando al molesto y se termina con seis millones de muertos. Está gente de la que hablo puede estar ahora en el Gobierno. Lo temo. Nadie dice nada. Nadie recuerda nada, pero yo estuve allí y sé lo que fue aquello", advierte Marfil, que cierra su discurso asegurando que los criminales "siempre se esconden" como en la II Guerra Mundial: "El papa también se escondió cuando Alemania perdió la guerra. Parecía que nadie sabía nada de lo que ocurría en los campos de concentración".


 

FUENTE: Público.es
Memoria Pública
Alejandro Torrús
Madrid 11/05/2014
 




Para dejar de creer en dios (y en sus representantes) sólo son necesarias dos cosas: la lógica y la razón; pero claro... para ello es imprescindible poseer un cerebro, porque si lo que se tiene es una nuez, todo eso no cabe.